ALLEN Woody (1935-_)

Radio Days (Días de radio) (1987: 7.0)

Para, desde mi cueva de luz, homenajear a Woody Allen (no tanto por sus Días de radio, película que se me antoja menor dentro de su extraordinaria carrera), pondré aquí por escrito varias clarividentes y desarmantes frases de El cine de los sábados, de mi recién y tardío descubrimiento Terenci Moix (descubierto en el intenso aliento de su literatura, más allá de su celebridad; que en paz esté descansando).

También, como Allen en Radio Days, Moix rememora en El peso de la paja al niño que fue y siguió siendo. El director estadounidense recuerda con nostalgia episodios relacionados con los programas de radio favoritos de él y de su familia... Mientras, Moix lo recuerda todo, cómo el cine de los sábados entró en su vida y se apoderó de ella con sus garras de astracán, cómo aprendió a decepcionarse frente a la realidad; una realidad que demandaba sexo, y un sexo que se sublimaba en el cine pese al peso de las pajas.

Radio y cine. Historias del cine e historias de la radio (por supuesto, tributemos un homenaje de pasada a S. De Heredia y sus simpáticas películas). Historias personales, de crecimiento sentimental y humano (experiencia); de vivencias más que de aprendizajes (¿el aprendizaje de la decepción?). Película sobre personas y hechos que ocurrieron en una época, más que sobre saberes encontrados y afianzados.

Esta película de Allen está a medio camino entre el dietario formado por “gags” de guión y el diario ocurrente y emotivo de un tiempo pasado. Y, claro, mientras la Historia pasaba, un muchacho crecía, así como, en diversas medidas, edades, registros y mensajes, ocurría en American Graffiti (¿The Last Picture Show?), Del rosa al amarillo, Los cuatrocientos golpes, Cuenta conmigo o incluso Cantando bajo la lluvia, la más maravillosa de todas estas estupendas películas (Gene Kelly no era sino un niño grande).

Y ahora incluyo un paréntesis que es un aviso (de la mano del señor Moix), señor crítico: si es que usted, señor Serrano, se considera un crítico. Un aviso a navegantes para que decida usted si merece o no la pena quedarse en la orilla o probar y partir hacia distintos puertos. ¿El que avisa no es traidor? No, el que avisa es aquí el propio crítico, en su papel de Scaramouche enmascarado:

 

Olvidé películas enteras, asuntos, estéticas. No podría precisar con exactitud las líneas generales de películas que, en mis épocas de crítico, me dediqué a desmenuzar, secuencia a secuencia, plano a plano, consagrándoles escritos sesudos y análisis que se pretendían rigurosos. Toda esta ciencia aprendida aparece hoy olvidada. En cambio, ecos lejanos me devuelven una escena aislada, algo de cierta mueca, una inflexión de voz, un gesto disperso que percibí en estado de bendita irracionalidad. Y este gesto, aquella voz, regresan, me impactan, me atraviesan. Y, entonces, la conciencia del tiempo me apuñala.

 

Y escribo otra rotunda, patética y desafiante afirmación de El cine de los sábados, que acaso suscribiría sin rechistar Woody Allen, aunque quizás éste, más positivo, comedido y relativista, aún esgrimiera que “también” algún amor se queda y manda, como el propio cine: “Los amores mueren, los afectos traicionan, la propia obra envejece. Sólo el cine se queda y manda”.

Y finalizo de teclear esta pieza a propósito de una obra menor de Woody Allen (demasiado artificial e insegura, algo así como un conjunto de notas a pie de unas páginas que conocemos bien y que son más gloriosas, graciosas y suculentas), con otra frase del primer volumen de El cine de los sábados. Una frase que versa sobre la felicidad, ese ente corrompido y seguramente corruptor; es tan excesiva y presuntuosa, esta palabra, que parece mentira que se la utilice a diestro y siniestro, en esta sociedad del espectáculo y la “performance” que nos ha tocado en suerte. Es una frase que, siendo de Moix, se la regalo a Allen (¿lo sabrá él algún día?) y la haré mía:

 

Pero en descargo y disculpa de la Felicidad, diré que a cada ocasión que intentó presentarse ante mí fue ahuyentada a cajas destempladas por la insolencia del niño que se obstina en sobrevivir.