LOACH Ken (1936-_)

I, Daniel Blake (Yo, Daniel Blake) (2016: 8.0)

Uno podría, con no poca legitimidad, empequeñecer esta película de Ken Loach, agarrándola por sus pelos dramáticos, morales e ideológicos.

Se podría apartar de un plumazo Yo, Daniel Blake aduciendo: el Estado obliga a la mujer pobre a ser puta; el Estado fuerza al hombre desempleado y enfermo a delinquir. Son solo dos ejemplos, hay más.

Este esquematismo sociopolítico está presente en Yo, Daniel Blake, no nos lo inventamos.

 

El Estado, aquí, se presenta como el enemigo del ciudadano común, la “gente”, en palabra puesta de moda en España por el partido Podemos. Un Estado convertido en una empresa aséptica y despiadada que no cuida de sus hijos, sino que les obliga a rellenar engorrosos formularios, completar arbitrarias solicitudes y elaborar un currículo a espacio sencillo y letra Arial 12, mira tú por dónde, porque de otra manera no vale.

¿Cómo no identificarse con Daniel Blake, encerrado en un círculo vicioso de instancias online, ordenadores que se bloquean e instrucciones incomprensibles? Un hombre atrapado en las redes burocráticas de la Administración, un tipo que quiere trabajar pero que no puede hacerlo por problemas de salud. Un tipo incapaz de solicitar un subsidio y aún más incapaz de entender las explicaciones de los funcionarios. Un hombre que se siente estafado por quienes, en teoría, están allí para ayudarle.

Algo grande de esta película es que, incluso cuando Daniel Blake toma asiento fuera de la oficina del paro y hace su pintada en la pared (el momento populista de la cinta), es un tipo que ni dice tonterías ni pierde la esperanza.

 

Por eso, no me apetece nada entrar en la rueda de descalificaciones contra esta película de Ken Loach, una de las mejores suyas que he visto. Frente a alguna izquierda puramente colectivista, nacionalista o populista centrada en su Causa, Loach, consumado izquierdista de la vertiente anglosajona (por tanto, práctica y, a la fuerza, individualista), pone el acento en un señor con nombre y apellido. Él es la Causa. Es él quien nos preocupa y conmueve, él y sus protegidos: la joven madre abandonada y sin dinero y sus dos hijos. Los tres comparten momentos estupendos en esta notable cinta.

 

La suma matemática de Yo, Daniel Blake sería algo así: Realismo social + Kafka + Beckett + “Kitchen-Sink” Drama. Y funciona a las mil maravillas. Loach, aquí, está más sobrio que nunca. Sus escenas se terminan, suaves y difuminadas, como cuadros austeros de Dreyer. No hay caricaturas entre los personajes, algo que sí es más frecuente, por desgracia, en otras obras de Loach. El personaje principal, héroe cotidiano y casi capriano, ayuda y se deja ayudar, y sus miedos y breves alegrías son contagiosos.

 

En democracia, somos ciudadanos con derechos y deberes.

Y somos más que clientes o feligreses: algo así escribió hace unos años Fernando Savater (que para mí sigue representando en España la izquierda razonable, civilizada y socialdemócrata). Algo parecido alega Daniel Blake por carta (son sus últimas palabras) cuando ya se ha ido, al final de esta buena película, sobre gente buena, del veterano Ken Loach.

 

(Septiembre, 2017)