HAWKS Howard (1896-1977)

Hatari! (Hatari) (1961: 8.0)

Me gusta: John Wayne, sus miradas y sus poses. Me gusta toda la tropa hawksiana, tan masculina y elegante, muy simpática y valiente. Claro está que son unos profesionales, en este caso de la caza, ¡a lazo!, de animales salvajes, con el fin de venderlos a zoológicos, circos o atracciones variadas en el mundo occidental. Me gusta mucho toda la complicidad que guardan entre ellos (Wayne, Hardy Krüger, Red Buttons, Gerard Blain, etc.), su alegre dignidad, cómo buscan pasárselo bien, lo mal que llevan las traiciones, los chivatazos, los intereses y la falta de honorabilidad.

Me gusta: Elsa Martinelli, por supuesto, un cañón espléndidamente fotografiado y vestido, un cañón que se enamora, como no podría ser de otra manera, del héroe Wayne, una Martinelli que luce bien con pantalones y sin ellos, en la bañera y alimentando a los elefantes, dulce y risueña, atractiva y bella. Un rayo de luz en la África masculina que nos pinta Hawks.

Me gusta menos: visto hoy, el film peca de clichés un tanto irritantes. La torpe mujer entre bravos hombres, el consumado héroe rudo (Wayne) entre una tropa que lo admira incondicionalmente, o la representación de los nativos africanos. Y los instantes tan higiénicos en los que apetecería que algún personaje o algún creador (detrás de la cámara) se soltara el pelo un poquito más y nos evitara momentos demasiado limpios y fugaces, casi demasiado “cool”, podría decirse. Y lo reluciente de la puesta en escena y lo diáfano de todas y cada una de las situaciones resultan, en algún caso, molestos, pues es obvio que este cine hawksiano se aparta de sus referentes “reales”, la suciedad y el sufrimiento y el brío sin recompensa, anudánse a la soga del “sin despeinarse”, del divertimento obligatario y de las relaciones que no van más allá del sketch efímero. Me gusta menos que sobre Wayne recaiga tanto protagonismo y que la deslumbrante Martinelli deba interesarse “forzosamente” por él (algo que, hoy, parece descabellado) preguntando a alguno de sus amigos; exagerada creación del mito del bravo y viril cazador que “no se despeina”: eso puede llegar a (no a exasperarme pero sí) incomodarme un poquito, a atraerme algo menos de lo que me gusta el conjunto del film.

Me gusta: la ligereza, la libertad de acción, las buenas maneras, la jocosidad, la camaradería, ese tipo de narración hawksiana (y fordiana) en la que no es tan relevante el qué ocurre o cuándo, sino lo que pasa en los entreactos, cuando alguien toca el piano, cuando se hace una confidencia, cuando se fuma un cigarrillo sin pensar en nada, cuando se canta una canción o se baila, cuando se provocan situaciones hilarantes (muy de Monkey Business y Su juego favorito) en las que Hawks y su pandilla demuestran cuál es su verdadero objetivo: divertirse ellos como condición para divertir a la audiencia. Relajarse en paradisíacos parajes y producir una sensación agradable que abunde en interpretaciones más lindas y elocuentes.

Me encanta: el “aroma Hawks”, este cine que parece hecho sin esfuerzo ni delectación, sin intrigas ni elaboración amargada, sino, más bien, en función de una amistad, un buen rollo, una felicidad distinguida que parte del principio de que lo primero es el trabajo entretenido y peligroso, ¡bien hecho!, pero que, a partir de ahí, lo segundo, tercero y lo cuarto en la escala de importancia es pasárselo bien con las chicas y los animales, con la música y los chistes, siempre conservando un impenetrable pozo de innata decencia, de limpieza inquebrantable... y quien la quiebra será reprendido por Hawks y sus amigos en esta estupenda, divertida e informal película llamada Hatari!, ajena a nuevas olas, revoluciones o géneros cerrados de los sesenta. Lo que prima, habrá que repetirlo tantas veces como haga falta, era y es el talante, la fórmula y la mirada del autor principal, el director: Hawks, Howard Hawks.