MACKENZIE David (1966-_)

Hell or High Water (Comanchería) (2016: 7.0)

Rafael Narbona, en un estupendo artículo en la excelente Revista de Libros, define Comanchería como “un brillante ejercicio estilístico que narra el sufrimiento de la ‘white trash’ (basura blanca) en una época en la que ya no existe una última frontera, un territorio virgen y salvaje donde empezar de nuevo, huyendo de la pobreza, las humillaciones, el tedio y la falta de expectativas”.

 

De acuerdo con Narbona: es un film de acción brillante y bien resuelto que retrata la ausencia de perspectivas de unos personajes sin presente que luchan por mejorar su futuro.

Sin embargo, hay cosas de la película que me gustan algo menos, no me parece un film extraordinario. Mis reparos ante Hell or High Water se resumen en una palabra: su insistencia (dramática y acaso ideológica). Una insistencia sutil y que apenas se percibe, como una lluvia liviana, pero insistencia al fin y al cabo. Termina calando.

Insiste la película en mostrar un panorama natural y urbano desvencijado, casi apocalíptico, de la llamada América profunda, aquí texana. Insiste en enseñar carteles con alusiones a la deuda bancaria o las ruinosas hipotecas, y vemos pintadas en las paredes, letreros de negocios que cierran; y en ese plan.

Los protagonistas de la película son ladrones y hasta asesinos, pero el director David Mackenzie opta por darles una aureola romántica (como Bonnie & Clyde, Thelma & Louise) y por acompañarlos de una música melancólica. Los vemos pelear de broma, fraternalmente. Son, en el fondo, buenos tipos: rebeldes con causa, como Robin Hood y sus imitadores. Solo roban pequeñas cantidades porque no tienen ánimo de lucro y no quieren perjudicar a la gente (de nuevo el paradigma simplista de “la gente”), solo “a los de arriba”. De hecho, se permiten dejarle una propina de doscientos dólares a una humilde camarera. Momento que no desaprovecha el británico Mackenzie para la línea de diálogo que estábamos esperando: la camarera se defiende y le dice al policía que esos dólares para ella son sagrados y le pueden resolver la hipoteca del mes. Por si fuera poco, los hermanos se protegen de comportamientos inmorales: así, el hermano más agresivo “salva” a su hermano ingenuo de caer en las redes de una puta en un casino.

Los malos de la cinta, como es normal, son los banqueros y, en menor medida, la policía. Los banqueros que salen en la película parecen malos, primero, y luego es que además lo son: malvados y cínicos. Los policías son menos malos porque uno de ellos es Jeff Bridges, y su personaje invita al lucimiento.

Para qué insistir.

 

Sin embargo, Comanchería es una buena película. El paisaje, como ocurría recientemente en la española La isla mínima o en la primera temporada de True Detective, está plenamente fusionado en la narración y es tan expresivo como los personajes.

Peter Bradshaw (The Guardian) habla con brillantez del “vértigo horizontal” sugerido por la dirección y la fotografía de Giles Nuttgens.

Comanchería es una atractiva actualización del western en la época presente de crisis económica y vértigo moral. En lugar de caballos hay coches; pero las armas, por supuesto, abundan. ¡Esto es América! Las escenas, en su ética y estética, estiran el componente de verosimilitud hasta rozar la sátira, pero sin aterrizar en la parodia, como sí ocurre en la enfática y triunfante serie Fargo, heredera del espíritu de los hermanos Coen en sus momentos más embrollados.

 

Comanchería, ya termino, es una estimable película de acción realista y estilizada, sin molestos efectos especiales ni piruetas excesivas. Hay que mencionar a los actores. Los tres principales son muy buenos: Chris Pine, Ben Foster y el citado Jeff Bridges. El guion está muy bien trabado y los diálogos están magníficamente construidos. Siendo objetivos, pues, es una película modélica y combativa para el mundo en que vivimos.

Mis reservas, no obstante, ya están expuestas más arriba. Las releo ahora y no me desdigo, pero ya no insistiré.

 

(Octubre, 2017)