HATHAWAY Henry (1898-1985)

To the Last Man (Hasta el último hombre) (1933: 7.0)

Randolph Scott y Esther Ralston (así como Romeo y Julieta en el Oeste) son los protagonistas de este antiguo (pero no muy avejentado) western. Él se aviene a “domarla” (a esta chica salvaje que si no se afeita es porque no tiene bigote) pero, a la vez, la trata como a una señorita, cuando la fama de la muchacha es más bien la opuesta. Con buenos modales se llega lejos; si tratas bien a un mono, a lo mejor comparte contigo su plátano. Bonita lección de Hathaway y R. Scott, un actor que parece no sentirse cómodo delante de la cámara, ni es muy resuelto cuando camina o empuña el revólver, rasgos que le hacen atractivo, pues le añaden misterio, impremeditación y deriva.

Siendo, como es, una película de principios de los treinta, en un momento en que muchos realizadores artesanales (es decir, no autores confesos como podían ser Buñuel, Vigo, Hitchcock o hasta Cecil B. De Mille) aún estaban poniendo a punto su maquinaria narrativa y retórica, resulta estupenda y sorprendente la labor de Hathaway en su fluidez y acabado, porque no da la sensación de ser un western tan antiguo. El film es veloz y no pretende otra cosa que lo que pretende (distraer a un público entregado de antemano), gracias a la fórmula y las convenciones esperables en una película del Oeste (basada en un librito del ubicuo Zane Grey): familias enfrentadas, venganzas, violencia sin perdón, una salvaje chica que se disputan dos hombres, ganado ahuyentado, disparos desde las rocas, una mecedora, un porche, un rancho...

Pero es de admirar lo mucho que Hathaway ha avanzado, frente a otros colegas suyos (como Robert N. Bradbury, cuyo film El que lleva la estrella, de 1934, incurre en los excesos del cine mudo y muestra unas muy inferiores cualidades de narración, o meramente de cordura...), en la capacidad para contar una historia cinematográfica con claridad y sin fisuras. Mezcla elementos diversos y obtiene una obra de notable envergadura en el nivel de acción y con cierta complejidad en los personajes. Y hace uso de imágenes de lindo erotismo como son los pies y las piernas de Esther Raltson (que interpreta su papel con expresiva y colorista exageración, por algo se formó en el cine mudo), cuyo efecto, en nuestra cacareada desinhibición contemporánea, y al menos en este ingenuo espectador espantado de erotismos efectistas, ha sido el deseado, ¡bravo por la salvaje Esther!

La película sirve, por tanto, además de para distraernos con buen pulso durante una hora y cuarto, para calibrar los indudables (aunque casi invisibles) méritos de su director, H. Hathaway, que treinta años después realizaría la excelente Los hijos de Katie Elder, que parece aún beber de la provechosa Hasta el último hombre. O acaso sólo sean guiños.