SIEGEL Don (1912-1991)

The Black Windmill (El molino negro) (1974: 8.0)

El tema de El molino negro es escabroso y terrorífico: el secuestro de un niño. ¿Y qué no haría un padre para rescatar a su hijo?

Si hay que robar unos diamantes que valen medio millón de dólares, se hace. Es lo que se propone y ejecuta John Tarrant, interpretado por Michael Caine, en esta espléndida e infravalorada película del gran Don Siegel. 

 

El asunto del secuestro se enmarca en una trama de espionaje durante la Guerra Fría. Tarrant, un agente británico, se ve envuelto en una intriga retorcida en la que ha de actuar con la máxima frialdad para recuperar a su niño. 

 

El talento de Siegel, sin ser esta su mejor película, se expresa con enorme vigor. Es su película más británica, más hitchcockiana, más fleischeriana. También es una obra, a su manera, melvilliana y hasta bressoniana, en algunos momentos. Pero frente a cierto alambicamiento hipnótico y estiloso de los franceses, el americano nunca le vuelve la espalda al argumento. Toda decisión del director rema en la dirección de la trama, sin perder de vista el conflicto principal. Y es admirable cómo rueda Siegel las persecuciones y aún más elogiable su continuidad en la puesta en escena, alienígena para cierto espectador de hoy únicamente curtido en el cine post-Tarantino y las series de televisión (por muy bien fabricadas que estén). 

 

Así, no hay que perderse la escena en la que los malos de la cinta, capitaneados por McKee (John Vernon) y Ceil Burrows (Delphine Seyrig), penetran en el dormitorio de Tarrant. McKee toma una foto de Ceil desnuda sobre la cama, introduce la fotografía en un sobre del cajón y ambos se van de allí sigilosamente. Está rodada toda la escena en un plano: todo va despacio y al mismo tiempo rapidísimo. No hay saltos, no hay impacto, el suspense y el atractivo surgen de las acciones de estos dos personajes, con qué naturalidad actúan sin prisas y sin pausas, con qué naturalidad ella se desviste y se vuelve a vestir, con qué familiaridad y “rigor” trabajan, entran y salen. Y el espectador, que sabe que son los malos, desea que no sean sorprendidos en el acto, que no les cojan. Una maldad de Siegel muy hitchcockiana. 

 

El molino negro, que termina con una secuencia prodigiosa en el propio molino negro, donde Tarrant se enfrenta a los captores de su hijo, es una película estupenda. Además, cuenta con el añadido de Donald Pleasance, un actor que podía ser irritante porque sus personajes eran rarísimos, pero que siempre añadía un elemento de perturbación a sus películas. 

 

Al final, el frío Tarrant, un tipo entrenado para no mostrar sus emociones, demuestra a sus antagonistas, como Dustin Hoffman en Perros de paja, que no hay que minusvalorar al hombre tímido y apacible, pues si se harta hará todo lo que esté en su mano (todo) para conseguir su objetivo. Un objetivo justo. 

 

(Noviembre, 2017)