LOSEY Joseph (1909-1984)

The Servant (El sirviente) (1964: 8.5)

Losey, estadounidense huido por culpa de las brujas de McCarthy, encontró su lugar y temperatura apropiados en la Gran Bretañade los años sesenta, sedienta de autores que renovaran el panorama artístico y, en particular, cinematográfico, y que no fuesen meramente comparsas del “swinging London” que, a mediados de los sesenta, comenzaba a sentar las bases de la frívola modernidad (¡James Bond!), repleta de chicas obsesionadas con la moda, hombres ligones que se afeitan el pecho y bailes, músicas y drogas (el alcohol, el automóvil, las compras, la cocaína…) que se desmarcarían con rapidez de propuestas y objetivos verazmente rebeldes (mejorar el mundo), en busca de la belleza cósmetica, el placer inmediato y la estética sin pensamiento (es decir, Warhol).

Losey, con Harold Pinter, pintaron en películas como El sirviente mínimos universos perversos e irrespirables con el fin de fomentar la apertura de ventanas, cuerpos y mentes, demasiado encanallados, hipócritas y malolientes (tradicionales). El axioma inicial, viendo películas como Accidente o (mucho mejor) The Servant, es que el portador de la sartén por su mango no está ahí desde siempre, en función de un inmutable orden natural. No: las relaciones de poder también se construyen y se destruyen, se transforman y se depuran. Se perfeccionan. El dinero, el sexo y el hábito son las tres patas del banco de Pinter y Losey: los tres elementos configuran un mapa social que, por muy pequeño que sea, es representativo de algún mundo: el anglosajón, el occidental incluso. Ninguna relación se da de igual a igual, ninguna: el hábito (que sí puede hacer al monje), el sexo (en ningún caso el de los ángeles) y el dinero (que da algo parecido a la felicidad) empujan y corrompen, definen y sitúan a los personajes en su entorno cercano. Y no es fácil salirse de la propia casilla, no sin un plan.

Con motivo de la muerte de Harold Pinter, Ariel Dorfman ha escrito (El País, finales de diciembre de 2008) que sus personajes “se caracterizaban por ser incapaces de comunicarse entre sí, por hallarse perdidos en el pantano de una soledad impenetrable”. Rasgos ciertos pero generales y que, en realidad, serían componentes centrales o secundarios de una cierta tendencia del cine rodado en el decenio de los sesenta (Bergman, Kazan, Saura, Resnais,  Visconti, etc.). Sólo en el año 1964 encontramos obras como El desierto rojo (Antonioni), The Naked Kiss (Fuller), Hush… Hush, Sweet Charlotte (Aldrich), acaso La piel suave (Truffaut), que investigan en la incapacidad de la pareja para ser estable y risueña, que enseñan la nueva posición de algunas mujeres, más liberadas y, por ahí, también más amenazadas por su propia libertad. La comunicación afectiva, productiva y locuaz queda, desde luego, en entredicho. Pero, en Losey y Pinter, hay más.

Retomo el artículo de Dorfman, pues en él da otras claves que ayudan a entender este rígido, teatral y, en El sirviente, preciso y lacerante cine:

 

Todo el poder, todo dominio y toda liberación comienza allá, nos decía Pinter, en esas habitaciones claustrofóbicas donde cada palabra cuenta, cada pequeña expresión puede traer la derrota, cada frase puede que se pague con alguna secreta moneda de futura sufrimiento.

 

Así, The Servant puede verse como una parábola sobre la opresión y, al mismo tiempo, como una cinta de terror con casa encantada (pero no sobrenatural) y protagonistas al borde de la paranoia y la violencia explícita, no meramente verbal sino física, mediante escenas que Dorfman caracteriza como “de traición y amenaza”. A veces no evidente, no siempre sabemos qué se traiciona o por qué se amenaza, pero se perciben: gracias a la meticulosa y detallista puesta en escena de Losey, que no creo que se separe ni un milímetro del guión de Pinter, una puesta en escena que aspira a capturar los gestos mecánicos y convencionales acciones de los personajes, componiendo un festín de incomodidad, perturbación, represión y molestia.

El sirviente es una película perfecta en sus primeros 75 minutos: sinuosa, implacable, morbosa, enigmática, sin saltos. Después, sostengo que la historia, con sus elipsis (en especial, el retorno de D. Bogarde a la casa de la que había sido expulsado), se hace demasiado forzada, la evolución en los roles jefe/ criado, dueño/ esclavo o, si se prefiere, burgués acomodado/ proletario malvado, contiene aristas dramáticas y sobreactuación.

En todo caso, se trata de mi película favorita, sin duda, entre las pocas que he visto de Joseph Losey: un cine de interiores intenso, psicológico, verbalmente elegante y agresivo (tan británico, tan pinteriano); un cine sobre agarrotamiento y vulgaridad, sobre clases sociales y atracciones fatales, sobre decadencia (un Visconti de los barrios de Londres) e insatisfacción (Perros de paja de Losey). Hay ganadores y perdedores, y “los otros” del mundo humano, social, muy real (nada de monstruitos), Bogarde y Sarah Miles, se van apropiando, van tomando (como en el relato famoso de Cortázar) la casa, desterrando y humillando a la decente niña bien Wendy Craig y esclavizando y pervirtiendo al débil James Fox.

The Servant es otro “sombrío festival de accidentadas ocultaciones”, como escribí sobre Accidente, sólo que aquí perpetrado por Pinter y Losey con mayor rigor, sabiendo exprimirse mejor, centrando la trama de manera torturada y minimal, para así obtener un punzante, desolador y ácido zumo de cine nada complaciente, y sí audaz y alerta y airado.