KEATON Buster (1895-1966) / CLINE Edward F. (1891-1961)

The Electric House (La casa eléctrica) (1922: 7.0)

Sabemos de la obsesión del mundo occidental, en las tres primeras décadas del siglo XX, respecto del “paraíso mecánico”, en palabras del crítico y escritor Robert Hughes, incluso desde la perspectiva de autores rompedores y descreídos como Duchamp. En el cine, realizadores como Eisenstein, Ruttmann, Francys o Vertov (incluso Vigo), en distintas variantes y con intenciones artísticas y políticas seguramente contrapuestas, apostaron por la ciudad como metáfora perfecta del presente futurista, la organización social y el apogeo de las máquinas.

En The Electric House, Buster Keaton no es capaz de dominar ese paraíso tecnológico en que ha de convertir una casa, más bien territorio de cómica pesadilla: encontronazos, caídas, chapuzones, golpes, desastres. El hombre inhabilitado para manejar su propia casa, por exceso de artilugios y modernas palancas, botones y automatismos.

Pocos años antes, en Charlot a la una de la madrugada (1916) el gran Chaplin ya había jugado con las posibilidades que ofrecía una casa “encantada” por su exceso de progreso eléctrico: los elementos se sublevaban, bien es cierto que acaso los molinos le parecieran excesivos gigantes a un Charlot borracho y patán. También Harold Lloyd (dirigido por Goulding y Roach), en otra línea más supernatural y plana, había hecho una tentativa, en 1920, de crear un hogar que de dulce tuviera más bien poco (Haunted Spooks).

En suma, el personaje de Keaton, a partir de un malentendido con los certificados académicos (él no era, obviamente, un ingeniero o arquitecto), crea situaciones muy de “caos calmo” (como una película reciente con N. Moretti), del gusto de su autor y actor: que sabía recibir un bofetón sin torcer el gesto. Prodigios de entonces como las escaleras mecánicas o una piscina automática ofrecen opciones brillantes para el tímido lucimiento de Keaton y los demás actores, que se llevan algunos sopapos, sobre todo los que más se los merecían. La chica enamorada también anda por la casa, pero eso no parece quitarle el sueño a Keaton, que hasta trata de suicidarse atándose a una pesada bola y arrojándose a una piscina que se vacía y luego se llena, que se vacía y que vuelve a llenarse. Risas sin enlatar, pero sin entusiasmos.

El tipo que firmó, con Keaton, este cortometraje de 27 minutos se llama Edward F. Cline y fue director en solitario de largometrajes como The Bank Dick o My Little Chickadee, protagonizados por estrellas cómicas como W.C. Fields y Mae West; fue también, desde luego, un colaborador habitual de Buster Keaton en muchos de sus breves obras de los primeros años veinte.

Leo en la Internet Movie Data Base (http://www.imdb.com/name/nm0166836/bio) que, cuando a Eddie Cline le preguntaron cómo fue la experiencia de dirigir a Fields y M. West en My Little Chickadee, el buen hombre respondió: “No dirigí esa película: la arbitré”.

¡Menos futurismo!