EUSTACHE Jean (1938-1981)

La maman et la putain (La mamá y la puta) (1974: 9.0)

En un artículo de hace unos años en The New Yorker, Richard Brody afirmaba que el malestar reinante en la Francia post-68 no provenía de las displicentes desinhibiciones de los “maoístas Rock ‘n’ Roll” (“rock-and-roll Maoists”) sino de la situación de la clase trabajadora, con sus rutinas, concesiones y cargas morales acumuladas.

 

Una ironía significativa, ciertamente, es que el protagonista de La mamá y la puta no trabajaba y despreciaba a los que lo hacían desde una atalaya de malditismo irresistible.

 

Qué cosas, qué desencantos. La juventud que mejor vivía del planeta parecía, a principios de los años setenta, rendida, sumida en un cinismo elitista como de un Oscar Wilde que ha leído, admirado y ya desprecia a Sartre… Pero por viejo, rancio y aburrido, vaya por Dios, ¡no por ser amigo de totalitarismos!

Como nos ha informado hace poco Muñoz Molina, es famosa la frase de Sartre: “todo anticomunista es un perro”. 

 

Conversaciones eternas y fascinantes en camas y en cafés. El axioma había sido que la política empezaba en casa. Con Eustache, la política empieza pero también termina en casa. El mundo exterior no cuenta, es un engorro, un simulacro, una decepción.

 

Beber alcohol, hablar sin freno, hacer el amor con o sin amor, escuchar música, leer o hacer que se lee, pensar y posar.

Pensar no ya en clave de clase social y rebeldía. Pensar en el tedio de todo esto: ¡la democracia era insoportable! Y reflexionar sobre si las mujeres ya eran iguales a los hombres. O iguales y tan diferentes. ¿Era mejor la igualdad o la diversidad? Vaya lío, no resuelto en este film.

 

La mamá y la puta es una película política entre cuatro paredes (y solo ahí), un portento cinematográfico-cultural donde uno ha de perderse y ensimismarse. Como una velada en una tarde (o madrugada) sin fin. Sin fin: un espejismo, por supuesto.

 

La familia y el trabajo no existen, están ahí fuera; lo esencial es que los personajes cuentan historias reales o inventadas, se visten y se desvisten, se tiran trastos a la cabeza mucho más retóricos que en cualquier película de Bergman. Los protagonistas se quieren y no se soportan.

No hay futuro hasta la rendición final o satírica: porque habrá boda.

 

La mamá y la puta es una película francesa y obligatoria. Hay que verla al menos una vez en la vida aunque sea, como yo, a trozos, durante varios días, en una copia deficiente en youtube.

Hay que verla, mezclarse con ella, chocar con ella y pensar en sus implicaciones.

 

Pero luego hay que apartarse, seguir hacia delante y, como se dice en inglés, “get a life!”.

 

(Diciembre, 2017)