LeROY Mervyn (1900-1987)

Little Caesar (Hampa dorada) (1930: 8.0)

Un joven Mervyn LeRoy, director con ojo y oficio y realizador de la archifamosa tontería El mago de Oz, dirigió al intensísimo (aún no le había salido la barba) Edward G. Robinson en una película ahora mítica, Hampa dorada, con músculo y solvencia, alternando disparos con fiestas, combinando el rostro congestionado, peligroso pero inocente del Pequeño César (Robinson) con el más bello y equilibrado de Douglas Fairbanks Jr., cuya única aspiración en la vida (vaya niñato estaba hecho) era vivir del baile y querer a su linda chica (Glenda Farrell). Curioso que aquel que, en apariencia, portaba los rasgos más delicados y hasta afeminados, Fairbanks, fuese el único hombre de la película con pareja femenina, que se vea. O eran hombres demasiado duros para el amor o se podrían escribir varias tesinas sobre sus relaciones, miradas y posturas según los principios de los ya en capa caída Estudios Culturales…

Inciso: el gángster llamado Little Caesar, en aquellos tiempos, probablamente habría dicho amén a estas palabras pronunciadas recientemente (octubre de 2008, suplemento “Domingo” de El País) por David Petraeus, ex jefe de las tropas de EEUU en Irak (entrevista de G. Spörl y U. Fichtner, traducción de News Clips):

 

Efectivamente, el dinero puede ser munición, pero depende siempre de la situación concreta. Si le disparan, más vale que tenga el arma cargada con munición de verdad.

 

LeRoy presentó, pues, en 1930 una película en la que los gángsteres eran los protagonistas, aquellos con los que el espectador podía más fácilmente identificarse. El policía del film, llamado Flaherty, cadavérico y frío como el acero, no inspiraba más confianza, y aún provocaba más miedo que los malos: su único objetivo era ponerle las esposas a Little Caesar, y en ningún momento dudamos de que lo va a conseguir, como así ocurre por suerte.

La narración cinematográfica transcurre con gran fluidez y funcionalidad a la altura de 1930, cuando otros directores menos avezados sufrían aún para dotar de lógica y carisma a sus películas, y cuando en general el lenguaje del cine (si es que es un lenguaje, que lo dudo) todavía no había sentado la cabeza, demasiado pendiente de otras artes y espectáculos. En Little Caesar la ficción descansa ya con naturalidad en los mecanismos de expresión, drama y narración que vendrían a considerarse propios del cine clásico norteamericano, en un tipo de audiovisual cuya historia va al grano y sin demasiadas bifurcaciones, proponiendo soluciones secas pero siempre atractivas para el público, sin obviar componentes sensacionalistas y hasta populistas que harían del film, y de este “estilo” de film, uno de los favoritos en su momento.

Es imposible aburrirse en los menos de 80 minutos que dura la película, de la que me llaman poderosamente la atención, vista hoy (octubre de 2008), 1) los diálogos formulaícos mil veces oídos en el cine posterior, 2) la cantidad, repito, de criminales masculinos juntos pero no revueltos (algunos, insisto, se ponen ojitos), y 3) el carácter plenamente convencional, poco sutil, y hasta naif de los elementos puramente criminales y melodramáticos.

No siempre la ambición desmedida y el ego desorbitado reciben el castigo por sus crímenes de pistola narcisista: en nuestra España actual (miremos hacia Marbella, Madrid, Murcia…), abundan los pequeños césares, alcaldes, artistas o promotores aliados con mafias de diverso signo, que hacen y deshacen, como suele decirse, a su antojo, se enriquecen y corrompen a los que están a su alrededor. ¿Dónde está nuestro solemne, clínico y sensato inspector, nuestro “really tough” vampiro Flaherty, ese tipo dispuesto (y obsesionado por ello) a colocarles las esposas a todos esos traficantes de municiones (armas y dinero), y no sólo a ellos sino también a sus no tan santas esposas, cómplices por inercia, convencimiento, comodidad o santa polla?