ALLEN Woody (1935-_)

Love and Death (La última noche de Boris Grushenko) (1975: 7.5)

Dícese que La última noche de Boris Grushenko (estrambótico título español) pertenece a la hornada más pretenciosa de Woody Allen (Zelig, etc.), en la que, a la vez que parodiaba géneros, propuestas artísticas y solemnidades culturales, subrayaba su talento en busca del existencialismo fácil pero bergmaniano.

Cierto que aquel Allen no era un autor relajado, a gusto consigo mismo y su entorno; sí parecía un realizador necesitado de forzar las tramas, situaciones y vueltas de tuerca para demostrarle al mundo que él, Allen, autor y director, estaba allí, dentro y fuera, detrás y delante de la cámara, y que era, a su manera, un genio, a lo Fellini (Todo lo que quiso saber..., etc.).

La primera época grandiosa estaba por llegar (Annie Hall, Manhattan),  y tampoco había madurado ni envejecido como para realizar el tipo de películas que viene dirigiendo en los últimos años, de una perfección lineal deliciosa. Por cierto que Scoop, hasta hoy (febrero de 2007) la última obra de Allen, guarda más de una similitud con Love and Death, incluyendo el paseo por el amor y la muerte del protagonista y la presencia física de la Muerte, con capa, guadaña y capucha, y el memorable final, en Scoop en la barca, en Love and Death con Allen y la siniestra Dama bailando ridículamente por los bosques supuestamente rusos.

A propósito: este aspecto del ridículo, de cierta brocha gorda, que adornaba aquel cine de Allen, influyó sin duda en el cine paródico tipo Aterriza como puedas que vendría después, a la vez que lo emparejó, por poco tiempo gracias a Dios, con Mel Brooks, por ejemplo, en una especie de humor repetitivo y tosco. Pero Allen, ni siquiera en Love and Death, nunca fue un Brooks cualquiera.

Love and Death provoca carcajadas en las respuestas y monólogos anti-bélicos de Allen, alérgico a las grandiosidades, en favor de la vida simple del existir en pareja con la mujer a la que quieres (¡te ame ella o no!). Un humor desmitificador de intelectualismos demasiado elevados y espirituales y, en realidad, un humor heredero de Lubitsch y Ninotchka, por ejemplo, más dispuesto a entender las razones individuales de las personas (sus intereses, deseos y debilidades) que a explicar todo el curso de la historia mediante fulgurantes metáforas, dialécticas económicas o épicas obligatorias.

No, dice Allen: nuestra fragilidad nos hace fuertes. Hay que conformarse, en algún momento de la vida, decir hasta aquí hemos llegado, dejar de pedir grandes transformaciones o anhelar objetivos memorables. Lo primero es comer bien, vivir con alguien que nos soporte y dejarse de zarandajas hiperbólicas como “pienso, luego existo” y demás filosofías etéreas.

Opino, aquí, ahora que nadie me oye (¡ya podrían leerme, al menos!), que ese era un poco el intento de Woody Allen en Love and Death; ganándose así unas paradójicas respuestas entre sus críticos, ya que considerarían, muchos de ellos, que querer reírse de todo lo serio y lo ceremonioso suponía, en sí mismo, una licencia pretenciosa y culturizante.