ALDRICH Robert (1918-1983)

Hush... Hush, Sweet Charlotte (Canción de cuna para un cadáver) (1964: 7.0)

Canción de cuna para un cadáver, título español digno de Jess Franco o Chicho Ibáñez Serrador, es un festín menos histérico y sí más dulce que ¿Qué fue de Baby Jane?, lo cual me hace preferirla.

Una Bette Davis en su salsa, una malvada Olivia de Havilland (mi hermana no se lo creía: ¡qué fue de aquella muchacha jovial y bondadosa de Lo que el viento se llevo...!) y un rematadamente cínico Joseph Cotten componen un reparto excepcional. En una película no excepcional pero sí notable en sus tonos intrínsecamente macabros y ariscos, no disimulados ni matizados sino puestos sobre la mesa desde el principio; como si Aldrich quisiera dejarse de máscaras (aunque este cine suyo verse también sobre máscaras) y se esforzase en componer un cruce entre cuento siniestro (con enorme casa antigua y mujer encerrada y enloquecida: ¿hay algo más teatral, morboso y fantasmagóricamente cinematográfico?) y estudio psicológico de un trauma sin solución, además de otro análisis (más sociológico, incluso contracultural, si se quiere) sobre la terrorífica codicia humana, la ambición monetaria, capaz de llevar a individuos respetables a cometer desvaríos y a jugar sucia y cruelmente; y todo con el fin de obtener beneficios económicos. El dinero no dará la felicidad pero, por el camino hacia su consecución, sí que se esmera en repartir buenas dosis de infelicidad a otras personas y en diseñar un tétrico desfile de cadáveres, simbólicos o auténticos. Aquí el cadáver es la pobre Bette Davis, encaprichada consigo misma, obsesionada con un novio que perdió de jovencita y atrapada en la propia mansión que la protege, aparta del mundo y destruye; una víctima propicia para lobos con piel de cordero, Cotten y De Havilland.

Aldrich juega muy bien sus cartas en esta obra medida, macabra y conscientemente actuada que hará las delicias de los amantes de la maldad reflejada en productos culturales; a otros, como yo, que preferimos mayores dosis de sutileza, tolerancia y apertura, de elocuencia relajada o intensidad pura y dura, películas como las dos que forman el díptico femenino, histérico y decadente del señor Aldrich nos pueden llegan a impresionar o, incluso, a asustar un poquito en sus mejores momentos, pero no nos producirán jamás, ni borrachos, sentimientos profundos  semejantes a los que nos provocan La Strada, Aparajito, Qué verde era mi valle o Paisa, ni nos dejarán estupefactos, pensativos o doloridos como Rashomon, Pajaritos y pajarracos, La Chinoise o Centauros del desierto.

Posdata 1: pobres mujeres. Pienso con rapidez en películas que he visto en los últimos meses, y lo reitero: ¡pobres y sufridas mujeres! Pues he recordado: La pasión de Juana de Arco (Dreyer), Marruecos (Sternberg), Luz que agoniza (Cukor), Narciso negro (Powell & Pressburger), Arroz amargo (De Santis), El jeque blanco (Fellini), La Strada (Fellini), Sueños (Bergman), Kapò (Pontecorvo), Carnival of Souls (Harvey), El eclipse (Antonioni), The Naked Kiss (Fuller), Mouchette (Bresson), Fortunata y Jacinta (Fons), El carnicero (Chabrol)...

Posdata 2: me entretengo unos segundos calibrando cómo podría ser una nueva versión de Canción de cuna para un cadáver realizada por Almodóvar, Polanski, Ozon o Haneke, por Tim Burton, Álex de la Iglesia, Kim Ki-Duk o Isabel Coixet. O como habría podido ser de haberla dirigido Arthur Penn (otro con ramalazos contraculturales), el Hitchcock de Psicosis, el Fernán Gómez de El extraño viaje, el Robert Wise de The Haunting, el Cukor de Gaslight o, por qué no, el mismísimo William Castle, autor de la esquelética e inquietante Homicidal.