LEE Rowland V. (1891-1975)

Captain Kidd (El capitán Kidd) (1945: 6.0)

Charles Laughton es el cínico y despiadado capitán Kidd en una película sin sombra de excelencia, de corta sapiencia y profundidad casi nula. Era y es una película del subgénero de “barcos” (como Mutiny, de Dmytryk, otra obra menor dentro del subgénero), preocupada (sin grandes rubores) en contar una historia con claridad, seguir un esquema esperable por aquellos espectadores y proponer un final ajustado no tanto a la verdad histórica (del siglo XVII, etc.), como a la moral aconsejable en 1945.

El malvado traidor será ahorcado (sin medias tintas, aún regalándole a Laughton unos segundos finales de gloria interpretativa, previa a la horca). El bueno (un Randolph Scott cuya apatía se adapta al árido western pero no al salvaje océano) será recompensado por su lealtad y valentía (apenas entrevista). Y la guapa (Barbara Britton: guapa, en efecto, y haciendo un papel venerable, frente al de Angela Landsbury en Mutiny) se casará con el héroe. Es decir: el bueno, la guapa y el malo, ¡pero sin Morricone!

El capitán Kidd es una porción de cine simple, ameno y funcional: pues sí que funciona. Barato, sin casi batallas ni duelos ni pasión, sustituidos por escenas en la Corte y en el barco, y por las maniobras malévolas de Kidd, un tipo avaricioso y ambicioso (y demás pecados capitales), incapaz de ser leal (desprecia la amistad), infatuado por los terrenales tesoros conquistables.

Pero no se salía con la suya, un señor de esta calaña, en aquella honorable Inglaterra. Lo cierto es que la ausencia de ambigüedad moral, rasgo cristalino de la película, a veces nos alivia. Hoy día el obligatorio sarcasmo de los personajes semi-buenos (que han de ser gamberros porque sí) y la inevitable aureola efectista de los personajes semi-malos (como razonaba recientemente Edurne Uriarte en ABC respecto del glamour que desprenden los mafiosos en las obras de Coppola y Scorsese) provocan que, paradójicamente, el espectador ya no presienta ni valore gestos de benevolencia, abnegación y gallardía sin dobleces. Y esto da casi pena, en su miseria. Porque hemos pasado a temer encontrarnos con las clásicas virtudes en los personajes de cine. Si alguien resulta algo blando, honrado o inseguro en pantalla, se dirá que “de puro bueno es tonto”, y no habrá más que añadir, sólo gruñir.

Cínicos y despiadados somos, no menos, guardando las distancias y las épocas, que el cruel capitán Kidd. Pero nosotros, al contrario que el personaje de Laughton, salimos bien parados de nuestros trapicheos y saqueos y, todo lo más, y en el peor de los casos, terminamos jugando al Ahorcado.