PECKINPAH Sam (1925-1984)

Junior Bonner (Junior Bonner) (1972: 9.5)

Hay un momento en Junior Bonner en el que, tras provocar una festiva y fordiana pelea en un bar, el protagonista se refugia en una esquina con una chica guapa que acaba de conocer. Mientras vuelan sillas y botellas y se rifan puñetazos, ellos se miran y sonríen, coquetean y, al final, se besan.

Es un instante bonito y divertido, dentro de una secuencia más amplia, que nos recuerda aquella gloriosa escena entre Ethan Hawke y Julie Delpy en Antes del amanecer, cuando en una tienda de discos suena una canción especial y se van mirando, confundiendo y enamorando.

Asociaciones curiosas pero no imposibles. Linklater y Peckinpah, quién lo diría.

 

En otro momento de Junior Bonner vemos al padre del protagonista, ligón, buscavidas y fracasado, despidiéndose en un tramo de escaleras de su mujer, de la que lleva distanciado un tiempo impreciso. Podría ser la última oportunidad para volver juntos, pero lo que él le propone es que se una a su próxima desventura: un viaje a Australia en busca de fortuna. Ella, lógicamente, declina la oferta, decide quedarse y, así, será esta la última ocasión en que estén juntos.

Qué sutileza austera la de Peckinpah. Casi nos saltan las lágrimas.

 

Decía hace poco Andrés Ibáñez en un artículo en ABC Cultural (octubre 2016, “Todos somos mendigos”) que “todos deseamos un arte que nos toque el corazón, algo que muchas veces el arte no se molesta en hacer”.

 

Este film memorable de Peckinpah lo consigue, vaya que sí. Un prodigio de sensibilidad, ecuanimidad y melancolía, a lomos de un Steve McQueen en el mejor papel que se le recuerda.

A ratos es un documental sobre la cultura del rodeo, su gente y cierta América profunda mirada por Peckinpah con realismo, respeto y simpatía. En otras partes el film es un matizado drama familiar. Pero supone, por encima de todo, una pausada y compleja reflexión en torno al progreso y la familia, la libertad, el triunfo y la dignidad. La felicidad y la rebeldía y sus renuncias.

 

Peckinpah construye una película extraordinaria que asimila la relajada visión de John Ford, con sus rivalidades, códigos de honor, borracheras, peleas y amores corteses. De composición clásica y serena en la mayor parte de su metraje, contiene un uso del montaje paralelo, cortante y agresivo, cuando quiere construir instantes de violencia y dar una opinión sobre los mismos. Como al principio de la cinta, cuando vemos las máquinas demoliendo la casa de Ace Bonner, el papá de J.R., en planos breves y puntiagudos. Peckinpah castiga así la avaricia especuladora y la mezquindad del hermano de J.R., responsable del asunto. Lo cual no inclina a nuestro director a hacer caricatura del “malo” de la cinta; por el contrario, se le presenta con sus defectos (egoísmo, ambición desmedida, frialdad) y virtudes (triunfador, trabajador, padre de familia, buen marido), lo cual revela la empatía y la tolerancia de Peckinpah. Y su visión de conjunto. Muchos directores festivaleros de los últimos años podrían aprender una o dos cosas de Junior Bonner.

 

Eastwood seguro que sí absorbió mucho de esta película. De hecho, no parece irresponsable pensar que Bronco Billy, infravalorada y linda película de 1980, bebe de este Peckinpah tan entero y apacible.

 

Junior Bonner es una de las películas que con mayor sutileza y verdad han sabido retratar la relación de un padre y un hijo. McQueen y Robert Preston bordan sus papeles.

 

(Noviembre, 2016)