BIGELOW Kathryn (1951-_)

Zero Dark Thirty (La noche más oscura) (2012: 7.0)

La noche más oscura, que podría subtitularse “historia de una obsesión”, toma casi formas periodísticas, pareciéndose a una crónica o un reportaje de investigación.

Me ha recordado, a bote pronto, a dos películas de los últimos años.

En la fincheriana Zodiac, un detective aficionado se comprometía hasta la extenuación en la caza y captura de un psicópata.

En la eastwoodiana El francotirador, un obcecado soldado del ejército americano no dudaba en sacrificar su vida familiar para ir una y otra vez a Iraq a proteger a los suyos.

 

Aquí es Maya (Jessica Chastain) la que regala (o vende) los mejores años de su vida por una causa: dar con el paradero del terrorista, y constructor de Al Qaeda, Bin Laden. Maya insiste, persiste, se involucra al máximo, renunciando a su vida personal, la vida social, a formar una familia. Jamás se relaja ni disfruta con nada. Su historia es la del compromiso más elevado y quizás más irresponsable, olvidándose de sí misma hasta conseguir un objetivo.

 

Sostener que La noche más oscura es una película de propaganda y una oda a la tortura no es muy acertado. No hay propaganda de nada, pienso, ni siquiera de los logros de la CIA, una de las organizaciones más machacadas por el cine norteamericano desde los años setenta. En la película vemos que es gracias a la vehemencia argumentativa de Maya como Bin Laden termina siendo localizado y asesinado. Más maña que fuerza (aunque la fuerza, claro, no está ausente). En cuanto a la tortura, es meridiano que queda moralmente reprobada en la película. El principal torturador de la CIA es un cínico y un bestia sin escrúpulos, aun con cierto encanto. Compárense sus frívolas, crueles o despectivas palabras con los dilemas profesionales y éticos de Maya. En este sentido, puede verse la película como un tributo a cierto talante femenino, más sutil, elástico y consistente, frente a la tópica pero no infrecuente tosquedad masculina.

Arcadi Espada la etiquetó como “producto obamista”. Bueno, quizá. Pero, en tal caso, no está de más esperar la excelencia de los productos trumpianos. (¿Fue El francotirador un aperitivo? Si fuera así, no iríamos tan mal)

 

Bigelow rueda su reportaje audiovisual con nervio e intensidad, incluso cuando no ocurre nada. Un vigor y una potencia que no se detienen siquiera cuando el film se centra en la traumática espera de Maya. Una heroína que lo que desea es hallar la pista definitiva que pueda permitirle obtener el apoyo y los medios que necesita para seguir hasta el final tras la caza de Bin Laden.

Hablamos de nervio, intensidad, vigor y potencia en un sentido contemporáneo, a años luz del cine clásico (diáfano, eficaz); son unas cualidades por momentos demasiado televisivas e incluso de juego de ordenador. Como ejemplo de esto último, los minutos del desenlace durante el asalto a la casa de Bin Laden, que según leí en algún sitio es lo mejor de la película pero es lo que menos me ha interesado a mí. Esa cámara subjetiva me cansa, confunde y arrincona dentro de la tenebrosa casa donde, por segundos, la oscuridad apenas nos deja ver nada.

 

(Noviembre, 2017)