KAWALEROWICZ Jerzy (1922-_)

Pharaon (Faraón) (1966: 7.5)

Ramsés XIII, un faraón que al parecer nunca existió (en la Historia), es el actor Jerzy Zelnik (o Selnik), que se pasea a lo largo del film casi ingrávido, hierático y con la espalda y torso desnudos, un bronceado magnífico, haciendo las delicias de mujeres y, sobre todo, de gays salidos o no del armario. Podría ser lo que suele llamarse un “icono”, pero esto es cine polaco así que ni dios, con perdón, lo conoce; sólo una ínfima minoría (incluso entre los aficionados al cine) se anima a ver películas que se salgan del canon del Hollywood contemporáneo. Ah, un Zelnik no muy diferente, por cierto, de esos chicos vestidos de romanos, griegos o egipcios que pueblan las películas eróticas o directamente pornográficas (depende de versiones y ángulos de cámara) de un Joe D’Amato, pongamos por caso… Eso sí que era economía de medios.

Kama, amante y perdición del faraón Ramsés XIII, es la actriz Barbara Brylska (o Bryl) que, según algunos documentos (de los “extras” del DVD, colección IMPULSO, si no recuerdo mal), se consideró en su momento como la nueva B. Bardot, ya se sabe que los medios de comunicación, también los cinematográficos, ansían encontrar “el nuevo” o “la nueva” de lo que sea. Su parecido con Bardot es nulo: la polaca Brylska, eso sí, sale con escasa ropa y luce escotes generosos (y egipcios), algo que puedo admirar en la copia de la película que he visto y que dudo que pudiera contemplarse en la versión que se estrenó en España en su momento; de hecho, por lo que he leído (en los “extras” del DVD, recepción del film), en la crítica que publicó el ABCno hay referencia alguna a los elementos claramente eróticos, incluso “morbosos”, como se decía en aquel entonces, de la película, señal inequívoca de que aquí, simplemente, se cortaron tales planos y escenas, y se cambiaron diálogos, lo habitual hasta 1978. De todas maneras, no es Brylska la única chica guapa de la película; también vemos a Krystyna Mikolajewska y a Eva Kriezew: ellas eran, sin duda, otro “activo” del film, utilizando la jerga empresarial.

En Pharaon los egipcios hablan sus (magníficos) diálogos en polaco, lo cual a mí me parece fantástico: ¿por qué habrían de expresarse siempre en inglés? Kawalerowicz esboza una epopeya a la manera de Cecil B. de Mille o del David Lean de aquellos años (Lawrence de Arabia) pero, por el camino, se va desviando de lo puramente épico mediante componentes del cine europeo de aquella época; y no es difícil ver (yo la veo, en todo caso) la influencia del cine de Pasolini en tantos cuerpos y rostros frontales, sagrados, hermosos. Y es que este cine polaco en cierta forma revisaba las formas hollywoodienses desde posturas menos espectaculares, más férreas a la Historia y, al mismo tiempo, más atrevidas en sus connotaciones socio-políticas y, en otro sentido ya mencionado, sensuales. De esos años 60-70 hay películas que como Medea (Pasolini), El Rey Lear (Kozintsev), McBeth (Polanski) o Lancelot du Lac(Bresson) rescriben a su manera (autoral, subversiva, ideológica…) distintos momentos de la historia y la literatura, los mitos y leyendas del “mundo antiguo”.

También en los fotogramas de Faraón creo detectar a Bergman, de nuevo en las caras contrapuestas, superpuestas, cierta manera de ordenar a los personajes en el plano y hacerles conspirar, amenazarse, seducirse. Así pues, este cine combinaba intimismo y grandiosidad, concreción de detalles y abstracción de formas, simetría en milimétricos encuadres (ordenando a los personajes en el plano rigurosamente) y toques de psicodelia muy del momento, además de movimientos de cámara siguiendo, por ejemplo, a personajes por los laberintos en el interior del templo. Nitidez solemne general y distorsión específica e individual se alternan.

El joven y bello Ramsés es un belicista arrogante que se enfrenta a los sacerdotes: siempre con la Iglesia hemos topado. La necesidad de la guerra y del oro marca las motivaciones y sentimientos expuestos en el film, recubiertos ambos argumentos por oropeles retóricos y asumidos tales como “el destino” o “los dioses”. Se les ve el plumero a los sacerdotes, y también al faraón, dicho sea de paso. Hacer la guerra y amasar tesoros están detrás de las decisiones que se toman en la historia, en la Historia, mientras el pueblo (amedrentado por tales divinidades) malvive hambriento.

Ramsés desea vender la febril idea de “purificar” Egipto, algo que a día de hoy, en el siglo XXI, sigue sonando tremendo: gentes que continúan señalando que un “crack” económico puede ser positivo para “empezar de 0”(hay que leer a Naomi Klein) o que consideran imprescindible  comenzar un “nuevo mundo”, aunque para ello resulte conveniente destruirlo primero. Hace poco he visto una exposición en el museo Thyssen de Madrid (octubre de 2008), sobre las vanguardias artísticas y la Primera Guerra Mundial, donde vemos cómo los artistas (pintando y esculpiendo entre 1910 y 1915, más o menos), más que “anunciar” la Gran Guerra o “reflejar” el desastre inminente, lo que estaban haciendo era, con claridad, clamar a gritos por un Apocalipsis, pidiendo una regeneración futurista, una purificación para acabar con la decadencia antigua del mundo. Empezar de cero tras el éxtasis de ver correr la sangre de muchedumbres, oír los poderosos cañones disparar su asesina pero, de nuevo, purificadora munición. Ya se sabe: son los salvoconductos llamados Historia, Futuro o Progreso aplastando cual escarabajos a multitud de personas, una a una y, mientras, los faraones de turno (y los sacerdotes) se pavonean ante el espejo y, al final, se cuelgan medallas y justifican “necesariamente” las brutalidades.

Los sacerdotes de Faraón, en fin, aspiran a mantener sus privilegios, mientras el faraón ambiciona (además de a la “femme fatale” Kama) hacer la guerra y, con la boca pequeña, dar de comer al pueblo hambriento. El faraón pierde la partida porque los sacerdotes le meterán el miedo en el cuerpo a la gente, haciendo pasar por castigo o maldición de los dioses lo que era un fenómeno físico, un eclipse de sol, lo cual me hizo de inmediato acordarme de Brecht y, en concreto, de su Galileo, así desviando definitivamente el perfil más De Mille hacia las corrientes europeas descritas más arriba, resumidas en el ingenuo título viscontiano de 1969 La caída de los dioses.