McDONAGH Martin (1970-_)

Three Billboards Outside Ebbing, Missouri (Tres anuncios en las afueras) (2017: 7.0)

Tres anuncios en las afueras es una buena hamburguesa.

Sabrosa, grande, calórica, se come con avidez y se pone uno medio triste cuando se termina el banquete. Acompañada de una pinta de cerveza, es un festín suculento, popular y para chuparse los dedos. Es vibrante y excitante y nos ha llenado la tripa. 

 

Luego sale uno contento a la calle y, joder, se pone a pensar. Era buena pero indigesta. Apetecible pero no me ha sentado bien. Era enorme y, hombre, yo no tenía tanta hambre…

Y nos asalta la mala conciencia: el colesterol, el frágil estómago, el kétchup, ¿sentiré náuseas y vomitaré? Porque la carne, ¿sería de ternera auténtica o un engrudo? ¿No me salvará la emancipadora lechuga?

 

Tres anuncios en las afueras es una película irresistible y tramposa. Ambos adjetivos son adecuados.

Cuando uno piensa en ella, es imposible no encontrarla encopetada y manipuladora. Con buen tino, Carlos Boyero señala en su crítica en El País: “Los directores que más me gustan no hacen alardes, no necesitan tirarse el rollo en las historias que narran”. Pues sí, de alardes y rollos está bien surtida la película de Martin McDonagh (dicho sea de paso, a Boyero le encandiló La gran belleza, ¿y no era un descomunal “alarde” de Sorrentino? Pero este es otro debate).

 

En cualquier caso, ya digo, durante el film es imposible no rendirse a sus innumerables encantos. No me aburrí en ningún momento.

Es una película atractiva con marchamo ganador. Lleva los premios tatuados en la cámara, el guion, sus intérpretes. La música se fusiona con el movimiento de manera excelsa, construyendo instantes cargados de intensidad y cine ambicioso.

McDonagh y sus colaboradores saben tocar todas las teclas socioculturales y fílmicas del momento. El sarcasmo extremo, la violencia más o menos gratuita, el inevitable toque surrealista y absurdo, el desencanto autocomplaciente, la tópica América profunda con sus canónicos paletos. La policía torturadora, los personajes negros necesariamente positivos, los personajes blancos en general imbéciles y siempre agresivos.

Los personajes buenos no son tan buenos, los malos tienen su corazoncito, el que ríe último, ríe mejor. Y está la redención, tema obsesivo en los cineastas que beben en Scorsese. Y las citas literarias: Flannery O’Connor por la cosa sureña, Shakespeare sin venir a cuento, Oscar Wilde porque era un cínico y eso mola.

 

Diálogos ácidos, ametrallantes y nada ingenuos en la tradición de Billy Wilder. Hinchados en los últimos años por Aaron Sorkin.

Violencia ritual como de Sam Peckinpah más la coolness de Arthur Penn (sin la sutil elegancia de Escondidos en Brujas, otro film de Martin McDonagh).

La “quality” pretenciosa y estructural, para lo bueno y lo malo, de un Paul Thomas Anderson, ya saben, la metafísica lluvia de ranas en Magnolia.

Los hermanos Coen, of course, precursores de lo que se ha llamado post-humor y más cosas. Y el Scorsese rítmico y explosivo que Tarantino extrapoló. 

La serie Fargo y sus personajes caricatos y malhablados, tan sentenciosos como previsibles en su imprevisibilidad.

La serie True Detective y su halo trágico, malévolo, psicótico.

El policía encarnado por Woody Harrelson recuerda demasiado al de Animales nocturnos.

El adolescente es interpretado, con menos gracia pero más esfuerzo, por el actor de Manchester frente al mar. Más madera filosófica.

El perfil ético-económico parece conectar directamente con el de Comanchería, otro western contemporáneo.

Ya digo, todas las teclas.

 

La película más parecida a Tres anuncios en las afueras no es, por desgracia, ni El apartamento ni Pat Garrett y Billy the Kid, es un decir. Es Crash, film norteamericano de 2004.

Siento citarme pero creo que el 80% de lo que escribí sobre la película de Paul Haggis hace unos ocho años se adapta como un guante a la película de McDonagh. Por ejemplo: “Crash es una americanada con ínfulas prestigiosas y, desde luego, morales. Al igual que el marinero de la canción tenía una mujer en cada puerto, en Crash hay un mensaje en cada escena”. Y podría citarme más pero me da reparo.

