HUSTON John (1906-1987)

Fat City (Fat City, ciudad dorada) (1972: 9.0)

¿Haría falta decir en qué programa televisivo vi por primera vez esta película?

 

En Fat City, uno de los mejores títulos de John Huston, Stacey Keach está grandioso en su papel de boxeador maduro venido a menos, con un rostro derrotado como el de Marlon Brando en Último tango en París, película del mismo año. Qué casualidad. Un elemento escurridizo y pesimista tienen en común ambas películas, a primera vista tan distintas.

 

Mencionemos la tradición del teatro americano de posguerra: Arthur Miller, Tennessee Williams. El foco sobre los perdedores o fracasados, seres marginales que intentan no solo sobrevivir sino incluso, a su manera, triunfar en algún juego de riesgo. Recordemos El buscavidas de Robert Rossen, estrenada diez años atrás.

Son temas y aromas queridos por John Huston.

Y digamos que artistas del realismo norteamericano, pintores o fotógrafos como Richard Estes, Edward Hopper o John Baeder, pueden seguramente rastrearse en el estilo, la composición y la fotografía de Fat City. Vayan a Google y díganme si me estoy columpiando, no lo descarto.

 

Fat City, que si no es una obra maestra no anda lejos, es una película realista y generosa. Entre lo más conseguido están sus títulos de crédito y la estupenda canción de Kris Kristofferson: la presentación de la ciudad y sus humildes o derruidas gentes en la calle, el rastro documental, la actitud objetiva ante la vida. Y luego la cámara entra en el cuarto desastrado de Tully (Keach), que fuma en un camastro y bebe más de la cuenta. El héroe de la cinta. Un héroe hustoniano: sabemos que recibirá golpes y lo pasará mal. Y aún así… lo seguirá intentando, pondrá la otra mejilla, se quejará más bien poco y no pedirá subvenciones.

 

Película de personajes veraces, ni tontos ni listos, ni buenos ni malos, nunca más inteligentes ni más crueles que el espectador. Personajes a quienes comprendemos, a quienes podemos llegar a querer.

Película de grandes momentos. Todas las secuencias de la pelea de Tully con el boxeador negro: lo que ocurre antes, durante y después, y cómo ocurre. El abrazo final entre ambos, aún en el ring. La salida de ambos del edificio. El felicitado ganador, agridulce: parece que ha perdido. El perdedor, digno, enfermo, en la penumbra.

Grandiosos momentos como la conversación final entre Tully y su joven amigo Ernie (Jeff Bridges) en la cafetería. Una conversación banal y, al mismo tiempo, de vida y muerte: una conversación cuya estructura profunda apunta a lo más esencial.

El anciano camarero que los sirve, que los mira, ¿será un hombre feliz, pese a todo? Quizá lo sea. ¿Y ellos, qué son? ¿Y el espectador, cómo se siente?

 

Es un final espléndido, repleto de humanidad y misterio. Es un final que, primero, nos obliga a mirarnos en el espejo y, de inmediato, nos invita a abrir la ventana y mirar fuera.

 

(Septiembre, 2017)