KUROSAWA Akira (1910-1998)

Kagemusha (Kagemusha: la sombra del guerrero) (1980: 6.0)

Hasta hoy (31 de marzo de 2008) había visto, si no recuerdo mal, siete películas de Akira Kurosawa, demasiado pocas: Rashomon (1950), Los siete samuráis (1954), Trono de sangre (1957), Los bajos fondos (1957), Yojimbo (1961), Dersu Uzala (1975) y Ran (1985).

Entre la noche del sábado y la tarde de este domingo he presenciado Kagemusha: la sombra del guerrero, una de las que aguardaba con más expectación y curiosidad, una de las que, por lo que había mirado, mejor consideración crítica y popular seguía manteniendo en la actualidad. Me ha decepcionado; intentaré aquí explicar esa decepción:

En el suplemento cultural Babelia, en marzo de 2008, y frente a preguntas de E. Fernández-Santos, el director Juan Carlos Fresnadillo y su productor Enrique López Lavigne manifiestan (entre otras cosas) lo siguiente (mis “negritas”):

 

Fresnadillo:

 

Nosotros creemos que se puede compaginar el estar en los dos sitios [en Hollywood y España], que se puede tener una mirada local y universal a la vez. Que se puede trabajar allí y aquí. Creo que en esto el ejemplo de los cineastas mexicanos es ejemplar.

                                                 

El cine de género está permitiendo que alguien que tiene una mirada muy personal y autoral pueda acoplarse a un producto que se vende en todo el planeta.

 

Lavigne:

 

Guillermo del Toro, Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu se han convertido en un ejemplo de cómo se puede trabajar en un cine fronterizo, un cine que se mueve en diferentes registros culturales.

 

Son puente y pioneros para nosotros. El apoyo que ha tenido Juan Antonio Bayona de Guillermo del Toro es un ejemplo de cómo pueden funcionar las cosas.

 

En función de lo que tanto el productor Lavigne como el realizador Fresnadillo declaran, sin pelos en la lengua, en la citada entrevista, me atrevería a situar Kagemusha: The Shadow Warrior, la peor, con diferencia, de las películas que he visto de Kurosawa hasta la fecha. Me gustaría sustituir las palabras en “negrita” por otras mías, a riesgo de equivocarme o ser poco precavido, pero ahí van. Donde Fresnadillo dice “una mirada local y universal a la vez”, yo leo: “un agente en Madrid y otro en Hollywood”. En vez de “acoplarse a un producto” (ya de por sí un “phrasing” bastante convincente), adivino: “beneficiarse del ‘sponsor’ de una multinacional USA”. Cuando Lavigne emite eso tan pulcro de “en diferentes registros culturales”, leo: “...como pez en el agua entre Brad Pitt, Cameron Diaz y los Globos de Oro”. Y seré malpensado,  pero cuando el productor afirma “cómo pueden funcionar las cosas”, yo entresaco: “...adaptarse o morir” o, alternativamente, “cómo echarle morro a la vida”.

Por si no queda claro, matizo: aquellos que se aclimatan, tanto estética, moral como culturalmente (en su sentido más amplio del término), a los patrones icónicos, de impacto y de entretenimiento de la industria de audiovisuales norteamericana lo tendrán mucho más fácil para triunfar. Es decir, para hacerse ricos y codearse con la “crème”.

Pues bien. Acuso a Kurosawa de, a la edad de setenta años (y sabiendo, como sé, que con Ran remendaría la plana y que en obras anteriores había sido fiel a sí mismo, sin dar concesiones al precocinado público), haberse puesto a las órdenes de George Lucas y Francis Ford Coppola y, en suma, haberse puesto a la sombra de la Twentieth Century Fox, con el fin de rodar una gran tragedia ambientada en el siglo XVI.

Le acuso de que (dejando a un lado la fuerza visual que sus imágenes siempre despiden) se decidiera impunemente a maquillar sus intereses y obsesiones y a perjudicar, en retrospectiva, su grandiosa obra previa, en la tentativa de diseñar un puñado de imágenes pictóricas y, en muchos casos, pintorescas, para llegar al público occidental no iniciado. Un compendio kurosawaino a la altura de lo que esperaríamos de un descomunal japonés aficionado a los samuráis, los grandes espacios y la furia dramática. Un catálogo de pecados capitales y virtudes teologales en torno a la figura “humanista” de un “doble” del caudillo Shingen, uno de los señores de la guerra en el Japón no unificado. Un catálogo, también, de impropias grandilocuencias en la escenificación y, sobre todo, en el rodaje, cortado y pegado de los fotogramas.

