ALEA Tomás Gutiérrez (1928-1996) / TABÍO Juan Carlos (1943-_)

Guantanamera (Guantanamera) (1994: 7.0)

Carlos Cruz es el burócrata comunista Adolfo, más preocupado por sus ambiciones y fracasos profesionales que por su atractiva esposa. Mirta Ibarra es esa desaprovechada mujer, Georgina, que durante la película terminará por comprender que está desperdiciando su vida al lado de un señor tan ensimismado, egoísta, frío y gris. Jorge Perugorría, el ligón camionero Mariano, es la solución al problema de Georgina. Y Raúl Eguren es el anciano Cándido, que será quien durante el viaje consiga convencer a Georgina de que la vida dura poco y que más vale un gran pájaro al volante que un aburrido pajarillo en mano. O algo así.

Guantanamera es una cubana “road movie” (¿le gustaría a Cabrera Infante en su momento?) donde el sexo, la muerte, la miseria del país y la burocracia se dan la mano gracias a los esfuerzos satíricos de los directores Alea y Tabío, que intentan que el humor negro y cierto realismo mágico dominen la contienda, además de adornar el asunto con capas de melodrama y un retrato de personajes que nos pongan sobre la mesa los variados “seres cubanos”.

Un cine que reivindica el entuasiasmo, la vitalidad, el lado positivo y humano de las cosas, que triunfe el amor y no los méritos funcionariales; tan evidente es el objetivo que se marcan los directores y los actores que, a buenos ratos, se evidencia lo forzado de las situaciones, lo mecánico y angosto de un guión que intenta atar cabos sueltos y resolver los conflictos de los personajes mediante encuentros tan azarosos como previsibles. Se le ven las costuras narrativas al tinglado jocoso que montan Tabío y Alea y, sobre todo, queda cristalino desde el primer minuto que el personaje de Cruz, Adolfo, se ha de ridiculizar hasta extremos absurdos con el fin de que el amor adúltero entre Ibarra y Perugorría sea moralmente aceptable.

Vence, como cabría suponer, el sudor viril y barbudo de Perugorría frente a la profesionalidad obsesiva de Cruz. Perugorría obtiene un premio excesivo, dicho sea de paso, o será que las mujeres, o muchas mujeres, los prefieren así: testosterona a tope, que desenvainen rápido, que encima tengan su corazoncito y piensen poco. Se trata de un  primitivismo acuciante y, en el dichoso tópico, pues consistirá en eso tan sano de ponga un camionero en su vida.

Conste que me divertí, me lo pasé muy bien con Guantanamera, por qué no admitirlo; me puso de buen humor, risueño y afable.

Aunque ahora se me ocurre, qué torpeza, que el nombre Guantanamera proviene, ¡por supuesto!, de Guantánamo. El horror, el horror. No, no, vuelva la sorna… ¡Fuera Bush! ¡Cuba libre! ¡Yo para ser feliz quiero un camión!