HOYT Harry O. (1885-1961) / O’BRIEN Willis (1886-1962)

The Lost World (El mundo perdido) (1925: 5.0)

Sostenía Willis O’Brien, técnico experto en animaciones durante los años veinte, que era mejor no dejar para mañana lo que pudiera hacer Hoyt, "director de películas" (encargado de argumento y actores).

El primer tercio de El mundo perdido, en aquella Inglaterra (el Londres eterno del siglo XIX aún no habituado al XX) urbana siempre neblinosa, misteriosa y peligrosa (Stoker, Stevenson, Shelley, Conan Doyle, H. James, etc.), es el que más me gusta y me llena, cuando todavía nada irreversible ha ocurrido. Pues cuando la trama aterriza en el Amazonas aún no explorado por la civilización (¡qué tiempos!), entonces la cosa se hace repetitiva, como del Gordo y el Flaco, y los dinosaurios de plastilina (en realidad, de acero y goma) que se pelean entre ellos provocan nuestra alegre compasión. Entre aquellos trapicheos primigenios tan deficitarios y los nuevos Spidermans virtuales sin conexión con lo humano, nos hemos pasado tres pueblos; y justo ahí radicaría la sabiduría del mundo: en esos tres pueblos que nos pasamos.

En la segunda mitad de The Lost World perdí interés y pensé en Scooby Doo, mira tú,  mientras miraba (sin admirar) de reojo lo rudimentario de la técnica (O’Brien) y de la narración dramática (Hoyt) y me reía con algunos de los bobos simios que aparecían en pantalla (hombres disfrazados de monos que sí se andaban por las ramas); y rememoré, ya en el último trecho del film, cuando el brontosaurio anda causando pavor por las calles de Londres (aunque nadie muera aplastado, que se vea), una anécdota de una amiga por lo general despistada y, en particular, desenchufada del mundo del famoseo, que admitió con humildad hace unos ocho o diez años que la única celebridad cuyo nombre conocía era aquella señora de Marbella tan bronceada y repintada: Godzilla... ¡Von Bismarck!

El mundo perdido es risas para Hoyt y hambre para mañana. ¡Más proteínas, Spielberg!