ALLEN Lewis (1905-2000)

Suddenly (Repentinamente) (1954: 7.0)

Hace cuatro semanas un joven americano (¡de rasgos orientales!) asesinó con su fusil o rifle a más de una veintena de personas en un campus universitario de los EEUU. Preguntado el dueño de la tienda que le había vendido el arma, su justificación fue sencilla: esa tragedia se habría evitado o al menos paliado si más alumnos o profesores hubiesen llevado pistola, pues alguno habría conseguido derribar al joven chalado antes de que éste alcanzase tan alta cifra de muertos. El problema (venía a decir este señor de la vieja guardia) no estaba en el exceso de armas sino en su falta.

Esta típica conclusión norteamericana, creída en ese país por un asombroso porcentaje de gente, es también el mensaje o tufillo que despide Suddenly, película de hace más de medio siglo. Hay cosas que no cambian, y lo peor es que, ocurra allí lo que ocurra, siempre nos podrán intimidar con la misma cantinela: por ejemplo, esos no habrían muerto si hubiesen portado una metralleta, subfusil de asalto o escopeta. El primer objetivo de un norteamericano (seguiría la cantinela) es defenderse a sí mismo y a su familia; la confianza en las fuerzas del orden es sólo relativa.

Esto es lo que se desprende del previsible final de Repentinamente (qué curioso: un título de película que es un adverbio en "-mente"). Que el hombre (Sterling Hayden) y el niño han de ir armados: primer principio. Y, en segundo lugar, que la mujer viuda o soltera (Nancy Gates) se sentirá también más segura y tranquila si tiene a su lado a un hombre armado capaz de protegerla a ella y a su hijo, alguien capaz, en suma, de comprarle al hijo una pistola, porque “un niño ha de saber cuanto antes que existen el Bien y el Mal”, y que el Mal se combate a tiros.

Film sumamente convencional (pero breve y entretenido), en función de su tema y su mensaje, una obra ni tenaz ni dura ni seca. Una película eficaz, en este sentido, una más en el corpus de películas norteamericanas (y británicas) que, tras la Segunda GuerraMundial y la derrota del nazismo, crearon nuevos enemigos, exteriores como los rusos e interiores como los “rojos”, los chalados y traidores que venderían su alma al diablo por medio millón de dólares. ¿Qué tabú moral más elevado, en los EEUU, que asesinar al Presidente? Curioso comprobar una vez más cómo el cine da ideas peligrosas: se insiste en el film que eso de matar al presidente no se ha conseguido antes. Kennedy, una década más tarde, comprobaría en sus carnes que hay películas a la defensiva que resultan ser el mayor vivero de sugerencias criminales conocidas (entonces no había Internet).

Algo sí es innegable: Haneke había visto Suddenly antes de realizar Funny Games. Creo inviable afirmar lo contrario. Es más, Funny Games es un obvio “remake” de Suddenly. Se repiten prácticamente los mismos personajes, la misma atmósfera opresiva dentro de una casa: los intrusos que la invaden y se quedan y no sabemos por qué aunque sí que son peligrosos e imprevisibles; los moradores ingenuos (Ella, Él, el Niño) que no adivinan lo que les espera. Y se reinterpretan momentos estelares, como la mutilación del hombre fuerte por parte de los asaltantes, para dejarlo en fuera de juego y enfrentarse sólo a los débiles. Y se juega, en el film de Haneke, con la posibilidad de que el niño alcance la pistola en el cajón. Y también, en Funny Games, de los dos hombres malos que secuestran a la familia, uno es atractivo y es líder y el otro es más humano, con sus rarezas y miedos.

Claro que Haneke se ríe hasta las últimas consecuencias de todo el conjunto de estrategias, diálogos, ademanes y tácticas ideológicas que adornan a un film tan diáfano y pedagógico (L. Allen fue el realizador televisivo habitual de Bonanza y La casa de la pradera) como Suddenly: esa risa es lo que se llama desde hace varios lustros “deconstrucción”. Esto es, leer una obra o tradición a la contra, enseñando cómo está construida, demostrando en qué andamios culturales, sexistas, raciales o políticos se sustenta, y desplegando todo ese arsenal “naif” en la obra novedosa (la que deconstruye la anterior) de manera distanciada, irónica o patética, con guiños al público instruido y unas palpables ganas de proponer una alternativa más cercana a la sátira social y política que a la boba parodia.

Suddenly y Funny Games, separadas por más de cuarenta años, son síntomas y diagnósticos de sus respectivos momentos y lugares: ingenuidad, Guerra Fría, aislacionismo americano, el arte instruye; posmodernismo europeo, años 90, crítica cruel a la violencia, el arte deconstruye.

Suddenly se puede encuadrar en una tradición de películas (de distintos géneros, registros y calidades) que compartían su aversión al traidor o anti-americano, su confianza en la lealtad del ciudadano medio hacia la democracia y la clara llamada de atención (¡hay que estar alerta!) frente a los desequilibrados, “rojos”, alemanes, japoneses o soviéticos, según los momentos, que podían hacer peligrar el orden mundial, es decir, el “American Way of Life” (o al menos “British”). Se me ocurren de pasada, de esa época post-Holocausto y post-Hiroshima, estas obras: Blood on the Sun (1945, F. Lloyd), My Favorite Brunette (1947, E. Nugent), Walk a Crooked Mile (1948, G. Douglas), Seven Days to Noon (1950, J. Boulting), Pickup on South Street (1953, S. Fuller), On the Beach (1959, S. Kramer), The Manchurian Candidate (1961, J. Frankenheimer).

La gran corriente temática a la que se adhiere Repentinamente es la obsesión de los norteamericanos por la salud de su presidente. Películas modernas como La zona muerta, Air Force One, En la línea de fuego o The Sentinel han seguido cabalgando en esa dirección. ¿Ladramos demasiado?