EASTWOOD Clint (1930-_)

Breezy (Primavera en otoño) (1973: 7.0)

Vemos al maduro Frank y la adolescente Breezy yendo al cine a ver High Plains Drifter, película terminada por Clint Eastwood unos meses antes que Breezy.

Parece un toque nouvelle vague de aquel Eastwood que estaba empezando.

 

¿Qué relación hay entre ambas películas, Infierno de cobardes y Primavera en otoño?

La primera es un western sucio, violentísimo, colérico, justiciero. La segunda, la que nos ocupa (y cuyo título español parece más de Ozu que de Eastwood), es una historia de amor, un delicado melodrama.

No mucho.

 

Debió de sorprender, como suele decirse, a propios y extraños que Eastwood, que venía de dirigir la extraordinaria y audaz Play Misty for Me y acababa de estrenar, como hemos dicho, High Plains Drifter, se descolgara con una película como Breezy. Y uno espera, mientras la ve, que ocurra algo “más”: un atraco, un episodio de violencia, un tremendo accidente, una desgracia irreparable. Pero nada de esto acontece, al menos no a los personajes principales.

Breezy transcurre de manera relajada, como un río tranquilo, centrada en la historia de amor desequilibrada e improbable entre el divorciado Frank (un gran William Holden) y la jovencita Breezy (Kay Lenz).

Hay que admirar las decisiones tras la cámara de Eastwood para retratar con gran sensibilidad y valentía la relación entre el rico vendedor de casas y la muchacha hippie (un ejemplo light de “rolling stone”). Y uno piensa en la emoción contenida de alguna película de Paul Newman, o en la ternura sentimental de alguna de Delbert Mann, para situar este cine de Clint Eastwood.

 

Y aunque es cierto que el argumento, sencillo y sin demasiadas aristas, resulta demasiado previsible y poco desarrollado, y aunque alguien querrá pensar que las pinceladas que definen a los personajes son algo tópicas, lo cierto es que Primavera en otoño es un film inesperado y bonito que opta por reivindicar sin algaradas la vigencia de un amor que rompe barreras de edad y clase, derrotando con esfuerzo las ataduras convencionales y “el qué dirán”.

 

Entre un buen puñado de grandes momentos, yo me quedo con dos.

El primero es cuando Frank y Breezy entran en la mansión del primero, andando juntos, despacio. Uno al lado del otro (ninguno es más importante), serios y comprometidos, dispuestos a celebrar su amor.

El segundo es la conversación, en una sauna, entre Frank y su amigo Bob (Roger C. Carmel). Mientras sudan y dialogan, Bob va exponiendo sus miedos, insatisfacciones y flaquezas y confiesa que le gustaría ser más libre, es decir: engañar a su esposa con una chica joven. Siente envidia de Frank, con su guapa novia juvenil. Por su lado, Frank está incómodo y pensativo, se siente culpable pero también fuerte y desea salir cuanto antes de ese ambiente claustrofóbico, esa situación embarazosa, y acaso replantearse su relación inusual con Breezy.

 

En diversos escenarios exteriores e interiores, con notable sutileza, Eastwood compone instantes importantes, epifanías vitales de los protagonistas.

 

Pasan algunas cosas más, no todas igual de lucidas, pero el final será feliz. Bien.

 

(Noviembre, 2017)