EISENSTEIN Sergei M. (1898-1948)

Bronenosets Potyomkin (El Acorazado Potemkin) (1925: 7.5)

LA MEJOR

En la primera mitad del siglo pasado, El acorazado Potemkin era considerada la mejor película jamás rodada. Luego accedería al trono Ciudadano Kane pero la película de Eisenstein se ha mantenido entre las más votadas casi hasta hoy.

En España el entusiasmo solo parece haber decaído en los últimos lustros (pero veremos si no reflotará).

 

ALGUNA RECEPCIÓN ESPAÑOLA

Echo un vistazo a lo que Román Gubern (Historia del cine) y Miquel Porter i Moix (La filmoteca ideal) escribieron hace unos lustros sobre la película de Eisenstein.

Gubern la presentaba a finales de los sesenta como “gigantesco fresco… sobre los acontecimientos revolucionarios de 1905” o como “impresionante epopeya revolucionaria”.

Porter i Moix escribió: “Con la cinta se quería conmemorar la Revolución de 1905…”.

 

José Luis Guarner elogió la película y su “fuerza para generar emociones” pero, además, la catalogaba como “gloriosa película oficial” que “se decanta más por el lado de la exaltación pura que por el de la fidelidad a los hechos históricos”. “Una metáfora de la revolución”, así la definió Guarner (crítica de 1977 recogida en Autorretrato del cronista).

De manera parecida, Augusto Martínez Torres en su Diccionario Espasa: Cine (publicado en 1996) la definió como “clásico del cine revolucionario… y una de las grandes películas de la historia del cine”.

Manuel Villegas López, en Los grandes y fundamentales nombres del cine, mencionó el objetivo propagandístico (la crítica recogida en este volumen se publicó primero en Triunfo en los años sesenta). Y recordó la frase de Goebbels: “Necesitamos nuestro Acorazado”. La intención de Eisenstein fue poner en celuloide “el espíritu de la revolución”.

 

El espíritu de la revolución, la metáfora de la revolución, clásico del cine revolucionario, leemos. Bueno.

Uno hace una metáfora de algo cuando tiene una idea preconcebida de ese algo: aquí la Revolución Rusa. Cuidado.

 

CHAVES NOGALES

No por razones cinematográficas, precisamente, pero es una lástima que durante tantos decenios la obra del periodista español Manuel Chaves Nogales permaneciera ninguneada en su propio país.

Cuando uno lee El maestro Juan Martínez que estaba allí, que contaba la Revolución Rusa mientras estaba sucediendo sin prejuicios ideológicos ni aspavientos retóricos, piensa que acaso tanto la aprobación histórico-cultural generalizada recibida por la famosa revolución como, colateralmente, el entusiasmo convocado por El acorazado Potemkin, al menos en España se habrían un tanto templado décadas atrás tras la lectura de Chaves Nogales. Quizá no tanto en su vertiente estética (aunque también, por contagio) pero, ciertamente, en lo que pudiera tener de lección de veracidad, ética y “ejemplaridad” revolucionaria. Chaves Nogales nos cuenta los horrores de aquella guerra civil, más que revolución, donde blancos y rojos mataban por igual y donde los bolcheviques desde el principio (y esto es esencial) mostraron sus rasgos distintivos: brutalidad, venganza sangrienta, caos; odio al burgués, al comerciante y al diferente; control de la prensa, ausencia de libertades, cierre de establecimientos de ocio; miseria, hambre, pobreza extrema. Totalitarismo. Del Zar a Lenin como de Málaga a Malagón.

 

PROPAGANDA MUY BIEN HECHA

El acorazado Potemkin es, antes que nada, una película de propaganda que buscaba reforzar el régimen comunista en la Unión Soviética ocho años después de la toma de poder de los bolcheviques: cerrando filas, robusteciendo la adhesión inquebrantable, obviando contradicciones, ocultando la barbarie bolchevique, elevando a mito e ideal la supuesta revuelta de los pobres contra los ricos (esto no fue exactamente así, si hacemos caso a Chaves Nogales). “Print the legend”, como dijo John Ford.

 

Es una propaganda, sin duda, muy bien hecha. Impresionante, impactante y morbosa: puro virtuosismo cinematográfico (no necesariamente virtuoso).

Propaganda, decimos.

 

¿Qué es, la mítica escena de la escalera de Odessa, sino un festival sensacionalista fantásticamente manufacturado, repleto de suspense y pavor?

¿Qué es la bandera roja que repetidamente vemos ondear (no sé si solo es roja en la copia restaurada o si viene de antes) sino un símbolo chillón de la conquista del poder por parte de los bolcheviques?

¿Y por qué no hablamos del trazo de los personajes malvados, puras caricaturas, peores aún que los malos de los filmes de superhéroes o de James Bond?

¿Y qué decir de los personajes buenos, sobre todo ese valiente Vakulinchuk, de noble bigote, convertido en mártir y venerado por la gente normal, como usted y como yo?

¿Y comentamos algo de los leones de piedra, que se despiertan con gran aparatosidad pero nula coherencia para apoyar a los buenos de la cinta?

¿Y qué hay de la influencia de Goya, con los fusilamientos de los sublevados (aunque esa lona que se les lanza por encima sea quizás el mejor momento de la película)? ¿No es demasiado obvia y traída por los pelos y establece un paralelismo poco convincente?

¿Y no nos incomoda el ardor iracundo y belicista de todo el conjunto, muy en la línea de las irresponsables vanguardias artísticas de aquellos años, amantes del nihilismo, cercanas a las ideologías extremas y reivindicadoras de la destrucción y la sangre, el caos y la pureza?

 

QUE SÍ

El acorazado Potemkin, claro que sí, es una película históricamente esencial y, cinematográficamente, el trabajo de un artista superdotado. Sus avances y la aplicación de las técnicas de montaje están en todos los libros de historia y teoría del cine, incluso en Wikipedia (¡no hay excusa!).

A uno, que no es especialista, no se le escapa que los cineastas rusos de aquellos años fueron importantes en el desarrollo del cinematógrafo. De esto no hay duda y esta película es un ejemplo muy notable.

Pero, ¿tenía sentido que los críticos la colocaran en la cúspide del mejor cine del mundo, incluso en los años sesenta o setenta (no digamos después), cuando Hitchcock, Ford, Chaplin, Hawks, Walsh, Capra, McCarey, Welles, Lubitsch, Lang, Buñuel, Dreyer, Bergman, Renoir, Godard, S. Ray, Viconti, Peckinpah o Rossellini ya habían hecho decenas de obras maestras con un dominio de su arte mucho más sutil, preciso, integrado y sugerente?

 

Yo creo que no: que no se premiaban sus méritos reales; pienso, vaya, que aquello tuvo mucho de rutina cultural asociada al prestigio intelectual y moral del comunismo y la idealización de la Revolución Rusa. No hace falta fijarse mucho para percatarse de que El acorazado Potemkin, con todos sus grandiosos aciertos, carece de cualquier atisbo de finura dramática, sobriedad expositiva, matices ideológicos o fluidez narrativa (toda la parte final de los barcos se extiende sin motivo y se malogra el suspense). Los énfasis argumentales y sentimentales de la cinta son chillones y el uso de los primeros planos es abrumador y demagógico. ¿Tiene sentido esto que digo?

 

El acorazado Potemkin, en suma, es un audiovisual propagandístico extremadamente interesante. Una película notable, mejor que muchas y peor que bastantes, que todo aficionado al cine debería ver una vez en la vida.

 

(Mayo, 2017)