 

Todo es tan brillante como forzado en Three Billboards Outside Ebbing, Missouri. Y todo elemento, como en el film de Haggis, ha de aprovecharse, cerrarse, redondearse, llevar un cascabel.

Los personajes son todos ambiguos y complejos o quizá habría que decir “complejos”.

 

Ahora diré algunos componentes del guion que encuentro forzados. Spoilers, obviamente: 

 

-La noche en que la hija de la protagonista (Frances McDormand) será violada y asesinada, ambas se enfadaron porque la mamá no le había prestado a la nena el coche; la chica gritó que ojalá la violaran y su furiosa mamá lo deseó también a voz en grito. Tremendo y profético flashback que se marca McDonagh. Y luego vino el resto: la violación y, de propina, el asesinato.

 

-El poli malo, paleto y vicioso, que en una secuencia terrorífica acaba de lanzar a un hombre por una ventana dejándolo semimuerto, de pronto se vuelve bueno tras leer la carta que su compañero (Harrelson) le dejó escrita antes de suicidarse (claro, el enfermo de cáncer ha de suicidarse). Además, el pobre, como se sugiere un par de veces, quizá sea un gay reprimido que se hace el machote con sus compañeros policías.

 

-La tétrica mamá del poli malo parece sacada de una pesadilla de Stephen King. No habría desentonado como ama de llaves en la casa de los curas de El club de Larraín.

 

-Un tipo con cara y palabras de violador va a visitar a nuestra heroína (McDormand) a su tienda y la amenaza. Luego no pasa nada y este personaje se esfuma de la trama. Sin embargo, este hombre reaparecerá en un pub y le confesará a un amigo, irresponsablemente, que ha violado a una chica. El poli malo (que ya es bueno) y que, casualidades de la vida, está en ese mismo pub, oye la conversación y se imagina que tiene la ocasión de redimirse y atrapar al violador. Pero luego esto no será así y sabremos que este violador era “otro” violador y había violado a una chica en otro país, vaya por Dios, cuántas pistas falsas.

 

-El ex marido de la heroína (y oscarizable) McDormand es violento y un maltratador pero está enrollado con una chica guapa de diecinueve años más tonta que una casa sin puertas. A su novia joven parece que la trata bien pero a su ex mujer casi la agrede de nuevo en una visita a casa. Pese a todo, su hijo, que vive con la mamá, está encantado de ver a su papá y parece traerle sin cuidado que zurrara a su madre de vez en cuando.

 

-Y qué decir de las machaconas casualidades, como si McDonagh quisiera (¡también!) asumir el rol del Kieslowski americano de la época Trump. ¿No es demasiada cusualidad que el poli cruel y tonto tenga que estar en el cuartel de policía justo cuando nuestra heroína ha decidido que salte por los aires? ¿Y no es ya una tomadura de pelo que luego este poli bobo y malo comparta habitación de hospital con el hombre que había arrojado por la ventana? ¿Y no es un disparate que este no salga corriendo una vez ha reconocido a su agresor en la cama al lado de la suya? 

 

-¿Y se justifica tanto encono de la protagonista contra la policía y, en concreto, contra el policía Harrelson, quien parece que ha intentado hacer su trabajo razonablemente bien y no ha querido en ningún momento tapar tan horrendo crimen?

 

Este es un film para no hacerse ilusiones con nada ni con nadie. Cada escena predica esta buena nueva. Y no predica en el desierto, precisamente. 

 

En el desenlace inconcluso, en el coche, McDonagh no se resiste a homenajear a su manera Con faldas y a lo loco y su mítico diálogo final. Solo le faltó, como apoteósico broche de oro y tocando una tecla más, que sus dos protagonistas hubieran detenido el coche y se hubiesen puesto a jugar a las cartas, como en el no menos legendario final de Viridiana

 

Pero voy a dejar de pensar y escribir ahora mismo porque la película, destripándola, cada vez me está gustando menos, le estoy cogiendo manía y terminaré odiándola, lo cual no me parece justo ni se corresponde con mis emociones mientras la veía. 

 

No, no sería nada justo porque, insisto, yo disfruté como un enano viendo, o comiendo, Tres anuncios en las afueras. Una película ganadora, ya lo verán.  

 

(Enero, 2018)