ARÉVALO Raúl (1979-_)

Tarde para la ira (Tarde para la ira) (2016: 6.0)

He leído que Tarde para la ira supone una actualización del western y es una película muy Peckinpah (Andrea G. Bermejo en Cinemanía).

Esto último se podría aceptar siempre que añadiéramos que también es una película muy José Antonio de la Loma, muy Eloy de la Iglesia, muy Imanol Uribe; incluso muy Lombardi (el nada sutil director peruano, no sé si conocido por Arévalo).

Es decir, los asuntos violentos y cierto tono determinista del gran Peckinpah están ahí, pero van acompañados por otros elementos de la casa menos sutiles, más sucios, más raciales, más subrayados y sensacionalistas. ¿Saura? Ni de lejos.

 

Tarde para la ira es la historia de una venganza que muchos espectadores parecen entender; hay gente que, al parecer, empatiza con el personaje que interpreta Antonio de la Torre. Como si fuese un héroe. Yo no, ni mucho menos.

Como escribió en algún sitio Ferlosio, una venganza planeada, a sangre fría, es mucho peor que un “crimen pasional”, una reacción inmediata ante el asesinato o tortura de alguien querido. Es de hecho un agravante, pues a quien así actúa no se le puede intentar comprender y menos justificar con los consabidos “no sabía lo que hacía” o “perdió la cabeza”.

Por el contrario, este hombre fue proyectando las muertes de personas hasta ocho años después de que cometieran su terrible crimen. El personaje de Antonio de la Torre es un asesino detestable, carne de cadena perpetua (allí donde sea legal). Un personaje aún más abominable que aquel ingenuo muchacho que encarnaba Ovidi Montllor en la legendaria Furtivos, que sacrificaba a su madre cuando esta había ya matado a su novia. Al menos aquel hombre la asesinaba recién acontecido el hecho y en un contexto más salvaje.

 

Tiene razón Israel Paredes, en su crítica en sensacine, cuando escribe que a medida que pasa la película y ocurren más cosas violentas, el director va depurando su estilo hasta hacerlo más sobrio. Esto apuntaría, pienso, a un futuro jugoso de Raúl Arévalo como director, con un poco de suerte alejándole del exhibicionismo rudo de películas como Días contados y de la brocha gorda narrativa del director de Perros callejeros, pongamos por caso.

Se trata, en suma, de una muy interesante ópera prima de Raúl Arévalo, cuyas mayores virtudes son que va al grano, narra con velocidad y precisión y parte de un guion trabajado, lo que le permite construir escenas tan conseguidas como la tarantiniana del gimnasio.

 

Eso sí, más allá de lo cinematográfico, cabría plantearse qué significa culturalmente que triunfe ahora en España (crítica y público están de acuerdo) una película sobre personajes tan tópicos o “españolísimos”, toscos y brutales; unos personajes que, sospecho, hasta cierto punto y con todos los matices que queramos ver, podrían representar al “pueblo”, o a parte del mismo. O será que yo ya veo populistas por todas partes.

 

(Octubre, 2016)