MALMROS Nils (1944-_)

Sorg og glæde (Sorrow and Joy) (2013: 10.0)

Si me estás ahora leyendo y no has visto la película, te recomiendo que la veas primero. Ya tendrás tiempo, si quieres, de volver por aquí.

 

El primer cuarto de hora de Sorg og glæde es el más problemático, en el límite de lo soportable. Quizá sea una cuestión cultural: Escandinavia, la ética protestante, etc.

Pero uno ha de plantearse varias cuestiones: Por qué él, el cineasta Johannes, no está más destrozado tras la muerte de su hija a manos de su mujer, la profesora Signe. Por qué parece más preocupado por la suerte de su esposa, mentalmente desequilibrada, que abatido tras la muerte de su bebé de nueve meses. Por qué, de inmediato, los padres de los alumnos a quien Signe daba clase firman una carta de apoyo a la maestra expresando su deseo de que vuelva cuanto antes; a pesar de que saben que ella ha asesinado a su propia hija con un cuchillo.

 

Pero la lógica de la película es implacable: es perfecta y precisa la puesta en escena, es colosal su atrevimiento al abordar lo inabordable.

 

El espectador y la película van asentándose; el film va ganando en solidez, inquietud y conmoción. La película comienza a florecer, como la esperanza de Johannes de que su relación con Signe no se acabe tras la tragedia y puedan volver a tener una vida más o menos normal. En el futuro.

 

En Sorg og glæde encontramos corrientes argumentales y morales controvertidas que casi llegan a fusionarse. Hay un elemento de naturalidad inexorable, realista y solemne por donde siempre sobrevuela un componente de egoísmo e inquietud. Hay una espiritualidad carnal e inmediata, pero civilizada.

El deseo y la ética se desvirtúan mutuamente. Bergman, Rossellini y Dreyer conviven, y casi no sabemos cómo logra Malmros tal hazaña.

 

A la visita de Johannes y su suegro al tanatorio donde yace la niña le suceden, escasos minutos después, los breves segundos del funeral, sobrios y escalofriantes.

 

Johannes abre la nevera, saca dos biberones y vacía la leche ya inservible en el fregadero. Una maniobra sencilla pero lógica que nos demuestra el vacío absoluto tras la muerte de la pequeña.

 

Johannes le pide al terapeuta que no juegue con el cuchillo que tiene a mano; parece un gesto de sadismo.

 

Se nos muestra la cara de Signe (la primera vez que la vemos) cuando su marido va a entrar en la sala del hospital donde ella se encuentra. Bella y perturbada, parece una rubia de Hitchcock sin maquillar, o un reflejo de una musa de Haneke.

 

Y, no obstante, el amor continúa y crece, en un mar encrespado. El dolor por la pérdida se atenúa o se convierte en una ambigua alegría en la lucha por la vida, salvando el compromiso. Las culpas se bifurcan. ¿Cómo una enferma que apenas ha dormido se quedó sola con su bebé? ¿Era tan importante la conferencia a la que asistía él? ¿Tan cansada se sentía la madre de Signe, después de trasnochar la noche antes (a esas edades)? ¿Tan agotada que no podía quedarse “todo el tiempo” con su hija trastornada y con su nieta de nueve meses, vigilante?

Son preguntas terribles, descorazonadoras. Contemporáneas. Nos miran a los ojos y no tenemos escapatoria. ¿Qué habríamos hecho nosotros?

 

Hay aspectos que apenas nos atrevemos a creer; cuesta una barbaridad acatar la verosimilitud de los hechos, basados en sucesos reales de la vida del director danés Malmros. Pero no nos queda más remedio que aceptar una película que nos reta con formas limpias y que lleva su intrincada historia hasta sus últimas consecuencias, el último aliento, apostando por la pareja y la vida. Contra la muerte. A su manera no cómica, como Su juego favorito.

 

Mientras tanto, la inquietud no ha cesado, entre flashbacks.

Y surge Iben, la joven actriz de la película de Johannes.

Y asistimos al terrible episodio de las pastillas que lanzan Johannes y Signe al fondo del inodoro. Qué irresponsable: él.

Y el coro escolar de Signe, un plano prodigioso como de McCarey.

Y el rodaje del beso de los adolescentes, bergmaniano: Johannes y Signe han de hacer de ellos mismos, mostrándoles a los jóvenes cómo se pueden besar en la película.

Y a Johannes le llega la carta de una admiradora. Obsesión de Signe, celos extremos; Brian de Palma incluso.

 

Emerge la absoluta indefensión de ella, el complejo de inferioridad, la tortura mental, las lágrimas.

El indisimulable coqueteo del director con Iben, la guapa actriz adolescente.

 

La boda de Johannes y Signe, agridulce: Iben es la primera que lo felicita. Y, ahí, un plano inquietante de la iglesia, a lo lejos. Son vulnerables, ellos y todos.

 

El director de cine, Johannes, en Cannes. Una nueva película, una trama polémica, morbosa. La Iben actriz despertando sentimientos contradictorios en el personaje de su padre.

 

A todo esto, en el presente, el terapeuta tira el café sobrante en el lavabo.

Se nos cae el alma a los pies.

 

Seguimos en flashback. Signe, ahora (entonces), está embarazada, feliz y orgullosa. Es su única manera de ser mejor que él, de superarlo: él no puede quedarse embarazado, claro.

 

Otro director de cine, Tiger, le dice con sorna a Johannes que es el favorito de la burguesía. Pero le pide que se convierta en “tasador”, evaluando si una película en la que Jesucristo mantiene relaciones sexuales es una “obra de arte independiente”.

