ALTMAN Robert (1925-2006)

Nashville (Nashville) (1975: 4.5)

En los años setenta, el cine de Robert Altman tuvo un prestigio sensacional.

 

Sus películas surgieron como sátiras y parodias nada ingenuas que desmitificaban América y sus leyendas, incluyendo sus leyendas cinematográficas: ese fordiano “print the legend”. Su enfoque coral y sociológico le venía como anillo al dedo a aquellos años revoltosos.

 

A Robert Altman los personajes le servían como herramientas para retratar un acontecimiento, en este caso un festival de música folk en Nashville y, por elevación, radiografiar la sociedad de su tiempo.

 

El cine de Altman suponía un festín para los académicos Film Studies, que se relamían y aún relamen de gusto ante sus implicaciones extra-cinematográficas. Así, por ejemplo, Susan Hayward (en Cinema Studies: The Key Concepts, en la entrada “musical”) viene a decir que Nashville fue el musical que acabó con todos los musicales. Esta hipérbole cinematográfica-apocalíptica, tan del gusto de algunos críticos españoles que usted y yo conocemos, se sustentaba en la siguiente frase (traduzco del inglés): “Nashville, el supuesto corazón de la música country, western y folk, literalmente se desintegra ante los ojos del espectador” (mis “negritas”). Y luego: “El musical de Altman no va a ningún sitio, no viene de ningún sitio, no te cuenta nada…”. Y en ese plan.

 

También yo, modestamente, pienso que Nashville no nos cuenta nada, o muy poco, pero no me parece para celebrarlo a bombo y platillo. Su “deconstrucción” de la ciudad de Nashville, su escena folk y su sociedad es, mirada ahora, más afectada que ineludible. Es decir, se perciben desde el inicio tanto el propósito destructivo como la tesis que nos quiere poner Altman sobre la mesa.

 

Los personajes no tienen gran consistencia, vagan como almas en pena y son casi todos débiles, egoístas, cínicos o torpemente idealistas. El catálogo de majaderías que se pone en boca del personaje de Geraldine Chaplin, que interpreta a una cursi periodista de la BBC con ganas de pasárselo bien, es antológico.

Cuenta Indro Montanelli en su Historia de los griegos (traducción de D. Pruna), en el capítulo que dedica al teatro griego y en concreto a las comedias de Aristófanes: “Sus personajes son esquemáticos y caricaturescos, como los de todos los demás que escriben en tesis y llevan más en su interior los temas que los hombres”.

 

El cine de Altman, en efecto, no tiene alma: más interesado en los temas que en las personas.

Y otro punto en contra: Nashville puede hacerse larga y reiterativa. No dura precisamente 90 lindos minutos. 

 

Pese a todo, faltaría más, la película contiene momentos divertidos, tendentes al absurdo, y también escenas de un glorioso patetismo. Destaca esa actuación intempestiva de una artista menor y quizá borracha, que cierra por accidente (¡un accidente digno de Altman!) el gran evento político-musical en Nashville. Ahí, al final de la canción, que se mete con calzador tras un atentado quizá terrorista, al director se le ocurrió la genial idea de hacer un plano general del escenario, que nos permite ver en todo su esplendor la enorme bandera americana que lo corona.

Ahí está, a voz en grito, la crítica a la sociedad americana, sus valores y fundamentos: el caos de gente, la borracha en el escenario y la bandera de guinda del pastel. Todo es una farsa.

La sutileza no parece una virtud de Altman.

 

En cualquier caso, también nos dice Montanelli en su muy entretenido libro: “…no se comprenderá nunca nada de Atenas si no se lee a Aristófanes”. Desconozco si Altman estará a la altura de Aristófanes pero, por si acaso, tomo nota. Y lo digo en serio.

 

(Febrero, 2017)