SIMÓN Carla (1986-_)

Estiu 1993 (Verano 1993) (2017: 7.0)

Los modelos en los que se inspira Verano 1993, de la joven Carla Simón, podrían ser cuatro.

El primero el Renoir de El río: el fluir naturalista de la vida, la mirada del niño, las felicidades y peligros de la infancia. El mundo de los adultos, hermético y misterioso.

El segundo, una confluencia entre Erice y Saura, de El espíritu de la colmena a Cría cuervos... Los enigmas y epifanías de la infancia, los sueños y las pesadillas, incluso cierto carácter simbólico (no del todo ajeno a Estiu 1993).

El tercero, sorprendente, sería el Haneke de La cinta blanca y alguna otra: la crueldad de los niños, sus celos y envidias, su ensimismada indiferencia ante el sufrimiento de los otros.

El cuarto, lo digo con cierta prevención, una amalgama entre Gus Van Sant (Last Days, Paranoid Park) y los hermanos Dardenne (El hijo, El chico): la cámara en mano siguiendo con cierta obsesión a su niño, el subjetivismo de la mirada que aún aspira a abarcar realidades sociales objetivas, un existencialismo melancólico que da guerra.

 

Son posibles modelos, digo. Verano 1993 se queda corto frente a los filmes señeros de Renoir, Erice, Saura, Haneke, Van Sant o los Dardenne. No juega en la misma liga, al menos no aún, pero el debut de esta directora española es más que prometedor. Su película está repleta de personalidad y sensibilidad, con un estilo homogéneo a medio camino entre lo psicológico, lo etnográfico y lo antropológico. Aquí pensé también en Querido mes de agosto, una buena y emotiva película del portugués Gomes. 

 

Mi lado favorito de la cinta es, por así decirse, el hanekiano, que posiblemente ponga en solfa (por si hacía falta) las concepciones rousseaunianas del asunto. Cuando Frida juega con la pequeña Anna al escondite en el bosque y la deja allí y miente a sus padres. Cuando Anna se cae al río, no sabe nadar y Frida se queda petrificada, sin ayudarla ni pedir ayuda. Cuando Frida se escapa por la noche de casa pero se esconde y vuelve sin dar explicaciones. Son momentos inquietantes que revelan la confusión, la profunda tristeza y las ganas de llamar la atención de la niña huérfana.

 

La faceta de la cinta que, tal vez, funcione algo peor es que no todos los momentos seleccionados y recreados por Carla Simón son igual de absorbentes e interesantes. Algunos son más rutinarios, o son meramente descriptivos y, quizá, por este lado la película pierde algo de ímpetu. Acaso un film con quince minutos menos podría haber condensado con más precisión y zozobra la historia y los sentimientos que Carla Simón quería retratar.

 

En cualquier caso, estamos ante una película notable, cautivadora e insospechada, de una cineasta que empieza fuerte. 

 

(Noviembre, 2017)