HUSTON John (1906-1987)

The Night of the Iguana (La noche de la iguana) (1964: 9.0)

Personajes en busca de un autor. En busca de un compromiso. Un ancla que los aferre a la vida. Tórrido entorno mexicano. La “lolita” Sue Lyon, la sensual adolescente con ganas de marcha. La pasional, atractiva y ya madura Ava Gardner: extraordinaria. La pintora casta, nada tonta y bienhablada Deborah Kerr. Y el sacerdote degradado Richard Burton: interpretación alcohólica y sublime, la suya. Vaya cuatro patas para un banco. Huston los coloca en el borde del mundo, un lugar de frontera geográfica, mental, sexual. Las emociones a flor de piel. El descaro y la sinceridad se disparan. Sálvase quien pueda. ¿Pero quién puede? Todos, ninguno. Huir o establecerse. Renunciar, un poco, a uno mismo y a las manías y disparos del alma, o reivindicarse para siempre sin ceder ni un centímetro.

Genial obra del gigante Huston, basada en una pieza de Tennessee Williams, con sus características habituales: morbo y drama, conflictos de intereses y oscuridades ardientes, traumas desbocados y una humanidad (en su sentido moral) puesta en la picota. Personajes marginales desean ser deseados y, a la vez, no saben cómo ser deseables a largo plazo. Ambiente casi irrespirable, mínimo, claustrofóbico, implacable. Noches de iguanas y alcohol, poemas y sudores, maracas y olas del mar; parece que se para el tiempo y nuestros protagonistas le dan vueltas a su futuro, que continuará en otra parte. O quizá no: por qué no quedarse quieto, perderse en la espesura del no-lugar, no ambicionar nada del ancho, ruidoso y puritano mundo; por qué no sentir que cada día no cuenta con un objetivo final, sino que, por el contrario, el objetivo es el propio transcurrir de las horas, los latidos, las hamacas y las olas.

Cuando un tipo ha sido capaz de firmar obras como El tesoro de Sierra Madre y La reina de África,Cayo Largo y El halcón maltés, Vidas rebeldes y La jungla de asfalto, Moby Dick y El hombre que pudo reinar, Fat City o Dublineses, cabe rematar que estamos hablando de uno de los más poderosos autores de la historia del cine. Acaso el más grande.

Incluso películas más pequeñas y, posiblemente, desacertadas como, digamos, La burla del diablo, Reflejos en un ojo dorado, We Were Strangers o El honor de los Prizzi son fascinantes reflejos de la personalidad de un director caracterizado en sus filmes, justamente, por el honor y la burla con que envuelve personajes y tramas.

De hecho, hay en La noche de la iguana un evidente tono burlesco e incluso un exceso en la caracterización de los protagonistas que se identifica en otras películas de Huston. Acaso por el origen teatral o quizás por cierta tendencia de Huston a exacerbar los comportamientos y personalidades de sus antihéroes, lo cierto es que los personajes son asombrosos y desgarrados estereotipos que, no por serlo, pierden compostura y veracidad. En realidad, un rasgo inigualable de las historias inmortales que rodara John Huston es que el espectador entregado se encontrará sintiendo una enorme simpatía, respeto y comprensión por los personajes, hasta el punto de justificar sus acciones y de, incluso, amarlos. En todo caso, siempre apetecería compartir un daikiri con cualquiera de ellos. Son gente, como Lyon, Kerr, Gardner y Burton, como los secundarios Grayson Hall y James Ward, a quienes podemos llegar a entender siempre; son carne de cañón de sus entornos y pulsiones, de su fragilidad, coraje y ceguera.

Posiblemente nadie mejor que Huston haya retratado los rostros, posturas y tensiones de personajes en el límite de su “campo de expectativas”, obsesionados con la aventura y el vagar solitario por el mundo, en pos de una ilusión y de un sedante para sus desvelos y su furia; al abordaje de la vida tranquila, que no se consigue sin pagar peaje ni renunciar en parte a lo que uno ha sido (aunque siempre hay un mañana).

La noche de la iguana, en la tradición norteamericana de claustrofóbica frontera (moral, sentimental, intelectual) de la excelente El bosque petrificado (1936, A. Mayo), constituye una muestra sobresaliente de cine hustoniano desbocado, sardónico, rozando a veces la caricatura pero sin perder el norte, un tipo de cine intenso digno de torturados buscavidas, rastreadores de tesoros, mujeres sin asiento, tipos caídos en desgracia, chicas arriesgadas y balas perdidas.

Fueron años, también (además de musicales, James Bond, spaghetti-westerns y comedias locas) de cine intenso, melodramáticamente fuerte y morboso, incluso enfático, en torno a un sentido de la vida que no se sentía cómodo (“como en casa”) en compañía de la relajación, la abulia o los buenos humos. Fueron años de Fuller y Aldrich, Losey y Penn, Frankenheimer y Lumet, del veterano Kazan y el joven Polanski: cuya película Cul-de-sac, por cierto, no está lejos del perfil equívoco, desatado,  “borderline”, demente y becketiano que puede percibirse en La noche de la iguana.

 

Siempre me ha sucedido lo mismo: las empresas en las que me lanzo tienen el estigma de lo indeterminado, la maldición de una artera mudanza. A aquí voy, río arriba, como un necio, sabiendo de antemano en lo que irá a parar todo. En la selva, en donde nada me espera, cuya monotonía y clima de cueva de iguanas, me hace mal y me entristece. Lejos del mar, sin hembras y hablando un idioma de tarados.

 

…Y la persona ideal para caer en semejante trampa soy yo, sin duda, porque toda la vida he emprendido esa clase de aventuras, al final de las cuales encuentro el mismo desengaño. Si bien termino siempre por consolarme  pensando que en la aventura misma estaba el premio y que no hay que buscar otra cosa diferente que la satisfacción de probar los caminos del mundo que, al final, van pareciéndose sospechosamente unos a otros. Así y todo, vale la pena recorrerlos para ahuyentar el tedio y nuestra propia muerte, esa que nos pertenece de veras y espera que sepamos reconocerla y adoptarla.

 

(dos citas hustonianas de La nieve del almirante, de Álvaro Mutis)