HAYES HUNTER Thomas (1884-1944)

The Ghoul (El resucitado) (1933: 3.5)

Podemos ser malos y traer a colación que, por la época en que el señor Hayes Hunter andaba rodando The Ghoul, otros señores llamados, por ejemplo, Flaherty, Vigo, Sternberg, Lubitsch, Lang, Ford, Hitchcock, Ophüls y Walsh estaban ya firmando obras gloriosas del séptimo arte. Y podríamos ser menos malos y recordar que otros hombres, menos talentosos que los anteriores, llamados, es un decir, Freund, Cromwell, C. Brown o Hathaway estaban rodando películas estupendas (en el mismo género, La momia, de Freund, es muy superior a The Ghoul). Dicho lo cual, entonces dan ganas de finiquitar por siempre jamás al susodicho Hunter y meterlo en el mismo cajón en el que cohabitan, qué sé yo, aquellos directores de “westerns” del montón tipo Bradbury o H. Fraser.

¿Y por qué tal cajón de-sastre? Pues porque, sin andarse mucho por las ramas, The Ghoul es un prodigio de rigidez, horizontalidad, oscuridad sin misterio y dicción recitada y solemne. Si The Ghoul es una boca, es una bocaza sin sonrisa a la que se le ven unos irregulares dientes torpemente ceñidos por un descarado aparato de ortodoncia. No, en efecto, ninguna semejanza guarda el mísero cine de Hayes Hunter con el fabuloso y enigmático de Tourneur, por si hace falta aclararlo (aquella era una boca con ambigua sonrisa de Mona Lisa y finos colmillos acechantes). 

En The Ghoul se pasean y corretean unos personajillos (sobre todo, uno) que se vigilan y se esconden, se increpan y se entretienen. Niebla tópicamente británica; envaramiento típicamente británico; farolas que no alumbran y una conjura con varios necios. Terror ingenuo, moroso y cutre, pese a que el egiptólogo Boris Karloff termine resucitando (menos mal) y yendo por ahí, despistado y despistando a todos (¡con esa cara!), mientras los demás personajes están extraviados en el interior de la enorme mansión y sus siniestros alrededores... Aunque yo sospecho que el perdido era Hayes Hunter, cuya cámara no lograba divisarlos, entre tanta pesada niebla y torpeza narrativa, y rescatarlos del runrún de piedras preciosas, conversaciones irrelevantes y dilemas de vida eterna sobre el que recae el muy relativo interés de esta flojísima historia.

Sobreactuada muestra de cine de terror británico precoz y escasamente sugestivo, que gasta muy poco en planificación, cordura y bombillas, aunque sí se permite alguna crueldad marca de la casa (la mujer poco vistosa cierra los ojos para recibir un beso, pero el supuesto besador pasa de largo). A todo esto, el héroe británico tan blanquito, correcto y apuesto recibe, en el momento cumbre del film, nada menos que un disparo en la cabeza... Pero el lozano chico  se repone en un par de segundos y suelta la frase que todos hemos soñado decir: “No ha sido nada”. De inmediato se receta un poco de esparadrapo, pega un par de puñetazos, salva a un bellaco del fuego, carga a su enamorada entre sus brazos, escapa del mausoleo en llamas y a otra cosa, mariposa... A vivir, Karloff, ¡que son dos días!

No seamos malos.