LITVAK Anatole (1902-1974)

Anastasia (Anastasia) (1956: 7.0)

Anastasia, dirigida por otro de los emigrados europeos a Hollywood, Anatole Litvak, es un producto de la Twentieth Century Fox y de Cinemascope, que se beneficia de la música señorial de Alfred Newman y que cuenta con la participación estelar de Ingrid Bergman y Helen Hayes, además de la más terrenal (y, siempre, en él, ambigua) de Yul Brynner. Anastasia fue la única hija del Zar de Rusia que, al parecer, sobrevivió a la Revolución de 1917, logrando alcanzar París y malviviendo en sanatorios y calles, desesperada y amnésica.

Anastasia acaso sea un peliagudo ajuste de cuentas con el comunismo, entre otras cosas (nacido en la actual Ucrania, Litvak trabajó en Francia y los EEUU), ejecutado, a mayores, a base de preciosismo compositivo, imponente dirección de actores y una fotografía distinguida. En sus mejores momentos, Anastasia querría ser una gran producción de Preminger, con esa característica tan suya (en El Cardenal, por ejemplo) de gran dominio del espacio: elegante puesta en escena, profundidad de campo, modulados movimientos de cámara.

Anastasia, en todo caso, se remite a la tradición de Shaw y de My Fair Lady: la creación de una jovencita refinada a partir de moldes muy maltrechos. También juega con los sueños, la representación y la mentira, materia cinematográfica por excelencia. Bergman quiere saber quién es (ella misma). Brynner quiere saber qué quiere (él mismo). Y Hayes necesita creer que ella es quien dice ser y que él no tiene únicamente intereses económicos.

Un lastre de Anastasia es, al menos vista hoy, la cantidad y magnitud de varios de los diálogos (sobre todo, en la primera mitad del film), farragosos, irrelevantes, sobrantes a todas luces. Otro es el feo Brynner, aunque esto sea discutible. Otro podría ser su aspecto no disimulado de producto empalagoso: obra de “época”, calidad y trajes sobre unas gentes, los rusos de París aún fieles al Zar a la altura de 1928, que insistían en seguir disfrutando de la vida fastuosa y ensimismada que habían llevado hasta un decenio antes, cuando la mayoría de la población, con sus bolcheviques y cabezas de turco, se cansó de la dictadura de una insultante aristocracia. De todas maneras, ser disidente como lo son estos rusos que nos muestra Litvak en Anastasia no cuesta ningún trabajo: ¡se lo pasaban a lo grande en París!

La trama de esta película, apoyada en lujosos interiores y espléndidos exteriores (premingerianos, repito), es en realidad la de un timo de unos tipos sin escrúpulos, que intentan conseguir una suculenta suma de dinero a costa de diseñar una Anastasia a la medida de la herencia deseada. Una Anastasia que, por otro lado, terminará enamorándose del feo...

Anastasia es un elaborado y ceremonioso artificio fílmico, un tipo de cine que huye de su momento y lugar y reconstruye historias al amparo de la Historia. Decorados, diseño de producción, ropajes y situaciones se armonizan para lograr una elegante textura de imágenes. Un artificio, eso sí, enteramente rescatable en 2008; aunque, si, como señala el sabio F. Rodríguez Adrados (en El Cultural de El Mundo, marzo de 2008), “la cultura necesita de esfuerzo” en nuestros días (frente a la reivindicación constante de la tecnología y del inglés), entonces habrá que convenir que Anastasia es, en la actualidad, carne de cañón; ya no digamos entre los grupos sociales españoles del presente, caracterizados por otro sabio, C. García Gual (misma fuente), en función de su satisfecha relación y amalgama con “el dominio de lo tecnológico, el consumismo a ultranza y un hedonismo vulgar y, por otra parte muy cómodo”.

Anastasia, muestra del industrial arte cinematográfico, nada tiene de hedonista ni de vulgar, y poco de tecnológica y de “consumible”, así que, si nuestros sabios tienen razón, seguirá siendo un artificio muerto. ¿Merece la pena pagar un rescate? ¿Y quién rescata?