ADE Maren (1976-_)

Toni Erdmann (Toni Erdmann) (2016: 7.5)

Es conocido que el post-humor, a la manera como Jordi Costa lo definió hace por lo menos dos lustros, tiene como objetivo provocar la incomodidad del espectador (o lector). No sus risas y tampoco su sonrisa. O solo una sonrisa congelada. 

Busca que el espectador sienta una extraña identificación con el pobrecito héroe de la obra, al tiempo que percibe que desearía estar a mil kilómetros de allí: porque aquello da mucha vergüenza, propia y ajena. 

 

El post-humor, hasta donde yo sé (que es poquísimo), nos dejó a principios de siglo XXI una serie de televisión extraordinaria, la británica The Office. Ahí, en un mundo laboral delimitado física y éticamente, Ricky Gervais nos mostraba a través del “mockumentary” (documental de mofa) las patéticas flaquezas y las alegrías agridulces del jefe y empleados de una empresa de papel. Y deconstruía (no creo que aquí encaje otro verbo), entre la sátira y el humor inglés, el lenguaje de lo políticamente correcto y la jerga empresarial. Entre la crudeza realista, las bromas políticamente incorrectas y algunos momentos de extraña sensibilidad.

El post-humor, en versión española, nos regaló en 2002 una excelente película, Smoking Room, con el lugar de trabajo, de nuevo, como campo de batalla dramática, ética y vital.

 

En Toni Erdmann, dirigida por la alemana Maren Ade (autora de la ya notable Entre nosotros), los objetivos son en principio similares a aquellos que alumbraron The Office y Smoking Room. Un entorno laboral específico, las relaciones entre jefes y empleados, el uso del lenguaje y sus eufemismos como arma y escudo.

Pero, por encima de todo, Toni Erdmann retrata la relación entre un padre y su hija.

El padre: se disfraza, se hace el loco, intenta entender la vida y obra de su hija en un contexto “business” en la ahora bulliciosa Bucarest, donde la agresividad de los McDonalds y demás franquicias globales conviven con la horrible arquitectura de factura soviética.

La hija: incomodada por su padre, fría y competente, obsesionada con el trabajo y con no contrariar a los jefes. Qué buen papel habría sido para Isabelle Huppert hace unos años.

 

Toni Erdmann es una película que va de menos a más. Su primera media hora deja adivinar demasiado sus costuras: cámara informal, tono casi documental, énfasis en “lo raro”, incluso crítica muy obvia a cierto capitalismo y a las formas de vida que supuestamente genera. Pero luego uno se acostumbra al insistente estilo y se va dando cuenta de que la aparente brocha gorda del inicio no lo es tanto: película y personajes van adquiriendo espesor y credibilidad. Y uno se percata de que el gran tema de la cinta es la deshumanización y la pérdida de ideales, emparentándose con otras propuestas del cine contemporáneo de Sofia Coppola, Steve McQueen o Mia Hansen-Løve.

 

Y aunque uno piensa que Maren Ade podría haber reducido su propuesta a las dos horas y quizás haber prescindido de algunos de los gags protagonizados por Peter Simonischek (el papá).

Y aunque por momentos se advierte que Maren Ade intenta “demasiado” facturar un tono entre indie y posmoderno (escenas sin final, tiempos muertos, desenfoques).

Y aunque tropezamos con ciertos desajustes dramático-narrativos.

A pesar de todo eso, vaya, lo cierto es que Toni Erdmann se eleva como una propuesta notable y genuina y, quién lo habría dicho al principio, sentimental. Una película moral: qué nos pasa, qué hacemos, cuáles son nuestras prioridades, qué queremos, dónde está (aquí y ahora) el bien y el mal. No es ninguna tontería.

 

(Agosto, 2017)