KINOSHITA Keisuke (1912-1998)

Narayama Bushiko (La balada de Narayama) (1958: 6.0)

Este cine japonés, contemporáneo al realizado por los grandes (Kurosawa, Mizoguchi, Ozu: es mi orden de preferencia), pierde en la comparación con todos ellos porque sus rémoras son las del cine que vacila entre el lenguaje dinámico, despierto y genuino y el cine como artículo de decoración u ornamento, collar, pulsera. Se desnivela la balanza hacia esta segunda corriente, inferior desde todos los puntos de vista (no “todos”, los que importan), debido a la ambición bonita (cautiva de su deseo) de Kinoshita por ofrecer un pastel de escenificación pictórica que disgusta al espectador necesitado de dosis de descaro o ingenio, naturalidad o emoción.

La balada de Narayama es una apuesta arriesgada (no sé si lo fue en su momento, no creo, se integraba en los moldes culturales, doctrinales y artesanales favorecidos en aquel Japón) en 2006: por su teatralidad no disimulada sino traída a primer plano, por su refinamiento visual y por la lentitud de planos larguísimos y algunos tan generales que el individuo, en teoría protagonista del film (de “todos” los filmes), se pierde en el fondo del encuadre, sepultado tras ramas o árboles, o será maleza simbólica.

El espectador no comparte ni asimila los sentimientos inherentes a la historia, porque la ficción se demora en su totalidad en este envite pictórico-teatral, donde el narrador canta la leyenda y la música acompaña los andares del hijo que lleva a su madre a hombros hacia la cima del Narayama, para celebrar su cumpleaños con la muerte.

Un cine encomiable pero que juega a las convenciones japonesas que no provenían del mismo cine, sino de otras artes y tradiciones escénicas. Y así es que el fluir y la emoción de este cine se resienten y no queda sino resguardarse en otros montes más airados o aireados (o sensatos), más espontáneos u hondos, menos cansinos en su recorrido estético del teatro y la pintura hacia el cine.

Cine es cine (como “fútbol es fútbol”, simplezas necesarias), y los riesgos, lagunas o fallos de un Cocteau o un Kinoshita son del siguiente calibre: los de aquel creador o artesano que no está inmerso en el cine (el cine no corre por su sangre aunque sí les haga heridas), pero que desea llegar al cine por otros caminos. Caminos respetables a priori (como todo) y criticables a posteriori: mientras o tras el cine.

Como dirían los mandarines del marketing (es decir, de la Cultura): “este producto no funciona”. No sería yo tan exigente y pienso que, aún en mi entera desesperación, si me dieran a elegir entre la Bomba de King África y la Balada de Kinoshita, todavía me quedaría con el segundo.