JARMUSCH Jim (1953-_)

Ghost Dog: The Way of the Samurai (Ghost Dog) (1999: 9.5)

En cine, el arte no es ni ornamento, ni ampulosidad, ni academicismo chillón, ni intimidación cultural.

 

En Ghost Dog veo una revisión de El Espíritu de la colmena, de Erice: este capricho es una más de las glorias benditas que nos reserva esta película no demasiado considerada por la crítica que he transitado (aunque Carlos Aguilar, en su guía, ponga una vez más el dedo en la llaga con extremado tino).

Ghost Dog es un pedazo minimalismo justiciero. Jarmusch se hace grandes preguntas pero sus respuestas no están en una puesta en escena apubullante ni un montaje electrizante. No y no: “take it easy, man”. No está con Tarantino ni con los hermanos Scott, no está con la psicodelia ni con el realismo sucio, no está con la carnicería espectacular ni con el desguace patriotero.

Así, despojado de chatarras, esbirros y cultureta, el dominio de Jarmusch del espacio y los tiempos cinematográficos es sencillamente hipnótico y perfecto en esta versión posmoderna, intrigante y sólida de, como mínimo, Frankenstein y de El samurái de Melville.

Jarmusch, como el samurái, se mueve con calma, cautela, pausa e impulsos repentinos y arrebatadores, no lejos del ritmo del japonés Kitano.

En una historia, por otro lado, de siempre actualizada en un violento EEUU, paraíso de pistolas, con el código del samurái aliado y enfrentado a las mafias, optando por métodos violentos pero desdeñando las ambiciones terrenales. Siempre la ecuación mafias y dinero.

 

En arte, la prioridad es aprender a amar.

 

Honor, valentía, complejidad del mundo moderno y de los quehaceres y pensamientos modernos. El personaje de un Forest Whitaker que quita el hipo será un loco o un retrasado, pero sabe perfectamente qué quiere y qué no desea, sus principios están claros y sabemos que no es un traidor. No es un traidor: es el bueno de la película, y es artísticamente justo que se cargue a los gángsteres.

Ghost Dog, Forest Whitaker, vive sobre el tejado de un edificio, rodeado de palomas, sin comodidades, sin posesiones (aparte de sus armas).

Un perro le mira fijamente un par de veces pero no sabemos por qué.

Su mejor amigo vende helados y habla francés solamente, así que no se entienden con palabras pero dicen, cada uno en su lengua, lo mismo con dos segundos de diferencia.

Ghost Dog habla con una niña en el parque (la Ana Torrent de Jarmusch), le presta un libro y le compra un helado.

Utiliza palomas mensajeras como medio de comunicación.

Roba coches silenciosamente.

Un solitario, un ser temido pero respetado por su lealtad, responsabilidad y quién sabe más por qué.

 

El arte sólo puede ser aquello que resiste, aquello imprevisible, aquello que en un primer momento confunde.

 

En su barrio, los tipos que se cruzan con él lo saludan con admiración, integrados en el ritmo y la hipnosis jarmuschianos, conseguidos mediante una música suave y hip-hop y un tratamiento de la imagen respetuoso con lo real y con los movimientos lentos, irreales del impropio héroe, un héroe que se sabe muerto en vida.

La citada (en la película, como libro) Rashomon, obra maestra de Kurosawa, acaso sirva de modelo: control reposado y extraordinario de los “tempos” de la historia, la narración, la estética. Fusión del plano, la secuencia, cómo y cuándo dar por terminado el plano, cómo crear enigma y emoción combinando imágenes sobrias, secas, “cool”, con la música de sombras del “rap”, el gusto Zen, una hermética y elegante “puesta en imágenes”.

Un paisaje sentimental y moral de contención y melancolía arrebatadora en una de las más altas películas de la transición del siglo XX al XXI; un estimulante Jarmusch como lo eran entonces Jonze, Cantent, Haneke, Panahi o Ki-Duk; film clave del cambio de milenio como la durísima y resistente En el cuarto de Vanda de Costa o la desafiante e indestructible Armonías de Werckmeister de Béla Tarr.

 

El núcleo del acto de creación es la soledad y el riesgo, en el cine igual que en la pintura o la literatura.

 

Frente a propuestas más trilladas o ensorcedoras, vulgares o directamente inhumanas, Ghost Dog: el camino del samurái ofrece una propuesta sólida e incontenible, con destellos cinematográficos (de perfecta comunión entre los mínimos elementos) de irónica resistencia, conmovedora soledad y vertiginoso riesgo, Jarmusch saltando sin red debajo, inspirado como nunca antes y sin necesidad de consumir café o cigarrillos.

 

(Citas de más arriba, y la de aquí más abajo, tomadas del admirable y muy subrayado, por mí, libro de Alain Bergala La hipótesis del cine. Pequeño tratado sobre la transmisión del cine en la escuela y fuera de ella; traducción al español de N. Aidelman y L. Colell)

 

El arte, para seguir siendo arte, tiene que seguir siendo un germen de anarquía, escándalo y desorden. El arte, por definición, siembra desconcierto en la institución.

 

Nota contextual final: en 1998 el Oscar principal fue para Titanic, en 1999 se lo dieron a Shakespeare in Love, en 2000 fue para American Beauty, en 2001 para Gladiator, en 2002 para Una mente maravillosa

¿Desconcierto o institución?