LARRAÍN Pablo (1976-_)

El club (El club) (2015: 4.0)

Los cuatro personajes que protagonizan El club viven recluidos en una casa y son criminales de la peor especie.

Esto se sugiere al inicio de la película y luego se confirma.

Pero la mayoría de espectadores ya lo sabíamos, porque habíamos leído algún comentario o sinopsis de la película.

Por lo tanto, desde el principio del film o incluso desde antes, el espectador se posiciona firmemente en contra de estos individuos perversos, asqueado ante los autores de una de las más bajas tropelías que pueden cometerse contra personas indefensas.

 

El director chileno Pablo Larraín oscurece y deforma a estas cuatro figuras, nos las acerca en primeros planos hiperrealistas y casi caricaturescos. Sus semblantes guardan marcas de vicio y crimen, como si el rostro fuera siempre el espejo del alma.

La mujer que los cuida es retratada por Larraín y su equipo como una especie de bruja, manipuladora y no menos siniestra que los hombres que tiene a su cargo.

A los pocos minutos llega para quedarse un quinto hombre de cara envilecida que ha cometido el mismo deleznable delito que los otros.

Y luego surge un chalado y pérfido borracho, con cara de monstruo, que comienza a alborotar y lanzar gritos, de los que apenas se entiende nada; pero vamos identificando alguna que otra palabra y adivinamos de lo que se queja por las reacciones de los otros hombres y de la mujer. Este señor ebrio y desequilibrado parece acusar a uno de los hombres de “el club” de haber cometido contra él el delito por el que está apartado en esa casa.

 

En El club vamos viendo a un hombre que se suicida, otro hombre que entrena a un horrendo perro de manera obsesiva, otro señor más que masculla obscenidades, aun otro que cierra filas con sus compañeros y un último hombre que justifica su miserable pasado de manera inverosímil. Vemos también cómo la bruja que los cuida hace corporativismo y defiende los logros conseguidos por estos hombres, antaño despreciables y ahora, según ella, recuperados para la sociedad. Pero las imágenes chillan lo contrario.

Aún llegará otro hombre a la casa, éste mejor vestido y más noble de compostura. Pero terminará siendo casi igual de abyecto que los otros y comprenderá la necesidad de proteger a los criminales para así protegerse a sí mismo, sin traicionar a la importante institución que lo mantiene.

 

En la segunda parte del film hay una escalada de virulencia e infamia, una explosión de ferocidad y salvajismo. Brota como producto de un determinismo insoslayable y a partir de una persuasión tenebrista, una estética de lo feo y expresionista que animaliza y degrada a los personajes, aún más cínicos y repugnantes.

 

El club no puede ser nunca, a mi modo de ver, una obra ni notable ni sobresaliente del séptimo arte, menos aún una obra maestra, como algunos críticos han señalado.

Una cosa es que nos desconcierten y puedan intrigarnos los primeros veinte minutos. Un subgénero del terror: la casa encantada, los elementos grotescos, los fantasmas o monstruos y la bruja, cobijados en una tétrica mansión y al amparo de unos paisajes siniestros e irreales.

Y otra cosa muy distinta es que tengamos que extasiarnos artísticamente o indignarnos éticamente ante tal énfasis esteticista con impronta de subrayado moral. No. El peor Haneke no habría incurrido jamás en tal ampulosidad de medios y tal linchamiento retórico para tales fines.

 

¿Se imaginan a cientos de críticos levitando ante Uno de los nuestros protagonizada por curas pedófilos?

 

(Septiembre, 2016)