DONEN Stanley (1924-_)

Charade (Charada) (1963: 9.0)

Uno querría quedarse a vivir peligrosamente en Charada, ese tipo de película intemporal, que triunfa derrotando modas, estilos y coyunturas. Una película irresistible, casi imbatible en su terreno. ¿Cuál?

El de la comedia romántica en un molde de thriller: con sus divertidas aventuras (y riesgos para la pareja protagonista), su intriga resbaladiza, su humor. 

 

Charada se parece tanto a una película de James Bond como a una de la Pantera Rosa, tanto a un Lubitsch como a una de Abrahams y Zucker. El humor más fino y cínico, como de Oscar Wilde, y el más absurdo, como de La cantante calva de Ionesco o los Hermanos Marx, conviven con naturalidad. También puede verse como la respuesta americana a Al final de la escapada. Al mismo tiempo más irónica, más convencional y más humilde. 

Impera, eso sí, la elegancia de formas y personajes habitual en el cine de Stanley Donen, que contó con un maduro Cary Grant y con una Audrey Hepburn en su momento cúspide. Grant, como antaño, interpreta a un personaje escurridizo y poco de fiar, pero con los años había ido adquiriendo una pátina de respetabilidad y hasta (si me permiten) de virilidad que casa muy bien con la imagen tan femenina, sensual y distinguida de Hepburn. Ella se enamora de él pero, como la Fontaine de Suspicion, Hepburn aquí también sospecha de Grant: ¿me quiere por mi dinero o me quiere de verdad?

 

Otro punto fuerte del film, en el que no nos detendremos, es la estupenda galería de malos comandada por James Coburn.

 

Creo recordar que la primera vez que vi Charada, como tantas otras en ¿Qué grande es el cine?, Oti Rodríguez-Marchante comentó que qué suerte teníamos todos aquellos que aún no la habíamos descubierto.

Han pasado los años, he vuelto a ella y la he disfrutado a tope: sigue funcionando, con encanto, misterio, gracia y simpatía, desde el minuto cero. 

 

(Abril, 2017)