LUBITSCH Ernst (1892-1947)

Cluny Brown (El pecado de Cluny Brown) (1946: 7.5)

Última película dirigida en solitario por Lubitsch. Sátira de cierta clase privilegiada británica, rural y aristócrata, que a finales de los años treinta vivía (¿vive?) ensimismada, entre sus nulos quehaceres y asombrosa ignorancia. De Hitler habían oído hablar, pero lo mismo podría haber sido un ogro, un héroe o un niño travieso.

Charles Boyer, que va a parar a la mansión de una familia inglesa de alto fuste por una supuesta persecución contra él por parte de los nazis, no da crédito a sus ojos y oídos. A menudo se ríe de ellos, pero sobre todo peca de pensamiento; mantiene las formas, se muestra amable y trata de comprenderlos en su desconocimiento enciclopédico. A Boyer también le toca la lotería de coincidir allí con la bella e inocente doncella de la mansión, nada menos que Jennifer Jones, inusual chica aficionada a la fontanería, de la cual se enamora. Lo raro es vivir.

La moraleja de la película radica en el consejo que Boyer le ofrece a Jones, animándola a ganar parcelas de libertad, huir de lo convencional y soltarse el pelo; pues si bien es cierto que lo habitual es, en Hyde Park, tirar cacahuetes a las ardillas, de vez en cuando es saludable arrojar ardillas a los cacahuetes. Rebelión y autonomía de la mujer, toque Lubitsch.

En el caso de la guapa Jones, sus salidas de tono tendrán que ver con su tendencia a mostrarse de manera natural, sentimental y dicharachera y, ya está dicho, por su querencia a arreglar las cañerías y fregaderos cuando éstos no funcionan, algo poco femenino...

Con el fin de que veamos la nada sutil distancia vital que media entre los normales Boyer (un incierto escritor “un poco” perseguido) y Jones (la doncella que aspira a encontrar marido) y los demás británicos (rígidos como estacas y raros como perros verdes), Lubitsch caricaturiza a estos últimos hasta extremos suficientemente ventajosos para la línea argumental e ideológica de la película. Así, la noble familia inglesa que, educadamente, aloja a Boyer y contrata a Jones es ridiculizada a través de estrategias ingeniosas... hasta cierto punto (tres veces me reí): son personas demasiado ingenuas e ignorantes, estiradas, distantas y testarudas, tan lejos del calor humano. Se le ve al plumero, al ya menos maestro Ernest, a quien hasta se le podría acusar de ventajista.

El resto de la servidumbre (mayordomo, ama de llaves) es del mismo tipo (cómo no acordarse del mayordomo Hopkins en Lo que queda del día): estáticos pero serviciales, reprimidos, ceremoniosos y despectivos respecto de los que (como la doncella Jones) están aún por debajo de ellos en la escala social. Y no nos olvidemos del novio farmacéutico que se echa la buena de Jones (a instancias de Lubitsch), que parece sacado de Ordet de Dreyer: un tipo gris y cuarentón de costumbres inamovibles y atractivo nulo, atado de pies a manos a su horrible madre (que, en un momento glorioso, sopla su vela de cumpleaños mediante un tosido o ladrido) y al mínimo entorno de frascos y potingues que dan sentido a su vida: como él mismo afirma, allí nació, allí vivirá y allí morirá. ¿Un marido así para Jennifer Jones? Certainly not! Dado este panorama tan fúnebre, en fin, era evidente que Jennifer Jones y Charles Boyer estaban condenados a entenderse.

Va a lo fácil Lubitsch en El pecado de Cluny Brown (católico título español de turno), y su ingenio queda al servicio de observar cómo se comportan estos británicos aislados del mundo (viven en su micromundo de té y escasa simpatía), mientras la historia, la felicidad y los nuevos y ligeros vientos pasan de largo (uno se acuerda aquí de Diario de una camarera, más de la versión de Renoir que de la de Buñuel), rumbo al otro lado del charco...

En el último recodo o epílogo de la película, Lubitsch envía a la pareja feliz a los EEUU, cumbre de la arrojada modernidad, la simpática espontaneidad y la normalidad democrática. Él, que sopesaba escribir un cerebral ensayo, termina publicando, con gran éxito, bestsellers de género negro. Y ella, esposa feliz, se alegra a su lado y se besan en público. Hay que integrarse: contra el cerril elitismo, los corsés autoritarios y las ambiciones intelectuales.

Uno está de acuerdo, 62 años después de la producción de Cluny Brown, en que muchas veces apetece lanzar ardillas a los cacahuetes, aunque sólo sea para cambiar los guiones prestablecidos. Pero, ¿podemos asegurar que el propio Lubitsch predicó con el ejemplo? ¿O afloran, en su última (y siempre atractiva) película, más bien, los cacahuetes un tanto revenidos, atrapados en el suelo por unas ardillas acostumbradas a frutos menos secos?

Lubitsch encendió siempre la bombilla de la inteligencia en medio de oscuridades totalitarias y solemnes. Lubitsch abominaba de los pelmas, los bigotes postizos y la cortesía sin sustancia. Pero en Cluny Brown, acaso más que en otras películas suyas, jugó bazas demasiado fáciles, mecánicas y hasta sospechosas de “peloterismo” ilustrado.

El humor, el amor, la crítica y los ideales de Lubitsch (el modelo capitalista, democrático y bonachón norteamericano: la perfección hecha dinero) rechinan en Cluny Brown (sólo a ratos, pero no sólo en Cluny Brown...) por la  obviedad de las intenciones y por alguna  incapacidad para reírse, un poquito, de los pilares (ideológicos, económicos, emocionales, etc.) que sostienen tan lúcido pero venido a menos cine.

Si esto fuese un cruel “sketch” posmoderno (pienso en aquel programa, “certainly”, británico, Trigger Happy TV) que quisiera mofarse del último Lubitsch, quizá nos mostraría en pantalla a un señor anciano y elegante, vestido de anacrónico esmoquin, un respetable señor que, sentado en un banco en el parque, estaría arrojando, con aplomo y paciencia, racimos de plátanos a unas inmóviles ardillas que, zoom y primer plano, ahora nos vamos a percatar, son en realidad sonrientes animales disecados.