KOZINTSEV Grigori (1905-1973)

Korol Lir (El Rey Lear) (1971: 8.0)

Descripción y protagonistas: Potente recreación rusa del King Lear de Shakespeare. Inteligente labor de Kozintsev (autor de un Quijote y un Hamlet), artista a quien ayudó en la dirección Iosif Shapiro, en el guión el famoso escritor Boris Pasternak y en la música el no menos conocido Shostakovich. Yuri Yarvet, con un físico y una intensidad que recuerdan de inmediato a Klaus Kinski, es un Rey Lear de tremendo poder y halo épico.

Recepción y espectáculo (en inglés): Los comentarios sobre este film que encuentro en Internet, escritos en inglés por señores británicos y estadounidenses (por ejemplo, Andrew Pulver, Tom Dawson y Doug Cummings), resaltan sospechosamente el carácter ideológico de la obra. Traduzco: uno (de Pulver) habla de “adaptación soviética... de los días oscuros de la Era Brezhnev”, otro (Dawson) lo hace de un Rey Lear “filtrado” a la pantalla a través de una “perspectiva comunista”, y aún otro (Cummings) encapsula a Konzintsev en tanto que “true child of the Revolution”. Hay cosas que caen por su propio peso. Estos críticos no reconocerán tan fácilmente los ecos políticos y panfletistas en obras británicas o estadounidenses, seguramente porque son engendradas en “sociedades libres”, esas (si no he entendido demasiado mal) regidas según Guy Debord (en Comentarios sobre la sociedad del espectáculo, traducción al castellano de C. López y J. R. Capella) por el “lenguaje del espectáculo”. Tales reseñistas anglófonos, aunque intenten “mostrarse contrarios(s) a su retórica” (a la lógica de los productos concebidos en sus propias sociedades), “empleará(n) la misma sintaxis”, es decir, partirán para analizar esos filmes de un molde compartido de construcción del sentido, por lo que carecen de “punch” o perspectiva (pensemos en Frears, Spike Lee, Lucas, Michael Bay, Soffia Coppola o los Coen: aquí serían casi lo mismo).

Entre paréntesis: Candel, Debord, Godard: Ante todo, y pese a todas las pegas que se le quieran poner a este vigoroso Korol Lir, manchas de índole terapéutica e ideológica (¿porque vemos a las masas hambrientas, sufrientes y explotadas? ¿no son así en Shakespeare...?, ¿o duele comprobar cómo, en consonancia con lo que escribía por aquellos años nuestro Francisco Candel, con simpatía, en libros tipo Los que nunca opinan, “la mayoría de los componentes de las clases trabajadoras están metidos en una profunda sima donde reina la más completa ignorancia, y si no bajamos nosotros hasta el fondo de esa sima, ellos no van a poder subir a colocarse a ciertas alturas intelectuales”?), se trata de una adaptación shakesperiana guiada por la fuerza de sus imágenes, por un impulso hiriente, a ratos demente, hondo y demasiado humano (la ambición, los celos, la traición, la vanidad, etc.). Una obra encauzada en parajes rusos asombrosos, una película que contrapone, sin dar respuestas, barbarie y civilización, amores y pecados, apariencias y autenticidad; y lo hace un director, Kozintsev, con un amplio y universal sentido (no del espectáculo sino) de lo feo y de lo bello, de lo grande y lo pequeño, de lo cómico y lo solemne, de lo racial y lo intelectual (sobran unos quince minutos, diría yo impunemente; pero además: “Por todas partes hay muchos más locos que en otras épocas, pero lo que resulta infinitamente más cómodo es que se puede hablar de ello locamente”, escribe Debord en la misma fuente, lo cual recuerda la partitura de Godard, eso de rodar filmes políticos “políticamente”: ¿como parte del espectáculo que determina Debord?, ¿o como medio para no descender jamás a la sima que señala Candel, para así fomentar entre los ignorantes la curiosidad por las alturas intelectuales?).