LORRE Peter (1904-1964)

Der Verlorene (El hombre perdido) (1951: 9.0)

Peter Lorre dirige y protagoniza Der Verlorene. Lorre (y escribiré “Lorre” muchas veces en los próximos párrafos, merecido lo tiene...) es el hombre que vemos delante de la cámara, es decir delante de nosotros, y el hombre que no vemos y que está detrás de la cámara. Aunque “sí” lo vemos, al menos figuradamente y en la medida en que sigamos pensando (relativizando y demás pero pensándolo al fin y al cabo) que el director de una película dibuja la silueta de su catadura intelectual, moral, ideológica y emocional en el trazado de la misma. Lo pretenda  o no.

Película alemana que recogía, pero no ahuyentaba, los entonces demasiado recientes fantasmas de la 2ª Guerra Mundial y el nazismo. O, más que fantasmas, personas reales (aun tan irreales como Lorre) que intentaban refugiarse de aquel horror (y de sí mismos), esconderse o hacerse los suecos... Pero un rostro del pasado (tan reciente: qué horror) surge y te reconoce y consigue empujarte (de nuevo con frialdad, sin conmiseración) al crimen. Un crimen sin castigo legal pero sí con un vacío también legal que se apoderaba de uno, de Lorre, en esta implacablemente gris y monótona obra cinematográfica de primer orden; una rara pieza, cruce de tendencias y gustos, tradiciones alemanas y de Hollywood.

Hasta el fiel perro te abandona, Lorre, y huirían las ratas, y sólo quieres irte o suicidarte, porque la vida es un sinsentido y no merece la pena sufrir... Y así el rostro y cuerpo de Lorre (su desvalido espíritu, su paupérrima mirada) se apoderan del film de una manera inexorable, como un determinismo terrible: pues Lorre parece un hombre marcado por el abandono o desastre futuros, la indiferencia e infelicidad presentes y el pasado tenebroso o incierto.

Este turbio y ambiguo sentimiento que nos provoca Lorre en pantalla lo describe E. Jelinek, en un texto que distribuye la Filmoteca Española:

 

Lorre, ese desgarro vital que ya ha absorbido todo antes de aparecer en la pantalla transformada por la técnica en luces y sombras es una aparición que no tiene otra elección, salvo la de no aparecer.

 

Sí, esta forma de dependencia es quizás la que no deja emerger a las personas, no les deja salir de sí mismas hasta que se chutan, esnifan o toman su dosis...

 

Lorre, influido por Sternberg y Lang, sin duda, en su tormento y misoginia, en la condena perpetua, dirige con pulso grandioso esta película originalísima, con papel predominante del narrador (el propio Lorre) y de un tenso y tétrico ambiente post-derrota y post-Hitler. Qué difícil y qué descorazonador y casi imposible, imaginarse aquella Alemania... ¡Europa!

(Pensé por segundos en la refitolera Europa de Von Trier, en algún asesinato en exteriores de Melville y Godard, en Caligari y Freund, y en Hitchcock, siempre Hitchcock, y Bogart y Edward G. Robinson, y en Sebald y hasta en Rossellini ante las ruinas de la casa tras el bombardeo, y he pensado ahora, modestamente, en mí mismo tras releer a Lorre vía Jelinek, traducida por E. Barriendos en http://www.zinema.com: “Pone cara de ‘parecerse a’ mientras es el elemento heterogéneo por excelencia que nunca se integra”).