LANG Fritz (1890-1976)

Der Tiger Von Eschnapur (El tigre de Esnapur) (1959: 8.0)

Si el arte se define por su intensidad, como he oído que sostienen expertos, entonces ni este Lang, ni Renoir, ni Kiarostami, ni Rossellini, ni Hawks serían arte. Intensidad es, según el Diccionario del estudiante de la RAE: “Grado de fuerza o energía con que se manifiesta algo, espec. un agente natural, una magnitud física, una sensación o una cualidad”.

Fuerza o energía... ¿necesariamente? ¿No podría, también, el arte definirse por su grado de precisión, belleza intrínseca, por ser una puerta al conocimiento? Me pregunto.

Este Lang: el que ha vuelto a Europa, que se agarra al exotismo indio, que se aleja de oscuros fantasmas norteamericanos, temáticos, impuestos, que se exilia en su Alemania y que disfruta rodando una aventura elegante, diáfana, luminosa, de magnífico tratamiento de los espacios (interiores, exteriores), nada trepidante (no es Indiana Jones, no es James Bond, menos aún cualquier producto velocípedo de los últimos lustros), nada verosimil, una fantasía como de Las mil y una noches en los tiempos convulsos, en lo político, filosófico, social, estético de los Bergman, Ferreri, Malle, Corman, Castle, Pontecorvo y Al final de la escapada.

La primera parte de un curioso díptico (la segunda es La tumba india, que me parece superior), El tigre de Esnapur no recibió calores del público ni alabanzas críticas; era 1959, la audiencia andaba en otras cosas más emocionantes o pintureras y la crítica exigía mayores dosis de compromiso con el presente. El tigre de Esnapur muestra y demuestra el olímpico desprecio de Lang respecto de las tendencias culturales dominantes. Por ejemplo, el héroe es impropio y alemán, el actor Paul Hubschmid, como arquitecto invitado por el Marajá para realizar una colosal obra en su palacio. Es un héroe fuerte pero gris, decidido pero soso, valiente pero apático; valiente, sobre todo, desde que se enamora de Debra Paget, la sensual bailarina deseada por el Marajá. Es un héroe con sentido de la justicia pero sin sentido del humor, sin ironía: todo rectitud, competencia, sinceridad, rigor, prestancia. Nada sugerente ni conquistador, poca cosa si lo ponemos en la balanza con la, en verdad, guapísima Paget (a la que tengo reciente gracias a La mujer pirata, donde cada vez que aparece, creo yo, se come con patatas, orgullo y pasión a la esforzada Jean Peters, que no es Bette Davis).

Diálogo entre el Marajá y el arquitecto, en relación al comienzo de las obras de ingeniería por parte del segundo. El alemán está impaciente (es un profesional) por iniciar los trabajos. El Marajá cariñosamente le reprende:

                                                               

-Tenemos tiempo.

-¿Tiempo? ¿Con semejante proyecto?

-¿Qué es el tiempo frente al aliento del mundo? ¿Qué es una hora comparada con el eterno ciclo de la vida?

-Soy europeo, Alteza. Yo calculo con horas.

 

Es un diálogo impropio del cine moderno a la altura de 1959, con nuevas olas rompiendo en los acantilados de lo convencional, aires distintos hasta en la manera de vestir, expresarse y protestar. Pero Lang iba a lo suyo, componiendo mágicas escenas a partir de una gran profundidad de campo, relegando incluso la acción principal al fondo del plano, cortando fotogramas con distinción y sin prisas, despreciando el montaje en tanto que hacedor de significados chocantes y rompedores. Lang ejecuta una aventura “espacial”, inmaculada, nítida, espiritual sólo en función de sus bonitas carnalidades, una aventura india en la que el héroe actúa sin inmutarse y en la que los “peligros” (como cuando ambos se escapan con una facilidad pasmosa del palacio guardado por centenares de guardas del Marajá) son sólo relativos, higiénicos, nada despechugados ni bestiales sino como embalsamados.

Lang o el cine del jarrón chino, el fino tapiz turco, la alfombra persa, la confección lúcida que no le debe nada a la “cultura” sino a los saberes heredados y los sentires eternos; Lang o la construcción de una pasión amorosa y romántica que desafía los cánones aperturistas de la época (pese a la poca ropa de Paget, que podía verse no como liberación sino como sumisión al hombre) y que, en la misma trama del film, reta también a los destinos impuestos sobre sus protagonistas; Lang intentando que sus personajes europeos o semieuropeos (civilizados, con principios), en tierra extraña, salgan con vida y amor de las persecuciones impuestas por el deshonrado aunque digno Marajá, nada majara sino celoso de sus celos.

Lang en 1959 y luego en los años sesenta con Mabuse, incomprensible o hasta desdeñable para quienes no buscaban (o buscan) sino la moda de lo novedoso, retóricas del despiece o aquello que está a la última en tema y rema; este Lang que ha retornado a Europa prefiere pensar que el cine no es nada más que cine y que lo mejor de su vida ya ha pasado, así como, argumentarían muchos, lo mejor de su cine. Pero yo aún no estoy seguro de si prefiero el tardío Mabuse o Fury, La tumba india o M. La señorial y casi decadente pausa del maestro o la potente intensidad del joven furioso.