HAS Wojciech J. (1925-2000)

Rekopis znaleziony W Saragossie (El manuscrito encontrado en Zaragoza) (1965: 7.0)

Historias dentro de historias dentro de historias. Gente que relata y otra gente que escucha y que luego relata. La tradición de El Decamerón y de Los cuentos de Canterbury: Pasolini en otra onda. En una España imaginada, folclórica, morbosa, violenta durante la invasión napoleónica, una mera excusa. Viriles bandoleros, bellas mujeres, temible inquisición, iglesias, picaresca, aristócratas burlones. La tradición de La vida es sueño y, tras voluptuosos placeres e increíbles aventuras, uno se despierta en la ladera de un monte rodeado de calaveras y esqueletos, mientras, sobre una negra rama, un buitre acecha.

El manuscrito encontrado en Zaragoza, inusual título cinematográfico, es barroca y expresionista, onírica y tenebrista, sardónica y coral, procaz, fluida y equívoca: narración posmoderna nacida en la Polonia comunista de los años sesenta. Seguramente un producto enmarcable dentro de las corrientes escapistas en países dependientes de la antigua URSS (película como muñecas rusas), pero caracterizado por una inventiva tan atrayente y una composición tan exuberante que le disculpamos (oh, paternalismos lejanos y fáciles) su desplante al presente polaco. ¡Cómo no disfrutar como posesos ante obras descomunales como Faraón (Kawalerowicz) o esta película, baúles repletos de insólitas maravillas de otros mundos!

Punto y aparte son las mujeres de El manuscrito encontrado en Zaragoza: sabrosas, explosivas; kilométricos y colosales escotes. Uno de los grandes atractivos de esta cinta (y de Faraón, por cierto): qué festín de guapísimas y risueñas polacas enseñando piernas y busto, y como sin darse importancia. Sonará simple o ramplón, pero para mí son lo más alto y grandioso de esta obra: nunca vi tantas mujeres deliciosas y lascivas y, aún mejor, sin escenas de sexo que les bajasen los humos, rompiendo el encantamiento que las creaba y nos pervierte.

Este cine polaco tiene más que ver con Polanski que con Kieslowski, es más hedonista que conceptual, más vital que filosófico. Lo cierto es que el desconcertante y rico bagaje cinematográfico de  Wojciech Has, basado aquí en la obra de Jan Potocki, tiene puntos de encuentro (o ascendencia) con (sobre) Paul Naschy y Pasolini, con Vila-Matas y Joe D’Amato, con Jess Franco y los bodegones barrocos españoles, con el Buñuel de La vía láctea y El jovencito Frankenstein de M. Brooks, con La vida de Brian y el Bergman de El rostro o El séptimo sello, con El Quijote, Juan Goytisolo y El baile de los vampiros. Es una película desinhibida y satírica, humorística y siniestra, paródica y sobrenatural: una sensual, lujuriosa y cruel broma digna de un aristócrata ocioso que conoce el alma humana, que sabe que somos débiles pero que nos ilusionamos con o sin motivo, que es consciente de lo que nos perturba y nos quita el sueño.

Larga, tres horas, excesivamente larga, la segunda parte de la película (más urbana, menos salvaje) se desinfla respecto de la primera (más agreste y oscura), no logrando imponer un ritmo unitario y suficiente que pegue con solidez y nervio las decenas de relatos que se abren a otros relatos de otros relatos. Un exceso de digresiones y anécdotas lastra el interés argumental y hasta estético de la película, aunque uno no se canse nunca de devorar (con los ojos) sublimes y carnales pechos, a duras penas contenidos por espléndidos vestidos apretados, y así es que uno se carga de pezones.

Y, como azulgrana que soy, así finalizo: es polaco el que no bote, eh, eh.