KAZAN Elia (1909-2003)

Wild River (Río salvaje) (1960: 9.0)

La vibrante, salvaje y emotiva Río salvaje, de Elia Kazan, es contemporánea de obras fastidiosas como Zazie en el metro (Malle), Qué alegría vivir (Clement) o Faust (Gorski), otras estimulantes como La dolce vita (Fellini) y Éxodo (Preminger) o inquietantes como House of Usher (Corman) y El pueblo de los malditos (Rilla). También es contemporánea de las para mí encantadoras y extraordinarias El ojo del diablo (Bergman), The Little Shop of Horrors (Corman) o El apartamento (Wilder).

¿Esto qué significa? Pues que 1960 fue un año importante; de transiciones, nuevos movimientos y reformas en la historia de cine; autores, cinematografías, corrientes e intenciones diversas y hasta divergentes convivían y se influían, componiendo un mapa de arte cinematográfico de gran ebullición y propuestas atractivas, erradas o no.

¿Dónde encajaba Kazan? Pues, dentro del cine norteamericano, yo diría que en el canon del cine serio, complejo, trabajado y prestigioso, y en las afueras del cine propiamente “clásico”, aún en esos años pendiente de los trabajos y “tempos mudos” de Ford, Hawks, Chaplin, Walsh, McCarey, Capra, Curtiz, Lang, etc., gentes del siglo XIX. ¿No es un clásico, Kazan? Dependerá de qué acepción de clásico queramos aplicar; en todo caso, aquí me gustaría referirme a un tipo de puesta en escena, rodajes e interpretaciones más relajados e inconscientes, más invisibles y más atentos a historias y amistades, tramas y personajes, un cine más de sucesos y sentimientos masculinos y temperatura bélica o cómica.

El cine de Kazan, en cambio, hay que enmarcarlo en un “picture” más amplio: el de la cultura cinematográfica más explícitamente contestataria (no revolucionaria), blandiendo dicotomías entre sexos, edades, generaciones, razas, clases sociales y actitudes ante la vida, importunando a la Industria con pellizcos no tan inocentes como cabría suponerse, pellizcos que dejaban una marca roja, una secuela perdurable sobre la piel dura.

En Wild River, película contundente y emocionante que cuenta con diálogos de una hondura sentimental y unas punzadas metafóricas de enorme altura, la noción que Kazan se empeña en auscultar es la de Progreso, una de esas divinidades que casi nadie se atreve a  discutir, ya que implica “tirar piedras contra nuestro propio tejado”, “ir contra la realidad” o “buscarle tres pies al gato”. Un progreso que supone matar a un ser humano indefenso que lo único que desea es seguir viviendo (hasta morir) en el lugar donde ha vivido siempre, una empresa personal que, asumo, a apóstoles liberales del Progreso como Vargas Llosa les parecerá primitiva: la testarudez de alguien que no ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos. En la película, es la construcción de una gran presa para evitar inundaciones (años 30) la que trae como consecuencia que una anciana (la estupenda actriz Jo Van Fleet) se vea obligada a vender su propiedad al gobierno. La divisa era progresar o bien... progresar a la fuerza.

Los contrastes dramáticos en Wild River están resueltos con gran eficacia y lucidez por Kazan y sus colaboradores. La escena en la que la maravillosa y jovencita Lee Remick se confiesa enamorada al frío Montgomery Clift, insistiendo en que lo dejaría todo por él y que todo el mundo necesita amar y ser amado, es de un patetismo tan profundo como inspirador.

Sólo por la casi imbatible tríada compuesta por Río salvaje, Esplendor en la hierba y América, América, realizadas entre 1960 y 1963, sólo por ellas deberíamos considerar a Kazan como uno de los más grandes: sus obras nos acercan conflictos personales, sociales y culturales de manera intensa, personal, abierta y sin hipocresías; la aventura humana sólo es individual hasta cierto punto: gotas somos en un río salvaje; gotas y corriente somos.