HEISLER Stuart (1896-1979)

Tulsa (Tulsa, ciudad de lucha) (1949: 7.0)

Si, como le he leído argumentar a R. Sánchez Ferlosio en un par artículos, la ideología imperante se muestra o transparenta, sobre todo, en los productos de la cultura más popular, entonces aquí podrá ser viable hablar de algún aspecto de los EEUU hacia 1949, ya que Tulsa, ciudad de lucha es cine popular y sin conciencia de ninguna clase. La huella ideológica que surja de su visionado nos hará sospechar que tal impronta estaba allí desde el principio, con toda naturalidad, como “en su casa”.

Según la presentación del narrador al inicio del film, el petróleo es “el alma de nuestra civilización”. Y, así, Tulsa era la “capital mundial del petróleo”.

(Colores chillones, ¿por la remasterización?)

Pero en la ciudad Tulsa, en los años 20, estaba también “el mejor ganado del mundo”. Así que ya tenemos conflicto. Porque la irrupción del petróleo mata a las vacas... y a las personas. Por ejemplo, al padre de la protagonista de la película, interpretada por Susan Hayward, que buscará venganza.

Aunque, por de pronto, no merece la pena querellarse contra el petróleo asesino, tan impersonal (¡aunque quién lo diría!, en la película se le presenta como un ente maligno y con poderes), ni tampoco contra la gran compañía que lo produce, ya que puede permitirse contratar a los mejores abogados y así ganar, sin duda, los envites judiciales... ¡Toma verdad lógica y absoluta, como “cuando llueve, el suelo se moja”! El dinero decidiendo quién tiene razón.

Bruce Tanner es el magnate del petróleo, “un gran ciudadano”, como le define un personaje de manera sarcástica; es tan grande que compra jueces, abogados, empresarios y políticos, es un corrupto sin doblez que, gracias a su dinero, “pisa a quien quiere”. ¡Palabras textuales! ¡Nada de eufemismos!

Así, el petróleo, ¡la quimera del petróleo!, comienza por asesinar y, de esta forma, arruina tierras, ganados y personas. Frente a la quimera de los pastos, aparece todo negro, pastoso e innegociable, como una inundación imparable de la modernidad y del “progreso”.

La Hayward, que se había embarcado en el negocio del petróleo (internándose en la jungla de la competencia capitalista) por mera venganza, termina crudamente enamorada del crudo y, más aún, del dinero que le depara. Y ve cómo, en tanto que triunfadora, está situada en el techo social y, como consecuencia de su éxito, es reverenciada, envidiada y respetada por los demás. Y, además, ¡es atractiva!

El axioma del máximo beneficio triunfa por encima del respeto a la tierra y sus pastos, a la naturaleza en su conjunto. Hayward se ve cegada por la riqueza...

Imposible pensar en un tema más actual, casi sesenta años después de Tulsa. ¿El cambio climático? Desde luego. ¿Venimos del mono? ¿La Tierra gira? ¿Legalizamos el divorcio? ¿Se mojan los prados cuando llueve?

Hayward, querida por tres hombres en la película, se mueve a sus anchas en este producto barato y sin ambiciones. Un film de Heisler, su director, similar en aspiraciones e ingenuidad al que podían realizar por aquellos años, se me ocurre, un J. Pevney o un H. Fraser en géneros diversos: hacedores de películas extremadamente interesantes como síntomas, a la par que bastante divertidas en su inocencia sin matices, al funcionar, con vocación dicharachera, como radiografías de una época en lo social, histórico, cultural y hasta lo político.

El personaje de Hayward parece no encontrar freno a sus pretensiones expansionistas, pues pretende, “lógicamente” (por la influencia del malvado jerifalte capitalista: tipos siempre muy malos en aquel cine de los años treinta y cuarenta, recordemos las películas de Capra), aumentar la producción. El fin es incrementar la riqueza personal, nada menos, ¿para qué andarse con disimulos? Y todo ello redundaría, ¡coartadas!, en beneficios para la ciudad de Tulsa... Pero el personaje de Pedro Armendáriz (que está enamorado de ella y que tiene, como ella, sangre “cherokee”) se le opone tímidamente, colocándose en el polo de la protección y conservación del medio ambiente y la naturaleza, más allá de los superiores réditos objetivos que promueve el petróleo. La producción (cuántas veces lo ha escrito Ferlosio) como certero gatillo y blanco perfecto, como fin en sí misma; parece que ya se anuncia en ese momento el apogeo de la producción, pero sólo es un anuncio, en 1949 aún había otros escrúpulos...

Armendáriz, cegado por su previa cobardía y por la desesperación de ver las tierras convertidas en chimeneas y ríos negros, le prende fuego a los pozos petrolíferos. La destrucción del sueño de Hayward, pobre mujer rica... ¿La avaricia rompe el saco? ¿O es el mismo saco el que fomenta la avaricia? ¡Pues a tomar por el saco!

Película pro-desarrollo sostenible, quién lo diría, pro-capitalismo con rostro y actitudes humanas, con cabeza y corazón. La prosperidad de un territorio y la protección de la Madre Tierra han de ir juntas de la mano...

¿Qué decir desde hoy, cuando estos días (diciembre de 2007) los países más poderosos como los EEUU y Japón se niegan a firmar ningún papel significativo que suponga reducciones concretas en las emisiones de gases tóxicos; es decir, ningún documento que proscriba que deberían, por el bien del planeta Tierra, “producir menos”...? Pues digamos que el capitalismo casi blanco, infantil y directo de antaño, con su malvado aun atractivo capitalista al frente (el dueño), se ha transfigurado en una amalgama de corporaciones y equipos de gestión y marketing que, amparados en su propio disfraz colectivo, hacen como que no saben y se niegan a bajarse del vagón del máximo beneficio... Ya lo decía una tonta comedia de los ochenta, con Gene Wilder y Richard Pryor: No me chilles, que no te veo...