KINUGASA Teinosuke (1896-1982)

Jigokumon (La puerta del infierno) (1953: 8.0)

El samurai Moritou penará durante el resto de su vida, castigo a su terrible crimen equivocado. Y todo por haber querido imponer un amor: por la fuerza bruta, sin el consentimiento de ella, y con el agravante de que era mujer casada. La imposición es lo más impopular en el caso del amor, pues éste, se supone, ha de surgir o acordarse entre ambas partes. Si una obliga a la otra eso ya no es amor, sino delito, se asume ahora.

Pero Kinugasa no era un moderno. Los modos y tramas, en su cine, se incardinan a una tradición melodramática, épica y colorista. Celos, traiciones, deshonra y valor eran divisas que cobraban importancia en los envites de cada día, del siglo XII o del XX.

Almodóvar mostraba en Átame (poderoso posmodernismo, una de las cumbres del manchego) que el amor es otra construcción cultural, que puede crearse y satisfacerse con el paso de los días y las noches, gracias al peso de la costumbre en la mujer y por la insistencia del hombre.

Y Woody Allen enseñaba (Delitos y faltas) que la senda de Crimen y castigo y de un tipo de cine como La puerta del infierno (traducción española de Jigokomun) no se adaptan necesariamente a lo real: el crimen no conlleva siempre un castigo, ni en lo judicial ni en lo moral. El asesino tantas veces convive con su crimen sin torturarse ni despertarse a medianoche gritando, confesando.

El asesino olvida o se despreocupa y a otra cosa, mariposa. Las cosas andan ahora más relajadas. Los principios a rajatabla nos parecen medievales o dictatoriales, y así se resquebrajan en contacto con las doctrinas liberales y el moderno relativismo (todo es relativo excepto los derechos inalienables de los colectivos minoritarios, qué cansinos son).

Por todo esto, y al contrario de lo que pudiera colegirse, resulta un placer desbordante de color, pasión, dulzura y crueldad saborear La puerta del infierno. Un cine japonés que combinaba (con inusitada potencia visual) la ligereza y suavidad de los movimientos, los ademanes y la gestualidad de aquellos actores (y personajes) japoneses, junto con la violencia locuaz del duelo, los celos, la pasión no correspondida y el sacrificio. Nada menos.

De esa fascinante combinación (el baile y el sueño, la fiebre y la lanza) nace esta película tan amena y contundente. Y que no sé por qué no la reponen en pantalla grande (con la que está cayendo), pues cuenta con todos los ingredientes premodernos (o serán eternos) para ser un éxito entre la masa de gente que tiene alergia a los cines. Un éxito relativo, claro está, siempre relativo, como el crimen y el castigo.

Dulce cine, átame. (Esta última línea de mi texto: los patriotas del marketing dirán que sobra)