MALICK Terrence (1943-_)

Days of Heaven (Días del cielo) (1978: 10.0)

La segunda película que dirigió Terrence Malick, tras la arrebatadora Malas tierras, es una obra sublime que acabo de descubrir.

A los diez minutos de empezar a verla, conmocionado, pulsé el botón de “pausa”, salí del salón e interrumpí la lectura de mi mujer porque lo tenía que compartir con ella: “estoy viendo algo increíble”.

 

Un poema audiovisual delicioso, con un Malick inspiradísimo rodando como un torbellino, captando los movimientos de sus personajes como si todos (él y ellos) fuesen bailarines: acercándose a ellos por detrás, de perfil o de frente, girando, pasando de largo, capturando escorzos, retratando esbozos. Mostrando las duras labores del campo entre el cereal y bajo el sol, la plaga de langostas, el incendio apocalíptico y el contraste entre ricos y pobres; captando bailes y volteretas. Las escenas parecen escenas inacabadas; ráfagas de vida que nos dejan el sabor agridulce del tiempo que se les va a los protagonistas de las manos y se nos va a nosotros mientras contemplamos esta obra maestra.

 

Punteada por una música enigmática de Morricone y sostenida en el trabajo fotográfico y pictórico de Néstor Almendros. Con ecos o referencias, pienso, a la Biblia, Shakespeare (Otelo), Flannery O’Connor (“A Good Man Is Hard To Find”) y Faulkner (la ingenua narradora de la película como aquel niño de Mientras agonizo: “I am a fish”). Con alusiones al amor como deseo y peligro de algunos novelistas ingleses del XIX como Hardy o las Brönte o, aún más, asimilando el ímpetu emocionante de D. H. Lawrence (la maravillosa Sons and Lovers). Con una fusión de personajes y paisaje nunca vista por mí: una fusión dinámica, inesperada y flexible que alterna y mezcla luces y sombras para dar contenido y enigma al drama. Que juega con los movimientos de cámara y de los actores y que enciende su encuadre a partir de los objetos, personas, campos o trozos de cielo elegidos; un encuadre que eleva a los protagonistas a categoría de héroes trágicos. Con una brillante capacidad para la elocuencia efímera, digamos, esa que catapultó Vigo en L’atalante: una captación imprevista, elástica y bellísima de un gesto, un rostro, un vaivén o un lejano beso…

 

Days of Heaven se manifiesta hoy como una de las más altas cotas líricas, hondas, creativas y universales de la historia del cine. Si lo llamamos séptimo arte es por películas como esta.

 

Epílogo para Paul Thomas Anderson. Considerado por parte de la crítica como el gran director norteamericano surgido en los últimos años e influido notablemente por Malick en al menos dos películas, la sobresaliente Pozos de ambición y la original pero sobrevalorada Magnolia, Anderson carece de la fluidez fotográfica, y por ello cinemática, de su maestro, y aún aspira a veces a confundirnos con estructuras liosas y a impresionarnos con radiantes golpes de efecto. No es eso, no es solo eso, es más que eso.

Epílogo para jotdown. Siempre da gusto compartir entusiasmos y, así, encontrar esta opinión de Iker Zabala en un artículo sobre Malick en www.jotdown.es (“Autobiografía sentimental de Terrence Malick”): “una de las más bellas películas jamás rodadas”. A mí, desde luego, aun con todas mis limitaciones, contradicciones y lagunas, no me parece una exageración.

 

(Octubre, 2016)