ALDRICH Robert (1918-1983)

The Longest Yard (Rompehuesos) (1974: 7.0)

Yo le profesaba (no digo “tenía” para evitar la rima con “manía”) algo de manía a Burt Reynolds por alguna película suya chulaza y bobalicona de hace años (quizá Los caraduras), pero mi opinión se torna positiva desde hoy mismo.

Reynolds interpreta a Paul Crewe, un ex jugador de fútbol americano en horas bajas al que meten en prisión. Crewe, que se había vendido una vez miserablemente, dilapidando así su reputación como gran “quarterback”, tendrá la oportunidad de redimirse: entrenando a un equipo de reclusos, jugando con ellos frente a los guardianes de la cárcel, enfrentándose al odioso alcaide interpretado por Eddie Albert. Deberá sobreponerse a la pereza y el miedo (gigantescos enemigos siempre), resistiéndose a la tentación de claudicar de nuevo. Un tema muy americano.

 

Este cine de Robert Aldrich es estupendo, aunque ahora mismo no goce de excesivos fans. Muchos y muchas ven una película como Rompehuesos y van poniendo los consabidos ticks: machista, hosca, bruta, violenta, sin matices.

Algo de eso hay, no lo vamos a negar, pero habría que calibrar mucho nuestros adjetivos. Porque The Longest Yard es, en primer lugar, una actualización del espíritu de Howard Hawks en torno a la lealtad y la camaradería masculinas en los malos momentos. Una película sobre la capacidad casi sobrehumana de no rendirse y de darse un homenaje de honor y dignidad. Incluso si esto conlleva ser apalizado por algún bruto y seguir en prisión unos años más.

A Hawks le hemos de añadir el tantas veces atractivo subgénero de las películas de cárceles; también en los años setenta Siegel haría la admirable Fuga de Alcatraz, por ejemplo.

Y señalemos también el subgénero de las películas de redención a través del deporte: aquí seguramente The Longest Yard ejercería algún influjo sobre Huston y su nada mala Evasión o victoria.

Por último, también cabe situar esta película en el grupo de obras (desde Doce del patíbulo, del propio Aldrich, a El sargento de hierro de Eastwood, pasando por variaciones humorísticas como Loca Academia de Policía) sobre el duro instructor cuya tarea parece imposible: conseguir mediante un ingrato entrenamiento que un grupo de tipos desastrados se convierta en un equipo de verdad (da igual si deportivo o militar).

Por tanto, hablamos de una película educativa, a su manera, que reivindica tanto la disciplina y cierta mano dura como el humor y el entusiasmo. Nada pedagógica, claro. Nada de “aprender a aprender”, por Dios.

 

Aldrich, gran narrador de historias sin paños calientes ni teatros innecesarios, sucumbe a la tentación coyuntural de la pantalla dividida, recurso discutible, y tampoco es inmune a los énfasis aclaratorios de conductas humanas.

Sin embargo, su película carcelaria funciona, literalmente, a golpe de muchos golpes, y gracias al humor (porque Rompehuesos es también una comedia). Y contiene una última y larga parte en la que se atreve a retransmitir un partido de fútbol americano casi en tiempo real.

Y uno, que no sabe las reglas de este deporte tan del gusto de los estadounidenses, disfrutó como un loco con la remontada de los Rompehuesos (“Mean Machine”, en inglés), el equipo de prisioneros entrenado por un Burt Reynolds, por fortuna, sin bigote. En un papel que habría bordado, también, Clint. Que de esto también sabe.

 

(Julio, 2017)