HAZANAVICIUS Michel (1967-_)

Le redoutable (Mal genio) (2017: 6.0)

Pastiche entre amable y cabrón de Michel Hazanivicius sobre Jean-Luc Godard.

Sin duda, JLG es un gran artista del séptimo arte, famoso en la cinefilia mundial por sus películas hasta La chinoise, sus frases audaces y temerarias y, a partir de 1968, por una huida de casi cualquier atisbo no ya de comercialidad en sus películas sino directamente de “comunicabilidad”; algunos dirán que despreciando al 80% de sus potenciales espectadores y agradando a una tribu a ratos fanática que lo tiene en el más alto pedestal.

JLG: el creador del cine moderno y posmoderno, aún no superado.

 

En Mal genio, Hazanavicius intenta fabricar una comedia a partir del libro de Anne Wiazemsky y no le ha salido mal. Parodiando (es decir, “odiando un poco”, como leímos en Farándula de Marta Sanz) los placeres, artes y días de Godard en un momento clave de su carrera, estrenando La chinoise, volviéndose maoísta, diciendo a veces genialidades y otras veces tonterías sin freno, cayendo mal a casi a todo el mundo. Un tipo conmovedor, pero hay más.

JLG: el artista que no se vendía al capitalismo ni al Estado ni a nadie, tal es el arquetipo. Aunque en aquel París no todo el mundo estuviese de acuerdo; por ejemplo, los llamados “situacionistas” que, si no se compraban ni ropa, no iban tampoco a comprar los peculiares (¡y burgueses!) productos godardianos.

JLG: cansado ya de sí mismo y de su cine, harto del cine en general, de las mujeres y las pistolas, queriendo con Gorin y Dziga Vertov fabricar un cine colectivo, autogestionado, anarquista, renegando así de su cine previo. Ya no queriendo hablar de la revolución con su cine sino queriendo “hacer” la revolución como uno más, con sus imágenes: su famoso cine político políticamente, forma y contenido fusionados para ser coherente consigo mismo y luchar a su manera. El cine como pelea perpetua.

Un cine sin espectadores, como se dice con mala baba en Mal genio.

 

Resulta enternecedor que godardianos puros como el agua cristalina se escandalicen con Le redoutable. No sé si es uno de ellos Carlos Reviriego, un gran crítico al que solía leer en El Cultural, que comenzaba su indignado texto intentando predisponernos contra Hazanavicius, “quien perpetró aquel atentado de prestigio contra la sintaxis del cine mudo con The Artist”.

¿Nos va a impresionar que se acuse a Hazanavicius del pecado godardiano por excelencia?

 

Lo mejor de la película son algunos momentos explícitamente cómicos, cuando el guion consigue hacernos reír. Yo me carcajeé en cuatro o cinco ocasiones, lo cual se agradece.

Lo mejor, ya digo, es cuando Hazanavicius, más allá de imitar (y caricaturizar) trucos y técnicas muy del Godard de Alphaville o Masculino Femenino, se pone casi en plan Monty Python, el de La vida de Brian y todos aquellos frentes populares dispuestos a derribar el Imperio Romano. O cuando nos recuerda al primer Woody Allen, el de Bananas, que ya se reía de aquellas izquierdas escasamente cuerdas que pedían lo imposible más por santa ignorancia que por lavado de cerebro (¡Mao! ¡Castro!). O porque lo posible era demasiado aburrido, la dichosa socialdemocracia.

Y en ese debate, aunque parezca mentira, seguimos en 2018.

 

Lo mejor es, también, cuando Hazanavicius logra marcar una distancia irónica con lo mostrado para exhibir al Godard campeón de los eslóganes y los trávellings morales, saltando de trifulca en trifulca, insultando y siendo insultado por el más sensato Bertolucci, ovacionado y vapuleado en asambleas de estudiantes radicales, buscando atacar siempre y en todo lugar a la burguesía francesa, tan discreta. El Godard hiriente y narcisista en sus relaciones personales, el Godard intelectualmente confuso pero taxativo, el God-Art inteligente hasta la extenuación, atrapado en su contexto revolucionario y ansiando estar en la vanguardia de la vanguardia, más pendiente de Vietnam y del Libro Rojo que de su guapa, lista y joven esposa.

 

JLG a los 37-38 años: que admitía no poder ni saber ni querer criticar a los jóvenes revolucionarios porque ellos ponían todo su corazón en lo que hacían y decían.

Y nosotros: ¿Demagogia ante lo que sospechamos que es una impostura o conmoción ante lo que sentimos que es verdad? Y aquí se nos pone un nudo en la garganta porque Godard sabía inventar frases que aún nos tocan fibras sensibles.

 

En cualquier caso, cómo terminar, cómo explicarme. Así: terror ahora mismo por volver, no ya al Godard post-68 sino incluso al anterior, el que yo sí he amado como el que más.

 

(Enero, 2018)