LEE Rowland V. (1891-1975)

The Son of Montecristo (El hijo de Montecristo) (1940: 6.0)

Como El capitán Kidd, El hijo de Montecristo es otra película ligera, digna, ingenua y de aventuras que dirigió Rowland V. Lee en los años cuarenta. Película sin perfume ni color, pero que cumplía con las expectativas de aquellos espectadores, y que sigue funcionando hoy día en su nivel más puro de entretenimiento sin pretensiones. Otra película del amigo Rowland, añadamos, que este curioso espectador adquirió al precio de un euro (más barato que el periódico o el café) en una tienda de la cadena Media Markt, a quien hay que agradecer estas tarifas tan “low-cost”. Media Markt es al cine casero lo que Easy Jet a los viajes en avión.

Film del género de capa y espada (hoy sepultado por realidades virtuales y movimientos inhumanos), barato y con inusitados tintes paródicos, El hijo de Montecristo puede interpretarse (aunque Susan Sontag nos echaría la bronca por ello) como una mínima alegoría contra los nazis (o contra los soviéticos): se habla de un país, Lichtenburg, en el cual el general Gurko Lanen (George Sanders) ha tomado el poder de forma poco legal y busca el apoyo y complicidad de los rusos con el fin de extender el imperio y desterrar a los legítimos dirigentes.

Se lo impedirá el hijo de Montecristo (Louis Hayward), aliado con la bella duquesa Zona (Joan Bennet): ambos, como cabía suponer, se enamoran. Así que Zona rechazará las pretensiones del malvado y conspirador Lanen y luchará al lado de la resistencia (los paralelismos, pensando en 1940, son evidentes) para derrocar al gobierno dictatorial, astuto y (atención) proletario de Lanen.

Estamos, en fin, ante una clásica historia de buenos y malos, con sus divertidos maniqueísmos, algún que otro traidor, un héroe arrojado, excéntrico y polivalente (sabe imitar voces, batirse con la espada y disfrazarse, el bueno de Hayward) y un malvado dispuesto a todo con tal de lograr sus objetivos (el poder absoluto y el amor de la bella).

Un aspecto bonito y simpático, enfrentados como espectadores a esta película, es calibrar lo barato y descuidado del empeño. Los espacios (cinematográficos) son mínimos y, en escenas que se querrían exuberantes, la cámara se limita al encuadre perfilado porque se nota que no hay metros cuadrados suficientes para llenar el plano a lo grande. Comparada con joyas enormes del cine mudo, como El ladrón de Bagdad de Walsh (con Douglas Fairbanks, nada menos), o con las grandes producciones de capa y espada a todo color, como El halcón y la flecha de Tourneur (con Burt Lancaster, no está mal), El hijo de Montecristo sale malparada, la pobre, tanto en medios como en fines.

(Y el film cuenta con sus curiosidades. Por ejemplo, asistimos a despistes considerables, como aquel reloj que portaba un romano en Ben Hur, ya que a un personaje le ponen un esparadrapo sobre la boca, cuando se supone que a la altura de 1865 tales adelantos no existían)

Por todo lo antedicho, creo relevante citar un pasaje de Jean Baudrillard (El paroxista indiferente, traducido al español por J. Jordá), en el que el filósofo francés (fantaseo que) reflexionaba sobre El hijo de Montecristo:

 

En realidad, el bien se halla en la clara oposición entre el bien y el mal. El mal está en la indiferenciación de los dos. En tanto que el bien y el mal puedan relacionarse, estando dialécticamente unidos el uno al otro, permanecemos en el universo del bien. El mal está o más acá o más allá de la oposición del bien y del mal. O mejor dicho, el bien sólo es la parte emergente del iceberg cuyas nueve décimas partes sumergidas serían la parte del mal.

 

Es un brillante y preciso dictamen que el bueno de Rowland V. Lee habría apreciado, de haber sabido que sería homenajeado por tan alto jerifalte. Valga decir, de todas maneras, y por si hubiese lugar a dudas (algo implausible, tras un párrafo del, je je, transparente Baudrillard), que El hijo de Montecristo no forma parte de la décima parte del cine superior, que curiosamente suele ocupar el lado sumergido del iceberg cinematográfico: no se ve. En este caso, la punta del iceberg son las restantes nueve décimas partes, qué le vamos a hacer, que sobresalen sobre la superficie del mar de cultura y espectáculo: es decir, no es una punta, es un puntazo.

En otro orden de cosas, terminemos señalando que las relaciones entre los pensamientos de Jean Baudrillard y Rowland V. Lee darían para varias tesis doctorales. Me gustaría ofrecer aquí, en primicia mundial, una idea para la introducción o prólogo de una tesis futurible: si partimos de que el bien es Lee y el mal es Baudrillard (algo enteramente asumible), en tanto en cuanto ambos estén relacionados pero se opongan dialécticamente (¿como en esta pieza?), estaremos en el terreno favorable a Lee. Si, por el contrario, los mezclamos y los hacemos “indiferentes” el uno del otro (en suave y nihilista escorzo o en irónico movimiento posmoderno), entonces ganará la partida Buadrillard (¿como en esta pieza?).

En resumen, concluiremos con la obviedad (cae por su propio peso) de que Baudrillard está o más acá o más allá de la oposición entre Lee y Baudrillard, mientras que Lee necesita a Baudrillard para seguir siendo Lee.

(Dicho lo cual, me permito en este paréntesis último y jactancioso apuntar una vez más que en la punta del iceberg fílmico siempre ha estado y estará Godard, y hablamos del iceberg invertido)