ROSSELLINI Roberto (1906-1977)

Socrate (Sócrates) (1970: 8.0)

Roberto Rossellini apostó por la televisión desde los años sesenta. Con Sócrates se acercaba al famoso filósofo en una película que formó parte de una breve serie que podríamos denominar de “hombres ejemplares”.

 

Rossellini nos muestra los vagabundeos de Sócrates acompañado de sus seguidores mientras conversa con amigos, desconocidos y rivales; les interroga, les despista, haciéndoles dudar de sus certezas y prejuicios.

Sócrates fue un hombre ejemplar que murió por no renunciar a sus ideas y su forma de pensamiento. Ya anciano, no pareció importarle dejar este mundo y, antes de ser ajusticiado, se bebió la cicuta sin parpadear en una escena impresionante.

 

Impresionante, digo, y hablo de Rossellini.

Es un adjetivo extraño, contradictorio, porque la escena mencionada no impresiona.

El método rosselliniano consistía en rodar habitualmente en planos generales, sin énfasis dramáticos ni narrativos, integrando detalles relevantes e informaciones precisas dentro del plano y la secuencia sin ningún tipo de subrayado, por lo que, como señala José Luis Guarner en su magnífico libro sobre el director italiano, hay que fijarse. “Pese a su confesado objetivo didáctico, paradójicamente las últimas películas de Rossellini no explican y exigen una atención, una participación cada vez mayores del espectador”.

Así pues, el espectador ha de ser un espectador comprometido, no meramente alguien que pasa el rato y envía al mismo tiempo mensajes con el móvil.

 

[Bazin, muerto en 1958, habría estado orgulloso, y seguramente impresionado, por la evolución de Rossellini, ¿no creen?]

 

Así pues, no hay espectáculo en Rossellini, o solo el sutil espectáculo de la palabra hablada. La de Sócrates, principalmente, pero también lo de otros personajes que se encuentran con él.

Esto se relaciona con otro aspecto señalado por Guarner (que sabía de lo que hablaba de primera mano, habiendo participado en esta película como segundo ayudante): “Rossellini antepone la razón a la emoción, aunque ésta no se halla en ningún modo ausente; para el director sigue siendo esencial la postura de no ‘dramatizar’.”

Una razón asociada al conocimiento, no a la imposición de dogmas “razonados”, ese peligroso “cargarse de razón”, como diría Ferlosio.

 

Como todo ser humano, Sócrates tuvo sus sombras.

Citaré aquí a Indro Montanelli y su Historia de los griegos (traducción de D. Pruna): “Aristóseno de Tarento cuenta haber oído decir a su padre, que le conoció personalmente, que Sócrates era una ignorante borrachín cargado de deudas y dado a los vicios”. Sin ir más lejos, sigue Montanelli, frecuentaba a Teodata, “la más célebre prostituta de Atenas”, que le recibía pese a su aspecto chabacano. Por su lado, Xantipa, la sufrida esposa de Sócrates, decía que su marido no se lavaba.

Nadie es perfecto, como vamos viendo y, frente a sus luces intelectuales, muy plegadas a la búsqueda de la verdad existencial, política y del día a día, el filósofo griego fue un desastre como padre y como marido.

Vemos en la película que Xantipa, la pobre, se desespera cuando su esposo vuelve a casa tras dos días desaparecido. Había dicho que se iba a comprar pan y volvió a casa 48 horas después con un pulpo entre las manos. ¡Un pulpo! Es uno de mis momentos favoritos de la película.

Sus hijos tienen hambre, su esposa se siente desatendida y Sócrates parece más unido a sus seguidores (que le protegen y admiran) que a la familia.

 

Sócrates muere, como sabemos, envenenado por su propia mano, no queriendo defenderse ni rendirse (tensa paradoja) ante unas acusaciones poco claras y escasamente argumentadas, resultantes de las animadversiones que causaba el idiosincrásico filósofo entre los mediocres. Que somos, por cierto, casi todos.

Alguien que no fue mediocre dijo: “Doy gracias a Dios –escribió Platón– por haber nacido griego y no bárbaro, hombre y no mujer, libre y no esclavo. Pero sobre todo le agradezco el haber nacido en el siglo de Sócrates” (Montanelli).

 

Sócrates, en resumen, nos recuerda y demuestra que la televisión también puede servir como vehículo de enseñanza y conocimiento. Nos puede enseñar historia y filosofía y funcionar como un medio válido para educar a los más jóvenes, representando trozos de la vida y la obra de los más grandes hombres y mujeres (pese a Platón) que han vivido, dejando una huella excelsa y perdurable, en nuestro mundo.

 

(Diciembre, 2017)