ALDRICH Robert (1918-1983)

Ulzana´s Raid (La venganza de Ulzana) (1972: 9.0)

Burt Lancaster se queda bajo un carromato liando un cigarrillo, malherido, sangrando, esperando la muerte.

 

Es el final de La venganza de Ulzana, un western sobresaliente, una de las grandes películas de la década de los setenta y una de las cumbres de Robert Aldrich.

Es también una gran película de aprendizaje, en la que McIntosh (Lancaster) va enseñando al joven teniente DeBuin (Bruce Davison) cómo ve la vida el apache, cómo hay que perseguirle y sorprenderle; cómo hay que pensar más y odiar menos, como dice en un portentoso momento de la película. 

La venganza de Ulzana es, en el más alto sentido del término, una película instructiva que, con una nitidez narrativa solo al alcance de un buen director, nos va mostrando la persecución de los blancos y los apaches de manera lineal y perfecta. Estupenda es la escena en la que McIntosh les explica a sus compañeros (y nos explica a nosotros) con palos y en la tierra la posible estrategia a seguir para cazar a Ulzana y los suyos. La película es didáctica, no se adorna; quiere que la sigamos y que comprendamos todo lo que pasa. Lancaster, mientras instruye al inexperto DeBuin, nos va impartiendo una lección de humanidad escéptica, sin miedo y sin esperanza. Hablábamos de aprendizaje, sí, pero, como el título de Azúa, se trata también de una película sobre el aprendizaje de la decepción. 

 

Aldrich es un director infravalorado, un post-clásico que seguía la senda aventurera y honorable de Hawks y Walsh más que de Ford, un autor de cine complejo, intenso, absorbente, repleto de primeros planos y rostros contraídos.

Este es un cine que nos invitaba, en los no siempre sutiles años setenta, a considerar desde otros puntos de vista las tradicionales dicotomías de blanco/indio, sobre todo desde la perspectiva de la violencia. Los apaches eran extremadamente crueles, pero también los blancos. Los apaches degollaban con saña y los blancos acuchillaban sin piedad. No había equidistancia en la película, pero casi. Con justicia.

 

Todo esto Aldrich nos lo iba lanzando desde matizadas escenas protagonizadas por un gigantesco Lancaster, en (no creo exagerar) una de las mejores interpretaciones de la historia del cine.

Sin spaghetti, sin la fea obviedad de Altman, sin la perfidia demagógica de un Ralph Nelson ni la insistencia estilística de Arthur Penn. Aldrich, otra vez, invitaba al espectador de su país, y de otros países, a repensar su posición en el mundo. Qué bárbaro, Aldrich.

 

Post. Otra película más, esta de Aldrich, que vi por primera vez en aquel fantástico programa de Garci en La 2.

 

(Julio, 2017)