Otro dilema. Y no tan menor.

 

Y nace la niña: y qué bella es la escena del jardín, tumbados bajo la luz. Una felicidad que, como ya hemos visto el futuro, nos abruma, nos mata de tristeza.

 

La niña llora mientras él escribe a máquina, la niña llora. La niña está sujeta por la cintura y los brazos por unas tiras que le permiten estar de pie: está aprendiendo a sostenerse en este mundo.

Es un plano absorbente, creativo, sobrecogedor. Él no se ocupa de ella, pues está trabajando y el trabajo es lo primero. El bebé, así, está seguro (nada malo le puede pasar) pero está atado como un animalillo. El papá tiene otras cosas que hacer. Siglo XXI.

 

Johannes e Iben irán al festival de Berlín. Los celos de Signe se acrecientan; y es razonable. La trama de la película que ha escrito Johannes es como la sublimación del autor (él lo admite), encandilado con su actriz de 16 años, cuyo personaje ve cómo su padre parece enamorado de ella.

 

Signe, obsesionada, no puede dormir. De hecho, no duerme. Peligro. Llora y llora. Un poco como aquellas mujeres de los años cuarenta a quienes sus hombres volvían locas: Sospecha de Hitchcock, Luz que agoniza de Cukor, etc.

Signe le dice a su marido, a bote pronto, que ha intentado estrangularse con una bufanda. Escalofríos. El suicidio merodea.

La internan en un sanatorio. Tristeza y alivio.

Pero volverá a casa el fin de semana.

 

Atención. Johannes y su suegra, en un plano asombroso y quizá mi momento favorito de toda la película y del cine reciente, se “pasan” el carrito con el bebé dentro. Ella a un lado de la habitación, él al otro y la niña en la sillita con ruedas en el medio, empujada de izquierda a derecha. Quizá la quieren dormir o meramente desean que esté tranquila, pero el subtexto es que se pasan la pelota, no atienden a su responsabilidad como padre y abuela. Este plano es un mundo: hermoso y repleto de significados que no quiebran la lógica argumental. Turbador como pocos que yo haya visto.

 

Signe se había cortado las venas de adolescente. Cuidado, Johannes.

 

Y llegamos de nuevo al día inolvidable y terrorífico, el día sin marcha atrás. Antes de irse a una conferencia que ha de impartir en otra ciudad, Johannes retira un hacha al garaje. ¿Por si acaso?

Y, por la noche, un desprendimiento de nieve en el tejado ha provocado la alarma.

Elementos amenazadores, todo el tiempo. En casi todo el espacio.

 

Un paréntesis aquí pertinente. El libro de David Eagleman, Incógnito. ¿Es el enfermo mental responsable de sus actos? Al enfermo, ¿hay que castigarlo o ayudarlo? ¿Debemos estar a su lado o alejarnos de él? ¿Y si muchos actos criminales están perpetrados por enfermos…? ¿Qué hacemos con los criminales y con el libre albedrío? Fin del paréntesis.

 

Festival de Berlín. La tentación del director por la actriz joven. El director desgraciado y la joven actriz curiosa. Ambos comparten cama unos minutos. Algo ocurre pero él se frena. Iben se va a su habitación.

Signe, loca de celos, sí, ¿pero no eran celos justificados? El espectador no sabe qué pensar: ¿qué habríamos hecho nosotros, hombres, ahí, en el Festival de Berlín, en ese hotel?

 

Si en Europa 51 una culpable Ingrid Bergman quería derrotar el dolor por la muerte de su hijo saliendo al mundo de ahí fuera, rompiendo con su vida previa y ayudando a los más desfavorecidos, en la película de Malmros tras la tragedia se produce un repliegue interior, reforzando la pareja y construyendo una coraza de complicidad y compromiso frente al mundo exterior. Sorrow and Joy, un Rossellini del siglo XXI: el compromiso es con lo más cercano, sin mirar alrededor. 

 

Vemos a Signe y Johannes, en otro plano bellísimo, caminando entre unos árboles, la cámara merodea por detrás (¡el espectador los sigue!), los va marcando de cerca pero no demasiado cerca, con cautela. Ellos, antes de que el plano quede cortado, se dan la mano. No se separarán.

 

Johannes y Signe sentados en un banco, entre el césped y los árboles. Ella relata por fin, dolorosamente, lo que pasó aquel día de la muerte de la niña, su versión de los hechos. La cámara la individualiza. Ella se levanta y se va. Luego él irá tras ella y se abrazarán. Juntos: compartiendo el pesar y la culpa.

 

Todo es significativo en esta película. Sin efectismos, con una audacia desarmante. Véanla, no me lean o háganlo después.

 

Dolor y alegría, traducción española del título original, es una película sobre volverse adultos, como la propia Signe dice al final tras la gran elipsis de años. Una película sobre el aprendizaje del amor cuando el amor no está a tiro, cuando el amor debería ser odio, rencor, incomprensión o, a la postre, hastío.

 

Oh, los sublimes últimos minutos, el flashback hasta ahora no mostrado, los últimos minutos de la niña Maria en este mundo. Un cortometraje elegíaco.  

 

 Sorg og glæde es un cine más allá de la emoción. Nos pone contra la espada y la pared. Puede verse esta sublime película como obra-ensayo sobre el dolor más insoportable y la alegría más duradera.

 

Os doy las gracias a quienes me la habéis descubierto y a M. Vitale por habérmela regalado.

 

(Marzo, 2017)