Le acuso, a Kurosawa, y dejando de lado tal compendio de cabalgatas, anécdotas históricas del Japón y batallas muy inciertas (no sabemos muy bien quién lucha contra quién, si nos fiamos sólo de la pantalla...), de haberse plegado a la retórica más televisiva y enfática, algo que antes (que yo sepa) no había hecho, algo que en Ran (que yo recuerde) no sucedió. Una triste, pegajosa y cansina sensación me envuelve cuando compruebo que todas las escenas, o secuencias, se abren con planos generales de inmediato revisados a otros planos más cercanos a la acción pero, sin esperar ni un segundo, de nuevo modificados para aproximarnos a las figuras humanas, la trama, los estandartes, el viento, el vocerío, los caballos. Un uso obtuso del “zoom”, no gradual sino directo para subrayar, junto con la “cámara lenta” o los citados cambios de plano (de aproximación), lo nuclear del plano y de la historia, tomando a los espectadores por abyectos mirones de series televisivas de persecuciones y pistolas. Kurosawa, asumo que inspirado por la Fox, “se convirtió” religiosamente, aunque disimulando con sus temas y leyendas (en una operación de camuflaje fantástica), a un molde de estrategias que realzaban lo exótico del film, los colores, las ropajes, el lado épico, noble y grandioso; unos elementos que, por sí mismos (sin las muletas televisivas), parece que el gigante Akira no confiara en demasía que impresionaran a su universalizada audiencia.

Pocos años antes el propio Kurosawa en Dersu Uzala o el ruso Kozintsev en su Rey Lear, se me ocurre, consiguieron altísimas cotas de aventura, heroísmo, zozobra épica, poesía perdurable y humanismo generoso y complejo sin dejarse atrapar por las impurezas simples de los conglomerados norteamericanos. Curiosamente, esta última obra mencionada del maestro japonés fue financiado gracias al apoyo ruso, así que a lo mejor para los menesteres del arte y la creación, ¡quién lo diría!, los soviéticos permitían una mayor libertad al artista (Kurosawa) y le daban una manga más ancha en su búsqueda de la perfecta plasmación de las más burdas, magníficas y ambiguas maniobras y batallas humanas.

¿Moraleja? No cae por su propio peso, pero añadiré por mi cuenta y riesgo que, posiblemente (y teniendo en cuenta el prestigio cultural y hasta pedagógico de Kagemusha), la labor llevada a cabo por los técnicos (los cámaras, montadores) de Kurosawa en Kagemusha supuso, en su momento, un tropezón nada desdeñable en un fenómeno de infantilización (complicidad con lo fácil) de la imagen cinematográfica, por desgracia ejecutado bajo la batuta de uno de los máximos exponentes del cine de todos los tiempos (Rashomon y Los siete samuráis son dos cotas sencillamente inalcanzables). La americanización o globalización (aunque habrá que ver cómo evoluciona la cosa) implica tal banalización, al menos en el siglo XXI.

Termino: compruebo en un periódico (datos de El País) que la película más taquillera de la semana (finales de marzo de 2008), tanto en España como en los Estados Unidos como en el Reino Unido (no así en la resistente Francia, ¡crucemos dedos!), lleva por nombre Horton. Con curiosidad, porque es la primera vez que leo ese título, busco alguna referencia o comentario sobre la misma... No tengo que ir lejos: en el propio diario, qué poco me había fijado, ¡y en la misma página! (publicidad nada gratuita, asumo), se incluye la publicidad, póster o carátula de la citada Horton. Veo un irreal elefante sonriente, veo la cabeza de un obtuso mono, veo un inviable pajarraco: “de los creadores de Ice Age”. ¡Es otro film estadounidense de animación!, descrito como “sensacional” por MUCHOCINE.COM.

Poco-cine-punto-vete-a-hacer caca: y que "kages-musha".